Trinidad Bay Eatery (Trinidad, California, Estados Unidos)

Habíamos salido sin problemas de Crescent City, la ciudad de Estados Unidos más susceptible de ser machacada por tsunamis, y conducíamos alegremente por la 101 viendo secuoyas, los salmones ahumados de Paul y una figura gigante de leñador (que desconozco si es el mismo que da nombre al sitio de los salmones). Las ardillas saludaban a nuestro paso y el cielo, aunque no podíamos verlo con tanto tronco y tanta rama, nos regalaba su mejor sonrisa. Todo iba bien y parecía que así iba a ser para siempre, pero de repente ocurrió lo inevitable: nos dio hambre.

Un viaje que era sin prisa se convirtió en una lucha a cuchillo por la vida; las apacibles hileras de árboles milenarios pasaron a ser mallas que se confabulaban para agarrarnos y matarnos poniendo curvas en el camino, las ardillas nos mostraban el dedo medio en un gesto inconfundible y los salmones empezaron a subir por el río con un frenesí que solo podía compararse al de un cibercafé en Beijing (Pekín o Pequín para los amigos). El leñador parecía haber quedado atrás, pero no estábamos tranquilos porque en un lugar llamado Trees of Mistery puede ocurrir cualquier cosa. Había que encontrar un lugar para comer cuanto antes.

Afortunadamente, no llegó la sangre al río porque lo habíamos cruzado hacía rato y pudimos también bordear sin más incidentes los tres lagos que se interpusieron en nuestro camino. Tierra habitada nos acogía susurrando que no temiéramos nada, que algún sitio encontraríamos donde rellenar nuestras reservas, así que aún con el estómago vacío pero ya con poco miedo llegamos a Trinidad y descubrimos el cartel del restaurante que nos iba a conceder una prórroga en el camino hacia la desaparición: Trinidad Bay Eatery.

El sitio resultó ser la mar de acogedor: personal amable (gracias, Emeli, tu nos devolviste la esperanza), papel y colores para los niños, buena comida y precio razonable. Si algún día os acercáis a Trinidad ahí es donde tenéis que ir; dad recuerdos de mi parte.

Los mayores comimos un par de Tuna melt que estaban deliciosos. En serio, que bueno estaba eso joder… y para los críos fue un fish & chips y un mac & cheese. Todo muy tradicional y con la combinación exacta que necesitábamos para llegar a… ¡Eureka!

La cuenta salió por $35.67 ($41.02 con la propina, al cambio). Yo creo que es más que correcto.

Fotos

Trinidad Bay Eatery | Ojo a los tsunamis

Trinidad Bay Eatery | Redwood National and State Parks

Trinidad Bay Eatery | Leñador gigante Paul Bunyan

Trinidad Bay Eatery | Salmón ahumado (ahumándose)

Trinidad Bay Eatery | Secuoyas

Trinidad Bay Eatery | Ojo con las curvas

Trinidad Bay Eatery | Material de entretenimiento

Trinidad Bay Eatery | Sopa de letras

Trinidad Bay Eatery | Tuna melt sandwich

Trinidad Bay Eatery | Mac & Cheese

Trinidad Bay Eatery | Fish & chips

Trinidad Bay Eatery | Detalle de Emely

Trinidad Bay Eatery | La cuenta


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Restaurante Vegetariano Gaia (Burgos)

