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Polvorones San Enrique (Hojalsan y Deliciosas)

Los polvorones San Enrique me convierten en un perro de Pavlov y no hay nada que pueda hacer para evitarlo. Ya os lo dije el año pasado a cuenta del estuche metálico Victoria que nos regalaron: si quieres conocer el placer, eso es lo que tienes que comer. Poeta.

Este domingo pasado estaba tirado en el sofá cual boa después de zamparse un ciervo entero cuando una vibración me sacó del letargo digestivo. Era un mensaje de Facebook en el que Chesco, mi traficante de dulces favorito, me pedía que confirmara si mi dirección seguía siendo mi dirección y si la de Carlos seguía siendo la de Carlos. Quiso la fortuna que así fuera, así que solamente dos días después un mensaje de texto de Correos me anunciaba la buena nueva:

SMS de Correos

Por los clavos de Cristo, Enrique, ¿cómo conseguiste armar esas recetas? Eres el mago de los polvorones y gracias a ti Estepa es la única construcción humana que se ve desde la luna además de la muralla china y alguna otra cosa (o no) que no recuerdo. Bueno, lo que se ve no es Estepa; lo que se ve es el brillo del obrador de San Enrique.

Bueno… y después del anterior párrafo dedicado a dar lustre con el objetivo de asegurarme los polvorones del año que viene, aquí viene la crítica seria…

La caja que trajo el cartero contenía dos bolsas (de un kilo cada una) con sendos productos: Hojalsan relleno de crema de cacao y deliciosas bañadas en chocolate.

Polvorones San Enrique | Hojalsan y deliciosas

Estamos a pocos de octubre y empezar ahora a comer polvorones como locos nos llevaría a la ruina en términos de porcentaje de grasa corporal y cálculo de IMC, así que hemos probado los necesarios para poder escribir esta crítica con conocimiento de causa y hemos guardado el resto para más adelante. Definimos más adelante como la semana que viene o la siguiente, probablemente, que nos conocemos.

El caso es que, dejémonos de tonterías, están cojonudos. Personalmente podría zamparme el kilo de Hojalsan en poco rato (esa mezcla de hojaldre clásico con río subterráneo de chocolate anocillado es brutal), pero reconozco que mi auténtica debilidad son las deliciosas. De verdad, están d… de… deli… joder, ahora no me sale la palabra exacta, pero el caso es que si no las compráis os estaréis equivocando gravemente.

Polvorones San Enrique | Harina y otras cosas bañadas en oro


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Trinidad Bay Eatery (Trinidad, California, Estados Unidos)

Habíamos salido sin problemas de Crescent City, la ciudad de Estados Unidos más susceptible de ser machacada por tsunamis, y conducíamos alegremente por la 101 viendo secuoyas, los salmones ahumados de Paul y una figura gigante de leñador (que desconozco si es el mismo que da nombre al sitio de los salmones). Las ardillas saludaban a nuestro paso y el cielo, aunque no podíamos verlo con tanto tronco y tanta rama, nos regalaba su mejor sonrisa. Todo iba bien y parecía que así iba a ser para siempre, pero de repente ocurrió lo inevitable: nos dio hambre.

Un viaje que era sin prisa se convirtió en una lucha a cuchillo por la vida; las apacibles hileras de árboles milenarios pasaron a ser mallas que se confabulaban para agarrarnos y matarnos poniendo curvas en el camino, las ardillas nos mostraban el dedo medio en un gesto inconfundible y los salmones empezaron a subir por el río con un frenesí que solo podía compararse al de un cibercafé en Beijing (Pekín o Pequín para los amigos). El leñador parecía haber quedado atrás, pero no estábamos tranquilos porque en un lugar llamado Trees of Mistery puede ocurrir cualquier cosa. Había que encontrar un lugar para comer cuanto antes.

Afortunadamente, no llegó la sangre al río porque lo habíamos cruzado hacía rato y pudimos también bordear sin más incidentes los tres lagos que se interpusieron en nuestro camino. Tierra habitada nos acogía susurrando que no temiéramos nada, que algún sitio encontraríamos donde rellenar nuestras reservas, así que aún con el estómago vacío pero ya con poco miedo llegamos a Trinidad y descubrimos el cartel del restaurante que nos iba a conceder una prórroga en el camino hacia la desaparición: Trinidad Bay Eatery.

El sitio resultó ser la mar de acogedor: personal amable (gracias, Emeli, tu nos devolviste la esperanza), papel y colores para los niños, buena comida y precio razonable. Si algún día os acercáis a Trinidad ahí es donde tenéis que ir; dad recuerdos de mi parte.

