La Antigua Carbonera (Zaragoza)

Nuestro compañero Javier, alma pater de éste, nuestro querido blog, había sido invitado a impartir un taller en el Centro de Arte y Tecnología de la capital maña, por todos conocido como Etopia. Y allá que fuimos una tarde zaragozana de julio, a las 18:30 con chaqueta de invierno y bien abrigadicos. Tras una presentación de Viriato (el organizador), Javier nos explicó los aspectos introductorios sobre la curación de contenidos y luego desenfundamos el portátil y realizamos algunas prácticas sobre el tema que cada miembro (con perdón) del taller había propuesto. Los temas, sin duda, de lo más variopintos: desde la “ganadería bovina” hasta el “blockchain y la tokenización”, pasando por la “fotografía de desnudos con sangre”. Enseguida llegaron las 21.00 horas y como los chicos de On topic (Viri y Livia) nos habían prometido, bajamos al espacio de coworking de la planta baja para tomar una cerveza Ámbar. Sin embargo sólo nos quedamos los organizadores, el ponente (acepción de docente), Jesús (compañero de curro) y Ángel, un hombre del renacimiento, no por viejo, sino por la multitud de disciplinas que practica. Lo mejor de cada casa, vamos. Livia nos preguntó si les queríamos acompañar en la cena y en un alarde de compañerismo y generosidad, no nos pudimos negar a la invitación.

Así que, como la reserva era en La Antigua Carbonera (Av. Pablo Gargallo, 84, 50003 Zaragoza) fuimos alcorzando y hablando sobre el término aragonés Alcorce, que siempre es un tema muy socorrido. Todos los que trabajamos en la pasarela sabemos que estas cenas que se preparan tras un acto, charla, congreso o taller, son un mero trámite donde las convenciones sociales a lo largo de los años las han convertido en algo protocolario.

El problema que hemos detectado en este tipo de cenas, es que hay temas que no se pueden sacar a la mesa (nunca mejor dicho). La política, la religión y conversaciones que puedan dar lugar a polémica, como Cataluña, el Barsa, los gitanos o cuestiones similares. Por eso la primera media hora suele ser una toma de contacto, lo que vendría a ser en lenguaje popular: “a ver de que pie cojea cada uno”. Tanto los organizadores como el ponente deben mantener la compostura y mostrarse como “no son”. Por ello, al principio siempre se tocan temas poco trascendentes, lo que vendría a ser “conversaciones de ascensor con un pelín más de enjundia”. Una vez pasado ese trámite introductorio, se profundiza en temas de índole personal, que si los hijos por aquí, que si el trabajo por allá, que vaya con el IVA, que los autónomos ésto, que los funcionarios lo otro…

Conocedores de esta problemática, que lejos de terminarse, cada día se acrecienta, Jesús y yo mismo decidimos dinamitar la cena, evitando así cualquier tipo de convencionalismos. La idea consistía en meternos con nosotros mismos. Yo pondría el foco en Jesús y él pondría el foco en mí, contemplando incluso violencia verbal si hubiera sido necesaria. De esta manera nos mostraríamos, unas veces como héroes, otras como villanos … Era una estrategia arriesgada pero al fin y a la postre fue efectiva. La intención era que Javier se llevara una buena impresión de los zaragozanos y conociera ese don que dios nos ha dado de “buena gente”, hospitalaria y un poco “tocados por el cierzo”.

Pero centrémonos en lo que aquí nos ha traído, que es el tema de las comidas. Se llegó a un consenso rápido, capitaneado por el liderazgo de Livia: una ensalada para compartir y una tostada. La ensalada estaba buena y las tostadas (rulo de cabra, fuá, y bacalao) también. Aunque pueda parecer trivial la frase anterior no debéis menospreciar la calidad y capacidad culinaria de #moverelbigote. En plena cena y gracias a la discrección de Jesús salió en la conversación que Javier y yo mismo teníamos un blog de comidas de todo tipo y Javier tuvo a bien leernos una de las mejores críticas que se han escrito a lo largo (y ancho) de la historia y que claramente podría haber ganado la Judía Verde con Ajos Tiernos (que vienen a ser los Pulicher de la media y baja gastronomía). El texto publicado en Embutishop reza:

La cecina de vacuno de Embutidos Manolo viene envasada en lonchas finas y al vacio. Cada paquete contiene unas 9-10 lonchas, que presentan una tonalidad de roble que les confiere presencia. Es recomendable abrir el paquete en un entorno lo más neutro posible para que la liberación empape nuestras papilas olfativas.

Todo en esta cecina es suave, excepto el color que le da cuerpo. Textura agradable y sabor sin estridencias, no excesiva grasa y una experiencia de masticación agradable. Otras cecinas te achorizan, pero esta no lo hace apenas. El olor también acompaña, pues a la explosión a la apertura del paquete sigue un acompañamiento dulzón, que embriaga.

