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Pizzería Lou Malnati’s (Chicago, Illinois, USA)

Mi amigo Mike me dijo, cuando supo que iba a visitar Chicago, que era obligatorio ir a probar la deep dish pizza. Yo soy un chico obediente, al menos cuando me interesa, así que organicé mi agenda para no perderme dicha experiencia y busqué en Google Maps el sitio más adecuado para perpetrar el delito. No parecía haber mucha duda al respecto: tendría que ser en la Pizzería Lou Malnati’s.

La deep dish pizza es una pizza (valga la redundancia) que parece una tarta. Por la masa, que es gruesa, no porque lleve manzana o nata ni porque le pongan velas encima (aunque seguro que todo eso y más es posible, en la tierra de las oportunidades). Al verla en fotos tenía la idea de que sería complicado trabajar con ella porque sería poco consistente (mucha grasa, demasiado peso para las paredes de la masa). Nada más lejos de la realidad.

En los restaurantes de Estados Unidos siempre tienes que esperar a que te digan dónde sentarte, y uno que ya no es nuevo en eso cumplió con el protocolo con buena nota. Una chica me dirigió hacía un rincón en la parte derecha del restaurante y me dejó allí a la espera de que llegara el camarero que se iba a ocupar de mi (así es como te lo anuncian). Como yo ya tenía la idea hecha de lo que iba a comer, y además soy persona de almorzar temprano, la espera se me hizo un poco larga, pero no creo que tardara más de lo que se puede considerar normal.

En la carta ofrecen varios tamaños de deep dish pizza y yo me decanté por el más pequeño (personal). La modalidad elegida fue Malnati Chicago Classic. El camarero (Eric) me advirtió que me podía quedar con hambre y me sugirió cambiar al siguiente tamaño (small), pero yo me mantuve en mis trece. En primer lugar porque no me creo que en Chicago puedas ir a un restaurante y quedarte con hambre, en segundo porque hasta donde sé soy una persona y personal parecía garantía de éxito, y en tercero porque ya había leído en las críticas de Google Maps que el tamaño era suficiente para una persona y que siempre solían trabajar con la misma advertencia para colar a los comensales el siguiente tamaño y precio.

Personal, al fin y al cabo, y una CocaCola. Casi me desmayo al escuchar que el pedido iba a tardar alrededor de 40 minutos. Es que las preparamos todas manualmente con dedicación para cada cliente, me dijo el hombre. Bueno, pues qué se le va a hacer… así que me dispuse a pasar todo ese rato repartiendo mi atención entre el móvil, el partido de beisbol que daban en la tele y la conversación de la pareja de al lado. Menos mal que el vaso de Coca Cola te lo van rellenando y no tenía que racionar o hincharme a pedir bebidas suplementarias.

40 minutos después llegó la pizza, que efectivamente era pequeña. No me quedé con hambre, sin embargo, porque pese a que la circunferencia era reducida el grosor era más que correcto y la enjundia en su justa medida. En cuanto a mis temores respecto a la masa y consistencia, como ya he adelantado antes rápidamente se disiparon. La pizza estaba muy crujiente y el indicador de aguante frente a agarres laterales arrojaba un nivel P (perfecto). El interior no era una especie de Margarita con paredes, como había imaginado, sino que también incluía carne. A la vista parecía como si hubieran abierto una butifarra en mitades y, después de cocinarla, la hubieran repartido por el interior de la pizza.

Aunque la espera fue prolongada y estaba al borde del colapso por inanición, me dispuse a disfrutar cada bocado como su fuera a ser el último. Comer consciente o como se llame, yo es que estoy acostumbrado a engullir. La pizza estaba cojonuda, aunque si quisiera ser más fino podría usar el adjetivo deliciosa, y agradecí enormemente haber escuchado el sabio consejo de mi amigo de Ohio.

Ya sin más pizza que rascar me dispuse a pedir la cuenta: $14.49 que la propina convirtió en $18.50 y el cambio a euros en unos 16. Repetiría sin dudarlo, así que la deep dish de la Pizzería Lou Malnati’s queda recomendada.