Agradecer una vez más la colaboración burgalesa de Rafa Ibañez

Si en Burgos buscas un local peculiar en el que disfrutar moviendo el bigote, sin duda tienes que llegarte hasta lo alto de la calle Fernán González, a medio camino entre la catedral y el arco de San Gil, a tiro de piedra (con buen brazo, eso sí) del solar en el que se asentaba la morada del Cid. Aunque algo escondido en un pliegue urbano —una escalinata—, se trata de un espacio acogedor, en el que Marisol y Miguel han plasmado sus experiencias y su personal forma de entender la existencia: no viven para trabajar, sino que trabajan para vivir, y se nota que les gusta lo que hacen y cómo lo hacen. Esa vitalidad no sólo se refleja en la decoración del local, sino que se transforma en una rica combinación de aromas, sabores y texturas en cada plato, un torbellino de actividad en el servicio y una cordialidad que supera con creces la mera cortesía. Discreto en su promoción —Restaurante Vegetariano Gaia no tiene página web, sino un simple espacio en Facebook—, atrae sin embargo a todo tipo de público, desde el joven de aspecto kostra al maduro alternapijo, desde el estudiante inquieto al profesional liberal, desde el explorador al bibliotecario. En su comedor conviven a la perfección la rasta y la corbata, la estética formal y la casual, el comensal solitario y las familias… Y es que resulta un lugar sumamente acogedor que ha logrado hacerse con una clientela fiel pese a los largos periodos de cierre —viajan mucho y lejos— o su horario restringido a los mediodías laborables —vamos, que no dan cenas—, y a la que no le importa esperar a la intemperie —¡en Burgos!— hasta que quede una mesa libre (porque no aceptan reservas previas).

A estos atractivos se suma el de su cocina vegetariana internacional, de modo que no es de extrañar que acudamos a Gaia cada vez que queremos celebrar la festividad de nuestro particular San Queremos. Y así ocurrió hace unos días.

Después de esperar unos buenos veinte minutos —es lo que tiene llegar al salir del trabajo, que otros se nos adelantan—, nos acomodaron en una mesa aliñada con un simple a la par que elegante camino negro. Del menú que ofrecían esa jornada —carece de carta propiamente dicha, pero a cambio cuenta con un amplio menú distinto cada día— elegimos un par de entrantes de esos diseñados con el fin de despertar el paladar, salmorejo de zanahoria y aceitunas verdes con nachos para mi acompañante y gazpachuelo de alcachofas con virutas de kikos para un servidor, que nos trajeron rápidamente con nuestras cervezas, una artesanal La Maricantana y una orgánica Örok Rone Premium Weisse Mehrkorn Hartstelder (sin faltas de ortografía, ¡ahí queda eso!) respectivamente.

Cumplido el trámite inicial, yo me eché al coleto un sabroso plato de cardo y guisantes frescos al estilo de Bangkok acompañados de arroz, en el que destacaba el contraste de texturas entre unas hermosas semillas que se deshacían en la boca como mantequilla y la crujiente resistencia de las pencas. Mi contraria, por su lado, degustó una copa de crema de patata, boletus y amanitas con su espuma, sabrosa versión suave de un plato tradicionalmente contundente. Luego llegó a mi lado de la mesa un delicado hojaldre de Indonesia con gado-gado (verduras con salsa de cacahuetes), mientras que enfrente depositaron buñuelos tailandeses con salsa huancaína peruana, una sorprendente y exquisita combinación rematada con cebolla confitada casera. Para poner fin a tan variopinta comanda, nos decidimos por sendos vasos de postre, de trufa al Pedro Ximénez el uno y crema de yogur casero de melocotón el otro (dejo a la imaginación del lector la averiguación de quién disfrutó qué), a cuál más rico.

Tanto la denominación de los platos como su misma presentación denotan cierta claudicación a algunas modernas tendencias, aunque afortunadamente las cantidades servidas resultan a todas luces suficientes. Y si todo esto resulta sorprendente, ¿qué podemos decir del precio? Nada más y nada menos que 10€ por persona, lo que —añadido el importe de las cervezas— supuso un desembolso de apenas 26€, pagados a tocateja (efectivamente, no aceptan tarjetas).

Para un carnívoro confeso y practicante como yo, disfrutar en el predio vegano de Marisol y Miguel es un placer. Y para quien la cocina en Burgos —designada Ciudad Creativa de la Gastronomía por la UNESCO en 2015—ha de ser algo más que cordero, morcilla y queso, una grata experiencia a la que no se puede renunciar.

