La Colombiana (San Clemente, California, USA)

Al final todo llega. Este octubre hemos estado Jla y Csp (yo mismo) en San Diego. Cruzamos el charco en un avión (con chat incorporado) y nos lanzamos a por el sueño americano. Con el jandicap que se le presupone a uno que no controla la lengua, o mejor dicho, que no controla el lenguaje autóctono, nos embarcamos en esta aventura. Pero centrémonos en los preliminares. Os preguntaréis que conio hacemos en un colombiano en plena costa californiana. Pues eso digo yo. ¿qué conio hacíamos en un colombiano? Seguramente comer.

Para empezar, el sitio es un cañamón. El sitio es más pequeño que los pantalones de la camarera (véase foto). Eso sí, amables son un rato. Lo bueno de los sitios pequeños es que te enteras de las conversaciones de las mesas colindantes, siempre y cuando entiendas el idioma. De hecho allí no hablaba castellano ni el tato. Pero bueno, aquí en España cuando vas a un restaurante argentino, tampoco blablabla. Pues eso, que pensamos que íbamos a un sitio amigo, de confraternidad, como cuando va Felipe VI al foro ese latinoamericano que sale en la tele. Y nos sentimos como en casa, pero la casa de la suegra, digo.

Al grano. El sitio pequeño pero ok. El servicio, madremia, el servicio. Y la comida pues eso, qué decir de la comida. Jla pilló una quesadilla que no la saltaba un gitano que salta. Y que al final nos la pusieron en un tapperguare para llevar, porque taperware es tuperguare aquí y en Laponia. Y yo, ojeé la carta y entre “pescado sudado” y “sobrebarriga” decidí tirar por la calle del medio: “pollo asado”. Estaba muy bueno todo, pero claro, te quedas pesado. Más. Y luego coge la tabla y ponte a surfear. Fue muy duro, ciertamente.

El precio, no llega a 20 euros por barba (al cambio de los dólares). Razonable para estar a 200 metros de la playa de San Clemente. Preguntamos a la camarera el tema de la propina obligatoria. Nos lo explicó todo con pelos y señales (es una forma de hablar, figurada) y se alegró de que fuésemos de la península. Volveremos.

Fotos:

San Clemente (California) | La colombiana | Restaurante
El restaurante

San Clemente (California) | La colombiana | Carta
Datos del restaurante

San Clemente (California) | La colombiana | Jla
Jla

San Clemente (California) | La colombiana | Carta
Carta

San Clemente (California) | La colombiana | Quesadilla
Quesadilla

San Clemente (California) | La colombiana | Quesadilla
Más quesadilla

San Clemente (California) | La colombiana | Pollo asado
Pollo asado con plátano frito y demás cosas colombianas

2016-11-25_03-12-12
El servicio

San Clemente (California) | La colombiana | Playa
Playa

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Polvorones San Enrique (Hojalsan y Deliciosas)

Los polvorones San Enrique me convierten en un perro de Pavlov y no hay nada que pueda hacer para evitarlo. Ya os lo dije el año pasado a cuenta del estuche metálico Victoria que nos regalaron: si quieres conocer el placer, eso es lo que tienes que comer. Poeta.

Este domingo pasado estaba tirado en el sofá cual boa después de zamparse un ciervo entero cuando una vibración me sacó del letargo digestivo. Era un mensaje de Facebook en el que Chesco, mi traficante de dulces favorito, me pedía que confirmara si mi dirección seguía siendo mi dirección y si la de Carlos seguía siendo la de Carlos. Quiso la fortuna que así fuera, así que solamente dos días después un mensaje de texto de Correos me anunciaba la buena nueva:

SMS de Correos

Por los clavos de Cristo, Enrique, ¿cómo conseguiste armar esas recetas? Eres el mago de los polvorones y gracias a ti Estepa es la única construcción humana que se ve desde la luna además de la muralla china y alguna otra cosa (o no) que no recuerdo. Bueno, lo que se ve no es Estepa; lo que se ve es el brillo del obrador de San Enrique.

