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Motel Vlčí Dvor (Ruzomberok, Eslovaquia)

El día no había empezado bien.

El intento de adentrarnos en Lunix IX, el gueto gitano de Košice, terminó en fracaso. Cuando ya habíamos alcanzado el puente de entrada al barrio otrora separado del resto del mundo por un muro, una horda que se acercaba con ademán amenazador nos hizo desistir del intento y emprender la marcha hacia el norte del país. Valientes sí, pero no temerarios. Sabemos reconocer cuándo no somos bien recibidos en un lugar.

Olvidado el objetivo mencionado nos dirigimos a Vlkolinec, un bonito pueblo de casas de madera declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco. A priori parecía un objetivo bastante más asequible que el primero, aunque la cosa terminó en un jarro de agua fría. Cuando apenas llevábamos unos diez minutos en el pueblo se puso a llover de tal forma que no era posible encontrar una escapatoria seca. Nos pusimos a correr de regreso al coche. Digamos que eran unos ochocientos metros, distancia que recorrimos en cuatro minutos y veintitres segundos (tiempo aproximado sin obligación contractual, solo mencionado con propósito ilustrativo).

Desmoralizados, hambrientos y, sobre todo, empapados, pasamos por delante del Motel Vlčí Dvor. Si es hora de comer, por mal que vayan las cosas, hay que comer. Hagamos caso a Dave Ramsey: comida, suministros, vivienda, transporte y ropa. El resto es simplemente jugar al Monopoly.

El caso es que entramos al restaurante y como pasa a menudo en Eslovaquia nadie hablaba inglés (y como pasa siempre en cualquier lugar del mundo, nosotros no hablamos eslovaco). Pero bueno, después de un buen rato conseguimos adivinar más o menos lo que venía en la carta y pudimos hacer el pedido:

  • Sopa de verduras con pasta
  • Crema de calabaza
  • Goulash de carnero al estilo Liptov con dumplings (Liptov es la región eslovaca donde está el restaurante)
  • Dumplings con queso de oveja y bacon
  • Estofado de cordero con romero, puré de patatas y salsa de manzana

También nos trajeron un plato de patatas con ketchup que no habíamos pedido. Pero ponte tú a discutir con la eslovaca para que se lleve las patatas, así que nos las terminamos comiendo sin rechistar como todo lo demás.

Fue llegar la comida y nos olvidamos del gueto y del aguacero. Tremendo lo buenísimo que estaba todo. Por partes:

  • Sopas: a cual mejor. La crema de calabaza igual se pasaba un poco de intensa, pero como yo no le echo sal a nada seguramente estaba en su punto justo. La de verduras, simplemente espectacular. Normal, porque no he probado sopa mala ni en ese país ni en los cercanos Hungría y Polonia.
  • Goulash: perfecto.
  • Estofado de cordero: me daba un poco de reparo y la primera masticación no la realicé con confianza. Pero luego resultó estar muy bueno y no quedó ni el romero.
  • Dumplings: que buena está la pasta esa rara que hacen en Eslovaquia y Hungría. Además, el bacon estaba cortado a dados muy pequeños y en su punto crujiente y doradito.
  • Patatas fritas: estaban bien, sin más. Lo que no es poco sabiendo la bazofía que sirven en muchos sitios.

Total, que comimos como marqueses por 28,20 euros (30 euros al cambio, incluyendo la propina). Es un precio muy bueno (éramos cuatro y quedamos más que llenos), pero bastante alto en el contexto eslovaco (digamos que un menú medio suele salir por unos 16 euros para cuatro comensales). Si un día os acercáis a Liptov, sin duda os lo recomiendo.

Fotos

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Sopa de verdura

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Sopa de calabaza

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Goulash de carnero al estilo Liptov con dumplings

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Estofado de cordero con romero, puré de patatas y salsa de manzana

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Dumplings con queso de oveja y bacon

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | La cuenta

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Camarera tomando nota

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Comiendo sopa, que para eso me pagan

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Exterior del restaurante


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Polvorones San Enrique (Hojalsan y Deliciosas)

Los polvorones San Enrique me convierten en un perro de Pavlov y no hay nada que pueda hacer para evitarlo. Ya os lo dije el año pasado a cuenta del estuche metálico Victoria que nos regalaron: si quieres conocer el placer, eso es lo que tienes que comer. Poeta.

Este domingo pasado estaba tirado en el sofá cual boa después de zamparse un ciervo entero cuando una vibración me sacó del letargo digestivo. Era un mensaje de Facebook en el que Chesco, mi traficante de dulces favorito, me pedía que confirmara si mi dirección seguía siendo mi dirección y si la de Carlos seguía siendo la de Carlos. Quiso la fortuna que así fuera, así que solamente dos días después un mensaje de texto de Correos me anunciaba la buena nueva:

SMS de Correos

Por los clavos de Cristo, Enrique, ¿cómo conseguiste armar esas recetas? Eres el mago de los polvorones y gracias a ti Estepa es la única construcción humana que se ve desde la luna además de la muralla china y alguna otra cosa (o no) que no recuerdo. Bueno, lo que se ve no es Estepa; lo que se ve es el brillo del obrador de San Enrique.