Fotos

Chicago, USA | Pizzería Lou Malnati | deep dish pizza

Chicago, USA | Pizzería Lou Malnati | Carta

Chicago, USA | Pizzería Lou Malnati |

Chicago, USA | Pizzería Lou Malnati |

Chicago, USA | Pizzería Lou Malnati | Comedor

Chicago, USA | Pizzería Lou Malnati's | deep dish pizza

Chicago, USA | Pizzería Lou Malnati | deep dish pizza

Chicago, USA | Pizzería Lou Malnati's |

Chicago, USA | Pizzería Lou Malnati's | La cuenta

Chicago, USA | Pizzería Lou Malnati's | Felpudo

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La tradición de los polvorones y mantecados San Enrique

Nuevamente, Chesco nos hace llegar una caja de polvorones y mantecados San Enrique un par de meses antes de Navidad y nos hace reconsiderar la dieta del cucurucho. No puedes tener polvorones en casa y no comerlos, eso es así y no hay más vuelta de hoja.

Este año la caja ha sido de quilo y medio, variedad Tradición, y trae tres tipos distintos de polvorones. A saber:

  • Polvorón de almendra
  • Deliciosas
  • Mantecado especialidad

Nada más llegar, abrí la caja decidido a probar solamente uno de cada. Mis favoritas son las deliciosas porque la textura es exquisita y me encanta el aroma que desprenden. Bocadito de deliciosa, sorbo de café, vuelta a empezar. El segundo lugar en preferencia lo ocupan los polvorones de almendra, y el tercero no es sinónimo de disgusto porque simplemente algo había que elegir.

Total que me comí esos tres previstos y después seguí con un par más para fijar bien el producto a las paredes abdominales. Inmediatamente cerré la caja y salí corriendo dispuesto a no volver a comer ninguno más por lo menos hasta el 24 de diciembre. Hoy, 19 de noviembre, ya llevo catorze (y estoy a punto de merendar, con lo que eso significa). Qué queréis que os diga, están muy buenos. O sea, cojonudos. Es decir, madre del amor hermoso.

Como cada año, recomendado. Nosotros no compramos porque nos los regalan, pero vosotros que no tenéis esa suerte merecéis sin duda hacer el gasto. A por ellos.

Fotos


Polvorones y mantecados San Enrique

Polvorones y mantecados San Enrique

Polvorones y mantecados San Enrique

Polvorones y mantecados San Enrique

Polvorones y mantecados San Enrique

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Motel Vlčí Dvor (Ruzomberok, Eslovaquia)

El día no había empezado bien.

El intento de adentrarnos en Lunix IX, el gueto gitano de Košice, terminó en fracaso. Cuando ya habíamos alcanzado el puente de entrada al barrio otrora separado del resto del mundo por un muro, una horda que se acercaba con ademán amenazador nos hizo desistir del intento y emprender la marcha hacia el norte del país. Valientes sí, pero no temerarios. Sabemos reconocer cuándo no somos bien recibidos en un lugar.

Olvidado el objetivo mencionado nos dirigimos a Vlkolinec, un bonito pueblo de casas de madera declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco. A priori parecía un objetivo bastante más asequible que el primero, aunque la cosa terminó en un jarro de agua fría. Cuando apenas llevábamos unos diez minutos en el pueblo se puso a llover de tal forma que no era posible encontrar una escapatoria seca. Nos pusimos a correr de regreso al coche. Digamos que eran unos ochocientos metros, distancia que recorrimos en cuatro minutos y veintitres segundos (tiempo aproximado sin obligación contractual, solo mencionado con propósito ilustrativo).

Desmoralizados, hambrientos y, sobre todo, empapados, pasamos por delante del Motel Vlčí Dvor. Si es hora de comer, por mal que vayan las cosas, hay que comer. Hagamos caso a Dave Ramsey: comida, suministros, vivienda, transporte y ropa. El resto es simplemente jugar al Monopoly.