Recomiendo guardar una loncha y enrollarla en una porción de chocolate negro. El contraste dulce-tosco es como mínimo un reto al alcance de muy pocos. Acompañar de un crianza

Además se habló del frigo de Livia, de los cursos de verano de Ángel sobre “Brujas, vampiros y zombis”, de marathones y de convenios colectivos de funcionarios, de tranvías y de fotografía líquida. Una cena nada convencional.

El servicio es bueno y la camarera maja (en el sentido aragonés del término). Con café y algunos con postre (Ver fotos) 10 euros por barba. Queda recomendado.

Fotos:


Zaragoza | La antigua carbonera |
Javier preparando el taller

Zaragoza | La antigua carbonera |
Ensalada

Zaragoza | La antigua carbonera |
Tostada de bacalao

Zaragoza | La antigua carbonera |
Tostada de foie

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Tostada de queso de rulo con mermelada o algo

Zaragoza | La antigua carbonera |
Postre de queso que no sabe a queso

Zaragoza | La antigua carbonera |
Viriato y Javier (de izquierda a derecha)

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Jesús pensativo


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Restaurante Pe de Pisco (Madrid)

Hemos estado liadillos últimamente con temas de toda índole y hoy que se reunen Trump y el presidente koreano es un buen día para dar a conocer una propuesta con grandes vista al Machupichu: el Pe de Pisco.

Javier y yo habíamos bajado a la Villa para celebrar la Junta de Accionistas de Moverelbigote celebrada el 30 de mayo de 2018, eso sí, haciéndola coincidir con la salida de Mariano del poder de éste, nuestro maravilloso sistema democrático en el que vivimos.

Como igual nos da carne que pescao, aprovechamos además para acercarnos y hacernos unas fotos en la Iglesia de la Cienciología, que se encuentra detrás del Congreso. Pero como siempre es hora de comer y si no lo es, siempre tenemos hambre, nos acercamos al Restaurante peruano Pe de Pisco.

A lo que vamos: pedimos ocopa, sudado de pescado, por un lado para Javier. Y papas a la huancaina y pollo con arroz para mí. De postre: tarta de queso para marqueses y tarta de queso para proletariado (ver foto).

Al final no había café porque la cafetera “estaba siendo cambiada” (creo que fueron los términos que utilizo la camarera). Intentamos que la encendieran por todos los medios, porque nosotros sin café no somos nadie -y menos desnudos-, así que pagamos con la tarjeta de crédito y marchamos a tomar café al bar de al lado.

La verdad es que el servicio está bien, y la comida ok. Sin más. Pero por 10 euros en el centro de Madrid, qué quieres. Además de las preciosas vistas al Machu Pichu.

Fotos


Madrid | Restaurante Pe de Pisco |
Entrada

Madrid | Restaurante Pe de Pisco |
Menú
Madrid | Restaurante Pe de Pisco |
Comida de primero

Madrid | Restaurante Pe de Pisco |
Algo de primero con papas, okupa o como se diga.

Madrid | Restaurante Pe de Pisco |
Arroz con pollo

Madrid | Restaurante Pe de Pisco |
Pescao

Madrid | Restaurante Pe de Pisco |
Postre de javier (el grande) y postre mio (el chico)

Madrid | Restaurante Pe de Pisco |
Celebrando (Jla y Csp)

Madrid | Restaurante Pe de Pisco |
Ticket

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Restaurante Entredós (León)

Todos sabéis que nos gustan los viajes. Cualquier tipo de viaje. Es un poco como aquello de “Todos sabéis que nos gustan las comidas. Cualquier tipo de comida”. Los viajes nos privan y de las comidas no nos privamos. Eso es así, aquí y en la China popular.

En este caso no hablamos de viajes psicodélicos provocados por estupefacientes, sino más bien de un viaje de ida y vuelta a León (España). Hacía años que no veía a unos amigos de allá (Isa y David) y cuando Mahoma no va y la montaña está quieta, pues uno hace esfuerzos. Y eso que yo no soy mucho de hacer esfuerzos, ojo.

Ni corto ni perezoso me metí la friolera de 400 y pico km de ida y 400 de vuelta (cuando vuelvo ya no me suelo perder). Me apunté a un Congreso de Archivos para tener una excusa para hacer el viaje y así comprobar como evoluciona el apasionante mundo de la Archivística (confirmando que todo avanza muy rápido y algunas burbujas siguen estando ahí). Además tenía en mente, desde hace años, un proyecto referido al tema de las oposiciones y tenía que empezar antes o después. Noviembre de 2017 era una fecha como cualquier otra para dar comienzo a algo que podría tener en el futuro mucho recorrido.