Bueno… y después del anterior párrafo dedicado a dar lustre con el objetivo de asegurarme los polvorones del año que viene, aquí viene la crítica seria…

La caja que trajo el cartero contenía dos bolsas (de un kilo cada una) con sendos productos: Hojalsan relleno de crema de cacao y deliciosas bañadas en chocolate.

Polvorones San Enrique | Hojalsan y deliciosas

Estamos a pocos de octubre y empezar ahora a comer polvorones como locos nos llevaría a la ruina en términos de porcentaje de grasa corporal y cálculo de IMC, así que hemos probado los necesarios para poder escribir esta crítica con conocimiento de causa y hemos guardado el resto para más adelante. Definimos más adelante como la semana que viene o la siguiente, probablemente, que nos conocemos.

El caso es que, dejémonos de tonterías, están cojonudos. Personalmente podría zamparme el kilo de Hojalsan en poco rato (esa mezcla de hojaldre clásico con río subterráneo de chocolate anocillado es brutal), pero reconozco que mi auténtica debilidad son las deliciosas. De verdad, están d… de… deli… joder, ahora no me sale la palabra exacta, pero el caso es que si no las compráis os estaréis equivocando gravemente.

Polvorones San Enrique | Harina y otras cosas bañadas en oro


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Trinidad Bay Eatery (Trinidad, California, Estados Unidos)

Habíamos salido sin problemas de Crescent City, la ciudad de Estados Unidos más susceptible de ser machacada por tsunamis, y conducíamos alegremente por la 101 viendo secuoyas, los salmones ahumados de Paul y una figura gigante de leñador (que desconozco si es el mismo que da nombre al sitio de los salmones). Las ardillas saludaban a nuestro paso y el cielo, aunque no podíamos verlo con tanto tronco y tanta rama, nos regalaba su mejor sonrisa. Todo iba bien y parecía que así iba a ser para siempre, pero de repente ocurrió lo inevitable: nos dio hambre.

Un viaje que era sin prisa se convirtió en una lucha a cuchillo por la vida; las apacibles hileras de árboles milenarios pasaron a ser mallas que se confabulaban para agarrarnos y matarnos poniendo curvas en el camino, las ardillas nos mostraban el dedo medio en un gesto inconfundible y los salmones empezaron a subir por el río con un frenesí que solo podía compararse al de un cibercafé en Beijing (Pekín o Pequín para los amigos). El leñador parecía haber quedado atrás, pero no estábamos tranquilos porque en un lugar llamado Trees of Mistery puede ocurrir cualquier cosa. Había que encontrar un lugar para comer cuanto antes.

Afortunadamente, no llegó la sangre al río porque lo habíamos cruzado hacía rato y pudimos también bordear sin más incidentes los tres lagos que se interpusieron en nuestro camino. Tierra habitada nos acogía susurrando que no temiéramos nada, que algún sitio encontraríamos donde rellenar nuestras reservas, así que aún con el estómago vacío pero ya con poco miedo llegamos a Trinidad y descubrimos el cartel del restaurante que nos iba a conceder una prórroga en el camino hacia la desaparición: Trinidad Bay Eatery.

El sitio resultó ser la mar de acogedor: personal amable (gracias, Emeli, tu nos devolviste la esperanza), papel y colores para los niños, buena comida y precio razonable. Si algún día os acercáis a Trinidad ahí es donde tenéis que ir; dad recuerdos de mi parte.

Los mayores comimos un par de Tuna melt que estaban deliciosos. En serio, que bueno estaba eso joder… y para los críos fue un fish & chips y un mac & cheese. Todo muy tradicional y con la combinación exacta que necesitábamos para llegar a… ¡Eureka!

La cuenta salió por $35.67 ($41.02 con la propina, al cambio). Yo creo que es más que correcto.

