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La tradición de los polvorones y mantecados San Enrique

Nuevamente, Chesco nos hace llegar una caja de polvorones y mantecados San Enrique un par de meses antes de Navidad y nos hace reconsiderar la dieta del cucurucho. No puedes tener polvorones en casa y no comerlos, eso es así y no hay más vuelta de hoja.

Este año la caja ha sido de quilo y medio, variedad Tradición, y trae tres tipos distintos de polvorones. A saber:

  • Polvorón de almendra
  • Deliciosas
  • Mantecado especialidad

Nada más llegar, abrí la caja decidido a probar solamente uno de cada. Mis favoritas son las deliciosas porque la textura es exquisita y me encanta el aroma que desprenden. Bocadito de deliciosa, sorbo de café, vuelta a empezar. El segundo lugar en preferencia lo ocupan los polvorones de almendra, y el tercero no es sinónimo de disgusto porque simplemente algo había que elegir.

Total que me comí esos tres previstos y después seguí con un par más para fijar bien el producto a las paredes abdominales. Inmediatamente cerré la caja y salí corriendo dispuesto a no volver a comer ninguno más por lo menos hasta el 24 de diciembre. Hoy, 19 de noviembre, ya llevo catorze (y estoy a punto de merendar, con lo que eso significa). Qué queréis que os diga, están muy buenos. O sea, cojonudos. Es decir, madre del amor hermoso.

Como cada año, recomendado. Nosotros no compramos porque nos los regalan, pero vosotros que no tenéis esa suerte merecéis sin duda hacer el gasto. A por ellos.

Fotos


Polvorones y mantecados San Enrique

Polvorones y mantecados San Enrique

Polvorones y mantecados San Enrique

Polvorones y mantecados San Enrique

Polvorones y mantecados San Enrique

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Motel Vlčí Dvor (Ruzomberok, Eslovaquia)

El día no había empezado bien.

El intento de adentrarnos en Lunix IX, el gueto gitano de Košice, terminó en fracaso. Cuando ya habíamos alcanzado el puente de entrada al barrio otrora separado del resto del mundo por un muro, una horda que se acercaba con ademán amenazador nos hizo desistir del intento y emprender la marcha hacia el norte del país. Valientes sí, pero no temerarios. Sabemos reconocer cuándo no somos bien recibidos en un lugar.

Olvidado el objetivo mencionado nos dirigimos a Vlkolinec, un bonito pueblo de casas de madera declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco. A priori parecía un objetivo bastante más asequible que el primero, aunque la cosa terminó en un jarro de agua fría. Cuando apenas llevábamos unos diez minutos en el pueblo se puso a llover de tal forma que no era posible encontrar una escapatoria seca. Nos pusimos a correr de regreso al coche. Digamos que eran unos ochocientos metros, distancia que recorrimos en cuatro minutos y veintitres segundos (tiempo aproximado sin obligación contractual, solo mencionado con propósito ilustrativo).

Desmoralizados, hambrientos y, sobre todo, empapados, pasamos por delante del Motel Vlčí Dvor. Si es hora de comer, por mal que vayan las cosas, hay que comer. Hagamos caso a Dave Ramsey: comida, suministros, vivienda, transporte y ropa. El resto es simplemente jugar al Monopoly.

El caso es que entramos al restaurante y como pasa a menudo en Eslovaquia nadie hablaba inglés (y como pasa siempre en cualquier lugar del mundo, nosotros no hablamos eslovaco). Pero bueno, después de un buen rato conseguimos adivinar más o menos lo que venía en la carta y pudimos hacer el pedido:

  • Sopa de verduras con pasta
  • Crema de calabaza
  • Goulash de carnero al estilo Liptov con dumplings (Liptov es la región eslovaca donde está el restaurante)
  • Dumplings con queso de oveja y bacon
  • Estofado de cordero con romero, puré de patatas y salsa de manzana

También nos trajeron un plato de patatas con ketchup que no habíamos pedido. Pero ponte tú a discutir con la eslovaca para que se lleve las patatas, así que nos las terminamos comiendo sin rechistar como todo lo demás.

Fue llegar la comida y nos olvidamos del gueto y del aguacero. Tremendo lo buenísimo que estaba todo. Por partes:

  • Sopas: a cual mejor. La crema de calabaza igual se pasaba un poco de intensa, pero como yo no le echo sal a nada seguramente estaba en su punto justo. La de verduras, simplemente espectacular. Normal, porque no he probado sopa mala ni en ese país ni en los cercanos Hungría y Polonia.
  • Goulash: perfecto.
  • Estofado de cordero: me daba un poco de reparo y la primera masticación no la realicé con confianza. Pero luego resultó estar muy bueno y no quedó ni el romero.
  • Dumplings: que buena está la pasta esa rara que hacen en Eslovaquia y Hungría. Además, el bacon estaba cortado a dados muy pequeños y en su punto crujiente y doradito.
  • Patatas fritas: estaban bien, sin más. Lo que no es poco sabiendo la bazofía que sirven en muchos sitios.