Los mayores comimos un par de Tuna melt que estaban deliciosos. En serio, que bueno estaba eso joder… y para los críos fue un fish & chips y un mac & cheese. Todo muy tradicional y con la combinación exacta que necesitábamos para llegar a… ¡Eureka!

La cuenta salió por $35.67 ($41.02 con la propina, al cambio). Yo creo que es más que correcto.

Fotos

Trinidad Bay Eatery | Ojo a los tsunamis

Trinidad Bay Eatery | Redwood National and State Parks

Trinidad Bay Eatery | Leñador gigante Paul Bunyan

Trinidad Bay Eatery | Salmón ahumado (ahumándose)

Trinidad Bay Eatery | Secuoyas

Trinidad Bay Eatery | Ojo con las curvas

Trinidad Bay Eatery | Material de entretenimiento

Trinidad Bay Eatery | Sopa de letras

Trinidad Bay Eatery | Tuna melt sandwich

Trinidad Bay Eatery | Mac & Cheese

Trinidad Bay Eatery | Fish & chips

Trinidad Bay Eatery | Detalle de Emely

Trinidad Bay Eatery | La cuenta


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The Bucket Crab & Craw Fish (Corona, California, Estados Unidos)

Pasar un par de meses en Estados Unidos bien merece una celebración, así que en cuanto llegamos a California empezamos a planear una gran mariscada. Tenía que ser en un lugar selecto pero que al mismo tiempo entrara dentro de un presupuesto reducido; tradicional pero acorde con las costumbres modernas de la sociedad norteamericana; típico pero en Corona, una ciudad a las puertas del desierto y sin caladero, por mucho que esté solamente a una hora del Pacífico.

La cosa se antojaba difícil, pero entonces nos quedamos sin helado… decidimos acercarnos a un Stater Bros a por uno de esos enormes botes que venden a $3.99 y justo al lado descubrimos el lugar que estábamos buscando: The Bucket Crab & Craw Fish.

Cada mesa del restaurante se cubre con un mantel de papel y va equipada con un rollo de papel absorbente de cocina. No hay platos, sino que los pedidos se sirven dentro de una bolsa de plástico de la que hay que extraer la comida a mano. Cada comensal está equipado con un babero de plástico y unos guantes de látex, y también se proporcionan tijeras para cortar cáscaras, patas y lo que se ponga por delante. La bebida va en vasos de poliestireno expandido cubiertos con una tapa de plástico, y al contenido se accede sorbiendo por una paja (con perdón).

Pedimos un variado de marisco con una salsa cuyo nombre no recuerdo pero que, como se verá en las fotos, puede evocar lo que quiera cualquier mente perversa. De bebida, agua para los niños y refrescos variados para los adultos, que como es costumbre en la zona te rellenan cada vez que te descuidas. ¡Que corra el azúcar!

La comida estuvo bien, aunque exige concentración; el servicio, correcto; el precio, $38.77 más propina del 15% ($44.23 propina incluida al cambio); hacer fotos en esas condiciones, casi imposible. Lo hicimos por vosotros, y volveremos a hacerlo.

Fotos


Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Antes de empezar la faena, impoluto

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Producto

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Manos a la obra

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Marisco, limón y un vaso de DC (Diet Coke)

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Trabajando

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Usando las tijeras para reducir a un rebelde

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Depósito de salsa con parecidos razonables

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
Buen trabajo

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
La carta

Corona (California, Estados Unidos) | The Bucket Crab & Craw Fish
La cuenta (15% de propina añadida)


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Polvorones San Enrique con vino Iglup

Joder.

Acostumbrado a los de La Fortaleza o a los Mata, que eran los que había en mi casa cuando era pequeño (y que me gustaban, la verdad), casi desencadeno un episodio multiorgásmico al meterme un polvorón de San Enrique en la boca. ¡¡Ohhhh!! ¡¡Ummmpppfff!! ¡¡Ahhhh!! ¡¡Uhhhh!! ¡¡¡¡Mássssssss!!!! Hasta se escuchan risas de los vecinos, jijijaja, a saber lo que estarán haciendo esta gente. Pero se trataba de otros polvorones, así que volvamos a San Enrique: están cojonudos. Son gloria en la boca, eso es así. Y es que en cuestión de comidas, aquí somos más de tragar que de escupir.

Lo que los vecinos tampoco saben es que esos polvorones llegaron cortesía de la casa. O sea, que aquí no pagamos por recibir placer. Hace algunas semanas Chesco me propuso el envío y el trato se cerró en un par de milisegundos (o lo que tarde el Facebook Messenger en enviar un ). Hasta entonces, cada día mirando el buzón hasta que por fin un señor se presentó en casa con un estuche metálico Victoria. Parecemos de sangre azul.