Fotos

Trinidad Bay Eatery | Ojo a los tsunamis

Trinidad Bay Eatery | Redwood National and State Parks

Trinidad Bay Eatery | Leñador gigante Paul Bunyan

Trinidad Bay Eatery | Salmón ahumado (ahumándose)

Trinidad Bay Eatery | Secuoyas

Trinidad Bay Eatery | Ojo con las curvas

Trinidad Bay Eatery | Material de entretenimiento

Trinidad Bay Eatery | Sopa de letras

Trinidad Bay Eatery | Tuna melt sandwich

Trinidad Bay Eatery | Mac & Cheese

Trinidad Bay Eatery | Fish & chips

Trinidad Bay Eatery | Detalle de Emely

Trinidad Bay Eatery | La cuenta


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Restaurante Vegetariano Gaia (Burgos)

Agradecer una vez más la colaboración burgalesa de Rafa Ibañez

Si en Burgos buscas un local peculiar en el que disfrutar moviendo el bigote, sin duda tienes que llegarte hasta lo alto de la calle Fernán González, a medio camino entre la catedral y el arco de San Gil, a tiro de piedra (con buen brazo, eso sí) del solar en el que se asentaba la morada del Cid. Aunque algo escondido en un pliegue urbano —una escalinata—, se trata de un espacio acogedor, en el que Marisol y Miguel han plasmado sus experiencias y su personal forma de entender la existencia: no viven para trabajar, sino que trabajan para vivir, y se nota que les gusta lo que hacen y cómo lo hacen. Esa vitalidad no sólo se refleja en la decoración del local, sino que se transforma en una rica combinación de aromas, sabores y texturas en cada plato, un torbellino de actividad en el servicio y una cordialidad que supera con creces la mera cortesía. Discreto en su promoción —Restaurante Vegetariano Gaia no tiene página web, sino un simple espacio en Facebook—, atrae sin embargo a todo tipo de público, desde el joven de aspecto kostra al maduro alternapijo, desde el estudiante inquieto al profesional liberal, desde el explorador al bibliotecario. En su comedor conviven a la perfección la rasta y la corbata, la estética formal y la casual, el comensal solitario y las familias… Y es que resulta un lugar sumamente acogedor que ha logrado hacerse con una clientela fiel pese a los largos periodos de cierre —viajan mucho y lejos— o su horario restringido a los mediodías laborables —vamos, que no dan cenas—, y a la que no le importa esperar a la intemperie —¡en Burgos!— hasta que quede una mesa libre (porque no aceptan reservas previas).

A estos atractivos se suma el de su cocina vegetariana internacional, de modo que no es de extrañar que acudamos a Gaia cada vez que queremos celebrar la festividad de nuestro particular San Queremos. Y así ocurrió hace unos días.

Después de esperar unos buenos veinte minutos —es lo que tiene llegar al salir del trabajo, que otros se nos adelantan—, nos acomodaron en una mesa aliñada con un simple a la par que elegante camino negro. Del menú que ofrecían esa jornada —carece de carta propiamente dicha, pero a cambio cuenta con un amplio menú distinto cada día— elegimos un par de entrantes de esos diseñados con el fin de despertar el paladar, salmorejo de zanahoria y aceitunas verdes con nachos para mi acompañante y gazpachuelo de alcachofas con virutas de kikos para un servidor, que nos trajeron rápidamente con nuestras cervezas, una artesanal La Maricantana y una orgánica Örok Rone Premium Weisse Mehrkorn Hartstelder (sin faltas de ortografía, ¡ahí queda eso!) respectivamente.

Cumplido el trámite inicial, yo me eché al coleto un sabroso plato de cardo y guisantes frescos al estilo de Bangkok acompañados de arroz, en el que destacaba el contraste de texturas entre unas hermosas semillas que se deshacían en la boca como mantequilla y la crujiente resistencia de las pencas. Mi contraria, por su lado, degustó una copa de crema de patata, boletus y amanitas con su espuma, sabrosa versión suave de un plato tradicionalmente contundente. Luego llegó a mi lado de la mesa un delicado hojaldre de Indonesia con gado-gado (verduras con salsa de cacahuetes), mientras que enfrente depositaron buñuelos tailandeses con salsa huancaína peruana, una sorprendente y exquisita combinación rematada con cebolla confitada casera. Para poner fin a tan variopinta comanda, nos decidimos por sendos vasos de postre, de trufa al Pedro Ximénez el uno y crema de yogur casero de melocotón el otro (dejo a la imaginación del lector la averiguación de quién disfrutó qué), a cuál más rico.