Fotos


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Sala de espera

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Par de birras

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Salmorejo y gazpachuelo para despertar el apetito (aunque yo lo llevo de serie)

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Cardo y guisantes frescos al estilo de Bangkok, con el arroz

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Crema de patata, boletus y amanitas con su espuma (y todo)

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Hojaldre de Indonesia con gado-gado

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Hermanamiento incaico siamés

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Vasos de trufa al Pedro Ximenez y de crema de yogur casero de melocotón

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Resumen pecuniario

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Decoración de uno de los paneles del local

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Más testimonios gráficos de las andanzas de Marisol y Miguel

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Complemento ad hoc en la carta

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Menú del día y otros letreros (que leer hace bien)


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The Bucket Crab & Craw Fish (Corona, California, Estados Unidos)

Pasar un par de meses en Estados Unidos bien merece una celebración, así que en cuanto llegamos a California empezamos a planear una gran mariscada. Tenía que ser en un lugar selecto pero que al mismo tiempo entrara dentro de un presupuesto reducido; tradicional pero acorde con las costumbres modernas de la sociedad norteamericana; típico pero en Corona, una ciudad a las puertas del desierto y sin caladero, por mucho que esté solamente a una hora del Pacífico.

La cosa se antojaba difícil, pero entonces nos quedamos sin helado… decidimos acercarnos a un Stater Bros a por uno de esos enormes botes que venden a $3.99 y justo al lado descubrimos el lugar que estábamos buscando: The Bucket Crab & Craw Fish.

Cada mesa del restaurante se cubre con un mantel de papel y va equipada con un rollo de papel absorbente de cocina. No hay platos, sino que los pedidos se sirven dentro de una bolsa de plástico de la que hay que extraer la comida a mano. Cada comensal está equipado con un babero de plástico y unos guantes de látex, y también se proporcionan tijeras para cortar cáscaras, patas y lo que se ponga por delante. La bebida va en vasos de poliestireno expandido cubiertos con una tapa de plástico, y al contenido se accede sorbiendo por una paja (con perdón).

Pedimos un variado de marisco con una salsa cuyo nombre no recuerdo pero que, como se verá en las fotos, puede evocar lo que quiera cualquier mente perversa. De bebida, agua para los niños y refrescos variados para los adultos, que como es costumbre en la zona te rellenan cada vez que te descuidas. ¡Que corra el azúcar!

La comida estuvo bien, aunque exige concentración; el servicio, correcto; el precio, $38.77 más propina del 15% ($44.23 propina incluida al cambio); hacer fotos en esas condiciones, casi imposible. Lo hicimos por vosotros, y volveremos a hacerlo.

Fotos


Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Antes de empezar la faena, impoluto

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Producto

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Manos a la obra

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Marisco, limón y un vaso de DC (Diet Coke)

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Trabajando

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Usando las tijeras para reducir a un rebelde

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Depósito de salsa con parecidos razonables

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Buen trabajo

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
La carta

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
La cuenta (15% de propina añadida)


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Polvorones San Enrique con vino Iglup

Joder.

Acostumbrado a los de La Fortaleza o a los Mata, que eran los que había en mi casa cuando era pequeño (y que me gustaban, la verdad), casi desencadeno un episodio multiorgásmico al meterme un polvorón de San Enrique en la boca. ¡¡Ohhhh!! ¡¡Ummmpppfff!! ¡¡Ahhhh!! ¡¡Uhhhh!! ¡¡¡¡Mássssssss!!!! Hasta se escuchan risas de los vecinos, jijijaja, a saber lo que estarán haciendo esta gente. Pero se trataba de otros polvorones, así que volvamos a San Enrique: están cojonudos. Son gloria en la boca, eso es así. Y es que en cuestión de comidas, aquí somos más de tragar que de escupir.

Lo que los vecinos tampoco saben es que esos polvorones llegaron cortesía de la casa. O sea, que aquí no pagamos por recibir placer. Hace algunas semanas Chesco me propuso el envío y el trato se cerró en un par de milisegundos (o lo que tarde el Facebook Messenger en enviar un ). Hasta entonces, cada día mirando el buzón hasta que por fin un señor se presentó en casa con un estuche metálico Victoria. Parecemos de sangre azul.

Abres la caja y te encuentras con canela en rama, cosa fina que te pone a tono. Y después, uno a uno, vas sacando todos los ejemplares y los colocas delicadamente donde puedas contemplar tanta belleza. Cuarenta y cinco polvorones (un quilo al cambio), ni más ni menos, aquí vamos a hacer poca dieta este año.