El caso es que entramos al restaurante y como pasa a menudo en Eslovaquia nadie hablaba inglés (y como pasa siempre en cualquier lugar del mundo, nosotros no hablamos eslovaco). Pero bueno, después de un buen rato conseguimos adivinar más o menos lo que venía en la carta y pudimos hacer el pedido:

  • Sopa de verduras con pasta
  • Crema de calabaza
  • Goulash de carnero al estilo Liptov con dumplings (Liptov es la región eslovaca donde está el restaurante)
  • Dumplings con queso de oveja y bacon
  • Estofado de cordero con romero, puré de patatas y salsa de manzana

También nos trajeron un plato de patatas con ketchup que no habíamos pedido. Pero ponte tú a discutir con la eslovaca para que se lleve las patatas, así que nos las terminamos comiendo sin rechistar como todo lo demás.

Fue llegar la comida y nos olvidamos del gueto y del aguacero. Tremendo lo buenísimo que estaba todo. Por partes:

  • Sopas: a cual mejor. La crema de calabaza igual se pasaba un poco de intensa, pero como yo no le echo sal a nada seguramente estaba en su punto justo. La de verduras, simplemente espectacular. Normal, porque no he probado sopa mala ni en ese país ni en los cercanos Hungría y Polonia.
  • Goulash: perfecto.
  • Estofado de cordero: me daba un poco de reparo y la primera masticación no la realicé con confianza. Pero luego resultó estar muy bueno y no quedó ni el romero.
  • Dumplings: que buena está la pasta esa rara que hacen en Eslovaquia y Hungría. Además, el bacon estaba cortado a dados muy pequeños y en su punto crujiente y doradito.
  • Patatas fritas: estaban bien, sin más. Lo que no es poco sabiendo la bazofía que sirven en muchos sitios.

Total, que comimos como marqueses por 28,20 euros (30 euros al cambio, incluyendo la propina). Es un precio muy bueno (éramos cuatro y quedamos más que llenos), pero bastante alto en el contexto eslovaco (digamos que un menú medio suele salir por unos 16 euros para cuatro comensales). Si un día os acercáis a Liptov, sin duda os lo recomiendo.

Fotos

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Sopa de verdura

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Sopa de calabaza

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Goulash de carnero al estilo Liptov con dumplings

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Estofado de cordero con romero, puré de patatas y salsa de manzana

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Dumplings con queso de oveja y bacon

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | La cuenta

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Camarera tomando nota

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Comiendo sopa, que para eso me pagan

Ruzomberok, Eslovaquia | Motel Vlčí Dvor | Exterior del restaurante


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Polvorones San Enrique (Hojalsan y Deliciosas)

Los polvorones San Enrique me convierten en un perro de Pavlov y no hay nada que pueda hacer para evitarlo. Ya os lo dije el año pasado a cuenta del estuche metálico Victoria que nos regalaron: si quieres conocer el placer, eso es lo que tienes que comer. Poeta.

Este domingo pasado estaba tirado en el sofá cual boa después de zamparse un ciervo entero cuando una vibración me sacó del letargo digestivo. Era un mensaje de Facebook en el que Chesco, mi traficante de dulces favorito, me pedía que confirmara si mi dirección seguía siendo mi dirección y si la de Carlos seguía siendo la de Carlos. Quiso la fortuna que así fuera, así que solamente dos días después un mensaje de texto de Correos me anunciaba la buena nueva:

SMS de Correos

Por los clavos de Cristo, Enrique, ¿cómo conseguiste armar esas recetas? Eres el mago de los polvorones y gracias a ti Estepa es la única construcción humana que se ve desde la luna además de la muralla china y alguna otra cosa (o no) que no recuerdo. Bueno, lo que se ve no es Estepa; lo que se ve es el brillo del obrador de San Enrique.

Bueno… y después del anterior párrafo dedicado a dar lustre con el objetivo de asegurarme los polvorones del año que viene, aquí viene la crítica seria…

La caja que trajo el cartero contenía dos bolsas (de un kilo cada una) con sendos productos: Hojalsan relleno de crema de cacao y deliciosas bañadas en chocolate.