Tanto la denominación de los platos como su misma presentación denotan cierta claudicación a algunas modernas tendencias, aunque afortunadamente las cantidades servidas resultan a todas luces suficientes. Y si todo esto resulta sorprendente, ¿qué podemos decir del precio? Nada más y nada menos que 10€ por persona, lo que —añadido el importe de las cervezas— supuso un desembolso de apenas 26€, pagados a tocateja (efectivamente, no aceptan tarjetas).

Para un carnívoro confeso y practicante como yo, disfrutar en el predio vegano de Marisol y Miguel es un placer. Y para quien la cocina en Burgos —designada Ciudad Creativa de la Gastronomía por la UNESCO en 2015—ha de ser algo más que cordero, morcilla y queso, una grata experiencia a la que no se puede renunciar.

Fotos


Gaia_1
Sala de espera

Gaia_2
Par de birras

Gaia_3
Salmorejo y gazpachuelo para despertar el apetito (aunque yo lo llevo de serie)

Gaia_4
Cardo y guisantes frescos al estilo de Bangkok, con el arroz

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Crema de patata, boletus y amanitas con su espuma (y todo)

Gaia_6
Hojaldre de Indonesia con gado-gado

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Hermanamiento incaico siamés

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Vasos de trufa al Pedro Ximenez y de crema de yogur casero de melocotón

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Resumen pecuniario

Gaia_10
Decoración de uno de los paneles del local

Gaia_11
Más testimonios gráficos de las andanzas de Marisol y Miguel

Gaia_12
Complemento ad hoc en la carta

Gaia_13
Menú del día y otros letreros (que leer hace bien)


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The Bucket Crab & Craw Fish (Corona, California, Estados Unidos)

Pasar un par de meses en Estados Unidos bien merece una celebración, así que en cuanto llegamos a California empezamos a planear una gran mariscada. Tenía que ser en un lugar selecto pero que al mismo tiempo entrara dentro de un presupuesto reducido; tradicional pero acorde con las costumbres modernas de la sociedad norteamericana; típico pero en Corona, una ciudad a las puertas del desierto y sin caladero, por mucho que esté solamente a una hora del Pacífico.

La cosa se antojaba difícil, pero entonces nos quedamos sin helado… decidimos acercarnos a un Stater Bros a por uno de esos enormes botes que venden a $3.99 y justo al lado descubrimos el lugar que estábamos buscando: The Bucket Crab & Craw Fish.

Cada mesa del restaurante se cubre con un mantel de papel y va equipada con un rollo de papel absorbente de cocina. No hay platos, sino que los pedidos se sirven dentro de una bolsa de plástico de la que hay que extraer la comida a mano. Cada comensal está equipado con un babero de plástico y unos guantes de látex, y también se proporcionan tijeras para cortar cáscaras, patas y lo que se ponga por delante. La bebida va en vasos de poliestireno expandido cubiertos con una tapa de plástico, y al contenido se accede sorbiendo por una paja (con perdón).

Pedimos un variado de marisco con una salsa cuyo nombre no recuerdo pero que, como se verá en las fotos, puede evocar lo que quiera cualquier mente perversa. De bebida, agua para los niños y refrescos variados para los adultos, que como es costumbre en la zona te rellenan cada vez que te descuidas. ¡Que corra el azúcar!

La comida estuvo bien, aunque exige concentración; el servicio, correcto; el precio, $38.77 más propina del 15% ($44.23 propina incluida al cambio); hacer fotos en esas condiciones, casi imposible. Lo hicimos por vosotros, y volveremos a hacerlo.

Fotos


Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Antes de empezar la faena, impoluto

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Producto

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Manos a la obra

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Marisco, limón y un vaso de DC (Diet Coke)

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Trabajando

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Usando las tijeras para reducir a un rebelde

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Depósito de salsa con parecidos razonables

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Buen trabajo

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
La carta

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
La cuenta (15% de propina añadida)


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