Pero centrémonos en lo urgente y dejemos de lado lo importante, que aquí hemos venido a hablar de mi libro. Habíamos quedado a las 14.00 h. con David en la puerta del Restaurante Entredós y ahí estaba él, como un clavo, con puntualidad británica. Nos dieron una mesa al fondo a la derecha. Esas siempre son las mejores. La primera conversación comenzó con la clásica discusión (entre comillas) sobre quién se sentaba de frente y quién de cara al tendido. Como no podía ser de otra manera, me coloqué frente a la entrada con la mejor visión panorámica de todo el restaurante, para tener control visual de todo lo que acontecía (recuerden que tanto Jla como yo cuando vamos a las comidas, no estamos de ocio, sino que se trata de trabajo). Una vez nos acomodamos, David nos contó un par de anécdotas tanto del dueño del restaurante, que casualmente había conocido en la Estación de Atocha en Madrid, como de una de las camareras que conducía por su barrio no precisamente despacio. David es una persona sociable en el trato, vamos a dejarlo ahí, y que probablemente conozca a más de un 38 por ciento de los habitantes de León.

A lo que vamos, yo pedí el arroz negro con nosequé de bacalao y nosecual (podéis ver en las fotos) que estaba de “tomapanymoja”. Y una carne de segundo, taco de solomillo en tono rosado con cebolla confitada y blablabla, tierna como ella sola. Un pastel cojonudo en un plato que no lo saltaba un gitano (el pastel no, el plato). El servicio inmejorable y el precio nada que objetar (14 euros creo que valía el menú).

Uno de los mejores sitios para ir en León. Calidad/precio un diez. Queda recomendado.


leon catedral
Catedral de León

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Menú

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Cartel

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Arroz negro

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Algo de Isa

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Carne mia

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Carne de Isa, de Isa no, que comió Isa

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Postre tremendo

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Postre cojonudo

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La tradición de los polvorones y mantecados San Enrique

Nuevamente, Chesco nos hace llegar una caja de polvorones y mantecados San Enrique un par de meses antes de Navidad y nos hace reconsiderar la dieta del cucurucho. No puedes tener polvorones en casa y no comerlos, eso es así y no hay más vuelta de hoja.

Este año la caja ha sido de quilo y medio, variedad Tradición, y trae tres tipos distintos de polvorones. A saber:

  • Polvorón de almendra
  • Deliciosas
  • Mantecado especialidad

Nada más llegar, abrí la caja decidido a probar solamente uno de cada. Mis favoritas son las deliciosas porque la textura es exquisita y me encanta el aroma que desprenden. Bocadito de deliciosa, sorbo de café, vuelta a empezar. El segundo lugar en preferencia lo ocupan los polvorones de almendra, y el tercero no es sinónimo de disgusto porque simplemente algo había que elegir.

Total que me comí esos tres previstos y después seguí con un par más para fijar bien el producto a las paredes abdominales. Inmediatamente cerré la caja y salí corriendo dispuesto a no volver a comer ninguno más por lo menos hasta el 24 de diciembre. Hoy, 19 de noviembre, ya llevo catorze (y estoy a punto de merendar, con lo que eso significa). Qué queréis que os diga, están muy buenos. O sea, cojonudos. Es decir, madre del amor hermoso.

Como cada año, recomendado. Nosotros no compramos porque nos los regalan, pero vosotros que no tenéis esa suerte merecéis sin duda hacer el gasto. A por ellos.

Fotos


Polvorones y mantecados San Enrique

Polvorones y mantecados San Enrique

Polvorones y mantecados San Enrique

Polvorones y mantecados San Enrique

Polvorones y mantecados San Enrique

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IT-TOKK (Victoria, Gozo, República de Malta)

Agradecer a Jesús Alonso Ordoñez las comidas que a menudo compartimos en el trabajo. Otras veces se va a Malta y nos trae más. Gracias Mil

En mis últimas vacaciones tuve la suerte de visitar la República de Malta, ese país insular del sur de Europa que en España más allá del famoso y amañado 12-1, con el que nuestra selección nacional de fútbol consiguió imponerse en el clasificatorio de la Eurocopa de 1984, apenas es conocido.

Los últimos veranos, unos amigos de Zaragoza y yo, en el grupo de WhatsApp nos hacemos llamar “Vividores”, realizamos un viaje para conocer algo de mundo, pasarlo bien y convivir el tiempo necesario como para no querer repetir otra semana entera juntos hasta el año siguiente.

Esta vez nos decantamos por Malta, llamados por el sol, sus claras aguas y otras nociones del país que yo personalmente me había empapado en el verano de 2010, cuando, con un poco más de mi actual lozanía, estuve a punto de irme al archipiélago maltés a estudiar inglés.