Polvorones San Enrique | Hojalsan y deliciosas

Estamos a pocos de octubre y empezar ahora a comer polvorones como locos nos llevaría a la ruina en términos de porcentaje de grasa corporal y cálculo de IMC, así que hemos probado los necesarios para poder escribir esta crítica con conocimiento de causa y hemos guardado el resto para más adelante. Definimos más adelante como la semana que viene o la siguiente, probablemente, que nos conocemos.

El caso es que, dejémonos de tonterías, están cojonudos. Personalmente podría zamparme el kilo de Hojalsan en poco rato (esa mezcla de hojaldre clásico con río subterráneo de chocolate anocillado es brutal), pero reconozco que mi auténtica debilidad son las deliciosas. De verdad, están d… de… deli… joder, ahora no me sale la palabra exacta, pero el caso es que si no las compráis os estaréis equivocando gravemente.

Polvorones San Enrique | Harina y otras cosas bañadas en oro


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Trinidad Bay Eatery (Trinidad, California, Estados Unidos)

Habíamos salido sin problemas de Crescent City, la ciudad de Estados Unidos más susceptible de ser machacada por tsunamis, y conducíamos alegremente por la 101 viendo secuoyas, los salmones ahumados de Paul y una figura gigante de leñador (que desconozco si es el mismo que da nombre al sitio de los salmones). Las ardillas saludaban a nuestro paso y el cielo, aunque no podíamos verlo con tanto tronco y tanta rama, nos regalaba su mejor sonrisa. Todo iba bien y parecía que así iba a ser para siempre, pero de repente ocurrió lo inevitable: nos dio hambre.

Un viaje que era sin prisa se convirtió en una lucha a cuchillo por la vida; las apacibles hileras de árboles milenarios pasaron a ser mallas que se confabulaban para agarrarnos y matarnos poniendo curvas en el camino, las ardillas nos mostraban el dedo medio en un gesto inconfundible y los salmones empezaron a subir por el río con un frenesí que solo podía compararse al de un cibercafé en Beijing (Pekín o Pequín para los amigos). El leñador parecía haber quedado atrás, pero no estábamos tranquilos porque en un lugar llamado Trees of Mistery puede ocurrir cualquier cosa. Había que encontrar un lugar para comer cuanto antes.

Afortunadamente, no llegó la sangre al río porque lo habíamos cruzado hacía rato y pudimos también bordear sin más incidentes los tres lagos que se interpusieron en nuestro camino. Tierra habitada nos acogía susurrando que no temiéramos nada, que algún sitio encontraríamos donde rellenar nuestras reservas, así que aún con el estómago vacío pero ya con poco miedo llegamos a Trinidad y descubrimos el cartel del restaurante que nos iba a conceder una prórroga en el camino hacia la desaparición: Trinidad Bay Eatery.

El sitio resultó ser la mar de acogedor: personal amable (gracias, Emeli, tu nos devolviste la esperanza), papel y colores para los niños, buena comida y precio razonable. Si algún día os acercáis a Trinidad ahí es donde tenéis que ir; dad recuerdos de mi parte.

Los mayores comimos un par de Tuna melt que estaban deliciosos. En serio, que bueno estaba eso joder… y para los críos fue un fish & chips y un mac & cheese. Todo muy tradicional y con la combinación exacta que necesitábamos para llegar a… ¡Eureka!

La cuenta salió por $35.67 ($41.02 con la propina, al cambio). Yo creo que es más que correcto.

Fotos

Trinidad Bay Eatery | Ojo a los tsunamis

Trinidad Bay Eatery | Redwood National and State Parks

Trinidad Bay Eatery | Leñador gigante Paul Bunyan

Trinidad Bay Eatery | Salmón ahumado (ahumándose)

Trinidad Bay Eatery | Secuoyas

Trinidad Bay Eatery | Ojo con las curvas

Trinidad Bay Eatery | Material de entretenimiento

Trinidad Bay Eatery | Sopa de letras

Trinidad Bay Eatery | Tuna melt sandwich

Trinidad Bay Eatery | Mac & Cheese

Trinidad Bay Eatery | Fish & chips

Trinidad Bay Eatery | Detalle de Emely

Trinidad Bay Eatery | La cuenta


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