Abres la caja y te encuentras con canela en rama, cosa fina que te pone a tono. Y después, uno a uno, vas sacando todos los ejemplares y los colocas delicadamente donde puedas contemplar tanta belleza. Cuarenta y cinco polvorones (un quilo al cambio), ni más ni menos, aquí vamos a hacer poca dieta este año.

Ya a punto de comer caemos en la cuenta de que no tenemos con qué regar los polvorones. Algo habrá que beber, ¿no? Pues causalmente esta misma semana llegaron un par de botellas (20cl, ojo, estamos hablando de otras magnitudes) de vino Iglup (Cariñena). La primera, blanco Macabeo, y la segunda Garnacha rosado. Ni lo dudamos: el maridaje Iglup-San Enrique parece de los más apropiado. Bomba delicada con final feliz, así definiría la mezcla sin ruborizarme.

Fotos

Polvorones San Enrique, calendario, libreta, etc.
Estuche metálico Victoria

Polvorones San Enrique | Estuche metálico Victoria
Canela en rama

Polvorones | Todos excepto uno que no pude evitar comer antes de la foto
Los polvorones

Polvorones San Enrique con vino Iglup
Polvorones a regar con el vino Iglup

Vino Iglup White y Rosé
Iglup blanco y rosado


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Asador Cristina (Marina d’Or Ciudad de Vacaciones, Castellón)

Marina d’Or Ciudad de Vacaciones es a Las Vegas lo que Terra Mítica a Port Aventura: una copia mala y parcial. Por ese motivo, aprovechando que había estado en Castellón corriendo como un descerebrado la distancia de cuarenta y dos quilómetros y ciento noventa y cinco metros, me acerqué con la familia a visitar esta conocida extensión de Oropesa del Mar. Es mi máxima: si algo es cutre, decrépito o ambas cosas, hay que verlo.

Y la verdad es que no decepcionó. A la entrada, un espectacular arco de bienvenida no se puede leer completo porque alguien calculó mal a la hora de plantar las palmeras que lo preceden; las calles, desiertas en su mayor parte; los grandes bloques de apartamentos, repletos de carteles de Se vende o Se alquila y flanqueados por solares que iban a ser edificios y quedaron en descampados para gatos. Todo ideal, volveremos.

De todos modos aquí hemos venido a comer, así que no me ando más por las ramas y me planto delante del Asador Cristina, que para ser fieles a la realidad está situado en término municipal de Ribera de Cabanes, justo delante del Camping Playa Torre la Sal. Que la verdad no te estropee un bonito titular.

El restaurante está regentado por alemanes, en apariencia, y lo atiende un camarero simpático y también aparentemente germano que hace recomendaciones de precio (no se puede pedir medio menú, si solo quieres un plato para los niños te traigo la carta con platos para niños; el postre está incluído en el menú, pero si los niños quieren postre lo pagas aparte), que excusa su lenta escritura del pedido en que es nuevo y que informa de que la diferencia entre la tarta tres chocolates y la tarta irlandesa es el color.

Íbamos cuatro y pedimos dos menús y dos platos para niños, que resultaron ser platos combinados que podía pedir todo el mundo. Los menús consistieron en arroz con bogavante y cordero y los platos combinados llevaban huevos fritos, patatas, pollo y croquetas. Como postre, tarta tres chocolates y un flan, y antes de todo eso nos sirvieron una ensalada de cortesía. Todo correcto, sin florituras, y a un precio total de 32,80 euros (32,80 al cambio).

Después de la comida hicimos la digestión conduciendo hacia otra de esas atracciones de la zona que no se pueden obviar: el aeropuerto del abuelo (también conocido como Aeropuerto de Castellón – Costa Azahar, código IATA CDT). Una jornada inolvidable.

Fotos


Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Ensalada de cortesíaEnsalada de cortesía

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Arroz con bogavante
Arroz con bogavante

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Cordero
Cordero

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Plato combinado 2
Plato combinado 1

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Plato combinado 1
Plato combinado 2

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Tarta tres chocolates
Tarta tres chocolates

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Flan
Flan

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | La cuenta
La cuenta

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina
Entrada al restaurante

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Menú
Menú

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones | Asador Cristina | Bello comensal
Un bello comensal

Marina d'Or Ciudad de Vacaciones
Entrada a Marina d’Or Ciudad de Vacaciones

Castellón | Aeropuerto del Abuelo
El aeropuerto del Abuelo, también conocido como de Castellón


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