Ya a punto de comer caemos en la cuenta de que no tenemos con qué regar los polvorones. Algo habrá que beber, ¿no? Pues causalmente esta misma semana llegaron un par de botellas (20cl, ojo, estamos hablando de otras magnitudes) de vino Iglup (Cariñena). La primera, blanco Macabeo, y la segunda Garnacha rosado. Ni lo dudamos: el maridaje Iglup-San Enrique parece de los más apropiado. Bomba delicada con final feliz, así definiría la mezcla sin ruborizarme.

Fotos

Polvorones San Enrique, calendario, libreta, etc.
Estuche metálico Victoria

Polvorones San Enrique | Estuche metálico Victoria
Canela en rama

Polvorones | Todos excepto uno que no pude evitar comer antes de la foto
Los polvorones

Polvorones San Enrique con vino Iglup
Polvorones a regar con el vino Iglup

Vino Iglup White y Rosé
Iglup blanco y rosado


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Asador Cristina (Marina d’Or Ciudad de Vacaciones, Castellón)

Marina d’Or Ciudad de Vacaciones es a Las Vegas lo que Terra Mítica a Port Aventura: una copia mala y parcial. Por ese motivo, aprovechando que había estado en Castellón corriendo como un descerebrado la distancia de cuarenta y dos quilómetros y ciento noventa y cinco metros, me acerqué con la familia a visitar esta conocida extensión de Oropesa del Mar. Es mi máxima: si algo es cutre, decrépito o ambas cosas, hay que verlo.

Y la verdad es que no decepcionó. A la entrada, un espectacular arco de bienvenida no se puede leer completo porque alguien calculó mal a la hora de plantar las palmeras que lo preceden; las calles, desiertas en su mayor parte; los grandes bloques de apartamentos, repletos de carteles de Se vende o Se alquila y flanqueados por solares que iban a ser edificios y quedaron en descampados para gatos. Todo ideal, volveremos.

De todos modos aquí hemos venido a comer, así que no me ando más por las ramas y me planto delante del Asador Cristina, que para ser fieles a la realidad está situado en término municipal de Ribera de Cabanes, justo delante del Camping Playa Torre la Sal. Que la verdad no te estropee un bonito titular.

El restaurante está regentado por alemanes, en apariencia, y lo atiende un camarero simpático y también aparentemente germano que hace recomendaciones de precio (no se puede pedir medio menú, si solo quieres un plato para los niños te traigo la carta con platos para niños; el postre está incluído en el menú, pero si los niños quieren postre lo pagas aparte), que excusa su lenta escritura del pedido en que es nuevo y que informa de que la diferencia entre la tarta tres chocolates y la tarta irlandesa es el color.

Íbamos cuatro y pedimos dos menús y dos platos para niños, que resultaron ser platos combinados que podía pedir todo el mundo. Los menús consistieron en arroz con bogavante y cordero y los platos combinados llevaban huevos fritos, patatas, pollo y croquetas. Como postre, tarta tres chocolates y un flan, y antes de todo eso nos sirvieron una ensalada de cortesía. Todo correcto, sin florituras, y a un precio total de 32,80 euros (32,80 al cambio).

Después de la comida hicimos la digestión conduciendo hacia otra de esas atracciones de la zona que no se pueden obviar: el aeropuerto del abuelo (también conocido como Aeropuerto de Castellón – Costa Azahar, código IATA CDT). Una jornada inolvidable.

Fotos


Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Ensalada de cortesíaEnsalada de cortesía

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Arroz con bogavante
Arroz con bogavante

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Cordero
Cordero

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Plato combinado 2
Plato combinado 1

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Plato combinado 1
Plato combinado 2

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Tarta tres chocolates
Tarta tres chocolates

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Flan
Flan

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | La cuenta
La cuenta

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina
Entrada al restaurante

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Menú
Menú

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Bello comensal
Un bello comensal

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones
Entrada a Marina d’Or Ciudad de Vacaciones

Castellón | Aeropuerto del Abuelo
El aeropuerto del Abuelo, también conocido como de Castellón


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