Total, que comimos como marqueses por 28,20 euros (30 euros al cambio, incluyendo la propina). Es un precio muy bueno (éramos cuatro y quedamos más que llenos), pero bastante alto en el contexto eslovaco (digamos que un menú medio suele salir por unos 16 euros para cuatro comensales). Si un día os acercáis a Liptov, sin duda os lo recomiendo.

Fotos

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Sopa de verdura

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Sopa de calabaza

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Goulash de carnero al estilo Liptov con dumplings

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Estofado de cordero con romero, puré de patatas y salsa de manzana

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Dumplings con queso de oveja y bacon

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | La cuenta

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Camarera tomando nota

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Comiendo sopa, que para eso me pagan

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Exterior del restaurante


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Polvorones San Enrique (Hojalsan y Deliciosas)

Los polvorones San Enrique me convierten en un perro de Pavlov y no hay nada que pueda hacer para evitarlo. Ya os lo dije el año pasado a cuenta del estuche metálico Victoria que nos regalaron: si quieres conocer el placer, eso es lo que tienes que comer. Poeta.

Este domingo pasado estaba tirado en el sofá cual boa después de zamparse un ciervo entero cuando una vibración me sacó del letargo digestivo. Era un mensaje de Facebook en el que Chesco, mi traficante de dulces favorito, me pedía que confirmara si mi dirección seguía siendo mi dirección y si la de Carlos seguía siendo la de Carlos. Quiso la fortuna que así fuera, así que solamente dos días después un mensaje de texto de Correos me anunciaba la buena nueva:

SMS de Correos

Por los clavos de Cristo, Enrique, ¿cómo conseguiste armar esas recetas? Eres el mago de los polvorones y gracias a ti Estepa es la única construcción humana que se ve desde la luna además de la muralla china y alguna otra cosa (o no) que no recuerdo. Bueno, lo que se ve no es Estepa; lo que se ve es el brillo del obrador de San Enrique.

Bueno… y después del anterior párrafo dedicado a dar lustre con el objetivo de asegurarme los polvorones del año que viene, aquí viene la crítica seria…

La caja que trajo el cartero contenía dos bolsas (de un kilo cada una) con sendos productos: Hojalsan relleno de crema de cacao y deliciosas bañadas en chocolate.

Polvorones San Enrique | Hojalsan y deliciosas

Estamos a pocos de octubre y empezar ahora a comer polvorones como locos nos llevaría a la ruina en términos de porcentaje de grasa corporal y cálculo de IMC, así que hemos probado los necesarios para poder escribir esta crítica con conocimiento de causa y hemos guardado el resto para más adelante. Definimos más adelante como la semana que viene o la siguiente, probablemente, que nos conocemos.

El caso es que, dejémonos de tonterías, están cojonudos. Personalmente podría zamparme el kilo de Hojalsan en poco rato (esa mezcla de hojaldre clásico con río subterráneo de chocolate anocillado es brutal), pero reconozco que mi auténtica debilidad son las deliciosas. De verdad, están d… de… deli… joder, ahora no me sale la palabra exacta, pero el caso es que si no las compráis os estaréis equivocando gravemente.

Polvorones San Enrique | Harina y otras cosas bañadas en oro


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Trinidad Bay Eatery (Trinidad, California, Estados Unidos)

Habíamos salido sin problemas de Crescent City, la ciudad de Estados Unidos más susceptible de ser machacada por tsunamis, y conducíamos alegremente por la 101 viendo secuoyas, los salmones ahumados de Paul y una figura gigante de leñador (que desconozco si es el mismo que da nombre al sitio de los salmones). Las ardillas saludaban a nuestro paso y el cielo, aunque no podíamos verlo con tanto tronco y tanta rama, nos regalaba su mejor sonrisa. Todo iba bien y parecía que así iba a ser para siempre, pero de repente ocurrió lo inevitable: nos dio hambre.