Bueno… y después del anterior párrafo dedicado a dar lustre con el objetivo de asegurarme los polvorones del año que viene, aquí viene la crítica seria…

La caja que trajo el cartero contenía dos bolsas (de un kilo cada una) con sendos productos: Hojalsan relleno de crema de cacao y deliciosas bañadas en chocolate.

Polvorones San Enrique | Hojalsan y deliciosas

Estamos a pocos de octubre y empezar ahora a comer polvorones como locos nos llevaría a la ruina en términos de porcentaje de grasa corporal y cálculo de IMC, así que hemos probado los necesarios para poder escribir esta crítica con conocimiento de causa y hemos guardado el resto para más adelante. Definimos más adelante como la semana que viene o la siguiente, probablemente, que nos conocemos.

El caso es que, dejémonos de tonterías, están cojonudos. Personalmente podría zamparme el kilo de Hojalsan en poco rato (esa mezcla de hojaldre clásico con río subterráneo de chocolate anocillado es brutal), pero reconozco que mi auténtica debilidad son las deliciosas. De verdad, están d… de… deli… joder, ahora no me sale la palabra exacta, pero el caso es que si no las compráis os estaréis equivocando gravemente.

Polvorones San Enrique | Harina y otras cosas bañadas en oro


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Trinidad Bay Eatery (Trinidad, California, Estados Unidos)

Habíamos salido sin problemas de Crescent City, la ciudad de Estados Unidos más susceptible de ser machacada por tsunamis, y conducíamos alegremente por la 101 viendo secuoyas, los salmones ahumados de Paul y una figura gigante de leñador (que desconozco si es el mismo que da nombre al sitio de los salmones). Las ardillas saludaban a nuestro paso y el cielo, aunque no podíamos verlo con tanto tronco y tanta rama, nos regalaba su mejor sonrisa. Todo iba bien y parecía que así iba a ser para siempre, pero de repente ocurrió lo inevitable: nos dio hambre.

Un viaje que era sin prisa se convirtió en una lucha a cuchillo por la vida; las apacibles hileras de árboles milenarios pasaron a ser mallas que se confabulaban para agarrarnos y matarnos poniendo curvas en el camino, las ardillas nos mostraban el dedo medio en un gesto inconfundible y los salmones empezaron a subir por el río con un frenesí que solo podía compararse al de un cibercafé en Beijing (Pekín o Pequín para los amigos). El leñador parecía haber quedado atrás, pero no estábamos tranquilos porque en un lugar llamado Trees of Mistery puede ocurrir cualquier cosa. Había que encontrar un lugar para comer cuanto antes.

Afortunadamente, no llegó la sangre al río porque lo habíamos cruzado hacía rato y pudimos también bordear sin más incidentes los tres lagos que se interpusieron en nuestro camino. Tierra habitada nos acogía susurrando que no temiéramos nada, que algún sitio encontraríamos donde rellenar nuestras reservas, así que aún con el estómago vacío pero ya con poco miedo llegamos a Trinidad y descubrimos el cartel del restaurante que nos iba a conceder una prórroga en el camino hacia la desaparición: Trinidad Bay Eatery.

El sitio resultó ser la mar de acogedor: personal amable (gracias, Emeli, tu nos devolviste la esperanza), papel y colores para los niños, buena comida y precio razonable. Si algún día os acercáis a Trinidad ahí es donde tenéis que ir; dad recuerdos de mi parte.

Los mayores comimos un par de Tuna melt que estaban deliciosos. En serio, que bueno estaba eso joder… y para los críos fue un fish & chips y un mac & cheese. Todo muy tradicional y con la combinación exacta que necesitábamos para llegar a… ¡Eureka!

La cuenta salió por $35.67 ($41.02 con la propina, al cambio). Yo creo que es más que correcto.

Fotos

Trinidad Bay Eatery | Ojo a los tsunamis

Trinidad Bay Eatery | Redwood National and State Parks

Trinidad Bay Eatery | Leñador gigante Paul Bunyan

Trinidad Bay Eatery | Salmón ahumado (ahumándose)

Trinidad Bay Eatery | Secuoyas

Trinidad Bay Eatery | Ojo con las curvas

Trinidad Bay Eatery | Material de entretenimiento

Trinidad Bay Eatery | Sopa de letras

Trinidad Bay Eatery | Tuna melt sandwich

Trinidad Bay Eatery | Mac & Cheese

Trinidad Bay Eatery | Fish & chips

Trinidad Bay Eatery | Detalle de Emely

Trinidad Bay Eatery | La cuenta


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The Bucket Crab & Craw Fish (Corona, California, Estados Unidos)

Pasar un par de meses en Estados Unidos bien merece una celebración, así que en cuanto llegamos a California empezamos a planear una gran mariscada. Tenía que ser en un lugar selecto pero que al mismo tiempo entrara dentro de un presupuesto reducido; tradicional pero acorde con las costumbres modernas de la sociedad norteamericana; típico pero en Corona, una ciudad a las puertas del desierto y sin caladero, por mucho que esté solamente a una hora del Pacífico.