Allí, aparte de sudar como cerdos, sufrir sus carreteras y percibir un tufo siciliano en el temperamento de algunos malteses; descubrimos un rico patrimonio histórico y cultural, resultado de lo disputado que ha estado el territorio a lo largo de los siglos, preciosos rincones de costa y acantilados, así como la belleza del fondo marino de su litoral. Todo ello, a mí por lo menos, me hizo disfrutar de una de las mejores experiencias que he vivido como aficionado viajero, recomendable a todos los apasionados de la historia y aventureros.

Culinariamente Malta tampoco me dejo indiferente, para bien. Pese a pequeños atisbos de globalización como los omnipresentes McDonalds y Burger King, los restaurantes tradicionales malteses basan su cocina en la dieta mediterránea, con gran influencia italiana, dada la cercanía del país a la costa siciliana, y cierta semejanza a la gastronomía española, tampoco hay que olvidar que el archipiélago perteneció a la Corona de Aragón en la Baja Edad Media y parte de la Edad Moderna.

Durante la semana que estuvimos por allí, comimos platos tan sumamente ricos que, a diferencia de otros viajes, en ningún momento echamos de menos la comida de casa. Ejemplos de ello el lampuki que degustamos en el puerto de Marsaxlokk, un pescado azul típico de la isla de Malta que sirven asado al punto con verduras y patatas; el increíble risotto de marisco que probé una noche en Bugibba, diferente al de setas y no del todo igual a la paella; o como generoso aperitivo los ricos pastizzi, unos pastelitos de hojaldre y ricotta que venden por todos los sitios en el archipiélago a unos 30 céntimos la unidad.

Durante aquella semana en Malta, de todas las comidas (gastronómicas, claro), fue singular la que hicimos en un lugar llamado “It-Tokk” situado en la céntrica Plaza de la Independencia de Victoria, capital de la isla de Gozo, muy cerca de la Ciudadela. Llegamos allí tras preguntar, en la oficina de turismo que se ubica junto al restaurante, dónde podíamos degustar otro plato tradicional del país: el conejo guisado al estilo maltés. Algunos de mis amigos tenían antojo después de probarlo otro día que salimos a cenar en Bugibba cuando otro del grupo, Sergio, había pedido el popular “Rabbit” y generosamente nos había dejado degustarlo al resto; además, como al día siguiente regresábamos a España era ese el momento, o nunca, de vivir esa experiencia gastronómica.

Al entrar al restaurante, la camarera, atentamente, nos acomodó junto a una ventana que daba a la plaza y estaba abierta, minipunto para ella, en ese país los aparatos de aire acondicionado no dan abasto en pleno mes de agosto y, si no estás cerca de una pequeña brisa, una rica comida puede acabar convirtiéndose en un auténtico suplicio.
Aparte de la amabilidad del personal el tiempo que estuvimos allí, el local en sí y su decoración nos pareció singular, con un estilo rústico marcado por sus paredes de piedra o vigas de madera, a la par que original con una lámpara compuesta de copas que copa, valga la redundancia, todo el comedor. Tampoco nos dejó indiferente la terraza ubicada en la planta superior del restaurante, con techo de cañizo y unas ventanas en forma de arco desde las que se divisa toda la plaza, seguro que ideal para otra época del año.

Con respecto a los platos, el conejo guisado con patatas y zanahoria que comieron mis amigos, los dos Javis y Luri, debía de estar exquisitamente cocinado ya que no dejaron mucho en los platos; también se terminó todo Sergio, en esta ocasión él se decantó por un pescado que se ofrece mucho en los restaurantes del archipiélago, el salmón, servido esta vez a la plancha con ensalada y extra de patatas fritas que allí te traen, casi siempre, en un recipiente aparte; por último, Susana, única chica del grupo, y yo elegimos pasta, ella unos raviolis, en su opinión muy buenos, y yo macarrones con salmón y queso rallado que, aunque no tenían mucho misterio, estaban riquísimos.
Las viandas estuvieron regadas por un vino rosado llamado “Dolcino” que rompía el tópico o mala fama de los vinos malteses, ya que entraba muy suave, y tras los platos principales, antes de levantarnos de la mesa, tomamos café e infusiones para rebajar la comida y continuar nuestro viaje aquella tarde hasta Dwejra, la cercana localidad dónde se ubicaba la ya derruida ventana azul.

Esta comida supuso para nosotros el broche perfecto y, casi, final a un viaje que como el lugar del almuerzo no olvidaremos jamás, entre otras cosas porque además de ser aficionados exploradores y vividores, somos amantes del buen comer.

Fotos:


IT-TOKK
It-Tokk

Macarrones con salmón
Macarrones con salmón

Raviolis
Raviolis

Risoto
Rissoto

Salmón
Salmón

Lampuki
Lampuki

Conejo maltés
Conejo Maltés

Dolcino
Dolcino

Infusión
Infusión


Mapa:


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