Un viaje que era sin prisa se convirtió en una lucha a cuchillo por la vida; las apacibles hileras de árboles milenarios pasaron a ser mallas que se confabulaban para agarrarnos y matarnos poniendo curvas en el camino, las ardillas nos mostraban el dedo medio en un gesto inconfundible y los salmones empezaron a subir por el río con un frenesí que solo podía compararse al de un cibercafé en Beijing (Pekín o Pequín para los amigos). El leñador parecía haber quedado atrás, pero no estábamos tranquilos porque en un lugar llamado Trees of Mistery puede ocurrir cualquier cosa. Había que encontrar un lugar para comer cuanto antes.

Afortunadamente, no llegó la sangre al río porque lo habíamos cruzado hacía rato y pudimos también bordear sin más incidentes los tres lagos que se interpusieron en nuestro camino. Tierra habitada nos acogía susurrando que no temiéramos nada, que algún sitio encontraríamos donde rellenar nuestras reservas, así que aún con el estómago vacío pero ya con poco miedo llegamos a Trinidad y descubrimos el cartel del restaurante que nos iba a conceder una prórroga en el camino hacia la desaparición: Trinidad Bay Eatery.

El sitio resultó ser la mar de acogedor: personal amable (gracias, Emeli, tu nos devolviste la esperanza), papel y colores para los niños, buena comida y precio razonable. Si algún día os acercáis a Trinidad ahí es donde tenéis que ir; dad recuerdos de mi parte.

Los mayores comimos un par de Tuna melt que estaban deliciosos. En serio, que bueno estaba eso joder… y para los críos fue un fish & chips y un mac & cheese. Todo muy tradicional y con la combinación exacta que necesitábamos para llegar a… ¡Eureka!

La cuenta salió por $35.67 ($41.02 con la propina, al cambio). Yo creo que es más que correcto.

Fotos

Trinidad Bay Eatery | Ojo a los tsunamis

Trinidad Bay Eatery | Redwood National and State Parks

Trinidad Bay Eatery | Leñador gigante Paul Bunyan

Trinidad Bay Eatery | Salmón ahumado (ahumándose)

Trinidad Bay Eatery | Secuoyas

Trinidad Bay Eatery | Ojo con las curvas

Trinidad Bay Eatery | Material de entretenimiento

Trinidad Bay Eatery | Sopa de letras

Trinidad Bay Eatery | Tuna melt sandwich

Trinidad Bay Eatery | Mac & Cheese

Trinidad Bay Eatery | Fish & chips

Trinidad Bay Eatery | Detalle de Emely

Trinidad Bay Eatery | La cuenta


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The Bucket Crab & Craw Fish (Corona, California, Estados Unidos)

Pasar un par de meses en Estados Unidos bien merece una celebración, así que en cuanto llegamos a California empezamos a planear una gran mariscada. Tenía que ser en un lugar selecto pero que al mismo tiempo entrara dentro de un presupuesto reducido; tradicional pero acorde con las costumbres modernas de la sociedad norteamericana; típico pero en Corona, una ciudad a las puertas del desierto y sin caladero, por mucho que esté solamente a una hora del Pacífico.

La cosa se antojaba difícil, pero entonces nos quedamos sin helado… decidimos acercarnos a un Stater Bros a por uno de esos enormes botes que venden a $3.99 y justo al lado descubrimos el lugar que estábamos buscando: The Bucket Crab & Craw Fish.

Cada mesa del restaurante se cubre con un mantel de papel y va equipada con un rollo de papel absorbente de cocina. No hay platos, sino que los pedidos se sirven dentro de una bolsa de plástico de la que hay que extraer la comida a mano. Cada comensal está equipado con un babero de plástico y unos guantes de látex, y también se proporcionan tijeras para cortar cáscaras, patas y lo que se ponga por delante. La bebida va en vasos de poliestireno expandido cubiertos con una tapa de plástico, y al contenido se accede sorbiendo por una paja (con perdón).

Pedimos un variado de marisco con una salsa cuyo nombre no recuerdo pero que, como se verá en las fotos, puede evocar lo que quiera cualquier mente perversa. De bebida, agua para los niños y refrescos variados para los adultos, que como es costumbre en la zona te rellenan cada vez que te descuidas. ¡Que corra el azúcar!

La comida estuvo bien, aunque exige concentración; el servicio, correcto; el precio, $38.77 más propina del 15% ($44.23 propina incluida al cambio); hacer fotos en esas condiciones, casi imposible. Lo hicimos por vosotros, y volveremos a hacerlo.

Fotos


Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Antes de empezar la faena, impoluto

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Producto

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Manos a la obra

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Marisco, limón y un vaso de DC (Diet Coke)

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Trabajando

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Usando las tijeras para reducir a un rebelde

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Depósito de salsa con parecidos razonables

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Buen trabajo

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
La carta

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
La cuenta (15% de propina añadida)


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