La cosa se antojaba difícil, pero entonces nos quedamos sin helado… decidimos acercarnos a un Stater Bros a por uno de esos enormes botes que venden a $3.99 y justo al lado descubrimos el lugar que estábamos buscando: The Bucket Crab & Craw Fish.

Cada mesa del restaurante se cubre con un mantel de papel y va equipada con un rollo de papel absorbente de cocina. No hay platos, sino que los pedidos se sirven dentro de una bolsa de plástico de la que hay que extraer la comida a mano. Cada comensal está equipado con un babero de plástico y unos guantes de látex, y también se proporcionan tijeras para cortar cáscaras, patas y lo que se ponga por delante. La bebida va en vasos de poliestireno expandido cubiertos con una tapa de plástico, y al contenido se accede sorbiendo por una paja (con perdón).

Pedimos un variado de marisco con una salsa cuyo nombre no recuerdo pero que, como se verá en las fotos, puede evocar lo que quiera cualquier mente perversa. De bebida, agua para los niños y refrescos variados para los adultos, que como es costumbre en la zona te rellenan cada vez que te descuidas. ¡Que corra el azúcar!

La comida estuvo bien, aunque exige concentración; el servicio, correcto; el precio, $38.77 más propina del 15% ($44.23 propina incluida al cambio); hacer fotos en esas condiciones, casi imposible. Lo hicimos por vosotros, y volveremos a hacerlo.

Fotos


Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Antes de empezar la faena, impoluto

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Producto

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Manos a la obra

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Marisco, limón y un vaso de DC (Diet Coke)

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Trabajando

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Usando las tijeras para reducir a un rebelde

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Depósito de salsa con parecidos razonables

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Buen trabajo

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
La carta

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
La cuenta (15% de propina añadida)


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Polvorones San Enrique con vino Iglup

Joder.

Acostumbrado a los de La Fortaleza o a los Mata, que eran los que había en mi casa cuando era pequeño (y que me gustaban, la verdad), casi desencadeno un episodio multiorgásmico al meterme un polvorón de San Enrique en la boca. ¡¡Ohhhh!! ¡¡Ummmpppfff!! ¡¡Ahhhh!! ¡¡Uhhhh!! ¡¡¡¡Mássssssss!!!! Hasta se escuchan risas de los vecinos, jijijaja, a saber lo que estarán haciendo esta gente. Pero se trataba de otros polvorones, así que volvamos a San Enrique: están cojonudos. Son gloria en la boca, eso es así. Y es que en cuestión de comidas, aquí somos más de tragar que de escupir.

Lo que los vecinos tampoco saben es que esos polvorones llegaron cortesía de la casa. O sea, que aquí no pagamos por recibir placer. Hace algunas semanas Chesco me propuso el envío y el trato se cerró en un par de milisegundos (o lo que tarde el Facebook Messenger en enviar un ). Hasta entonces, cada día mirando el buzón hasta que por fin un señor se presentó en casa con un estuche metálico Victoria. Parecemos de sangre azul.

Abres la caja y te encuentras con canela en rama, cosa fina que te pone a tono. Y después, uno a uno, vas sacando todos los ejemplares y los colocas delicadamente donde puedas contemplar tanta belleza. Cuarenta y cinco polvorones (un quilo al cambio), ni más ni menos, aquí vamos a hacer poca dieta este año.

Ya a punto de comer caemos en la cuenta de que no tenemos con qué regar los polvorones. Algo habrá que beber, ¿no? Pues causalmente esta misma semana llegaron un par de botellas (20cl, ojo, estamos hablando de otras magnitudes) de vino Iglup (Cariñena). La primera, blanco Macabeo, y la segunda Garnacha rosado. Ni lo dudamos: el maridaje Iglup-San Enrique parece de los más apropiado. Bomba delicada con final feliz, así definiría la mezcla sin ruborizarme.

Fotos

Polvorones San Enrique, calendario, libreta, etc.
Estuche metálico Victoria

Polvorones San Enrique | Estuche metálico Victoria
Canela en rama

Polvorones | Todos excepto uno que no pude evitar comer antes de la foto
Los polvorones

Polvorones San Enrique con vino Iglup
Polvorones a regar con el vino Iglup

Vino Iglup White y Rosé
Iglup blanco y rosado


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