Archivo de la categoría ‘Colaboración’

Restaurante Vegetariano Gaia (Burgos)

Agradecer una vez más la colaboración burgalesa de Rafa Ibañez

Si en Burgos buscas un local peculiar en el que disfrutar moviendo el bigote, sin duda tienes que llegarte hasta lo alto de la calle Fernán González, a medio camino entre la catedral y el arco de San Gil, a tiro de piedra (con buen brazo, eso sí) del solar en el que se asentaba la morada del Cid. Aunque algo escondido en un pliegue urbano —una escalinata—, se trata de un espacio acogedor, en el que Marisol y Miguel han plasmado sus experiencias y su personal forma de entender la existencia: no viven para trabajar, sino que trabajan para vivir, y se nota que les gusta lo que hacen y cómo lo hacen. Esa vitalidad no sólo se refleja en la decoración del local, sino que se transforma en una rica combinación de aromas, sabores y texturas en cada plato, un torbellino de actividad en el servicio y una cordialidad que supera con creces la mera cortesía. Discreto en su promoción —Restaurante Vegetariano Gaia no tiene página web, sino un simple espacio en Facebook—, atrae sin embargo a todo tipo de público, desde el joven de aspecto kostra al maduro alternapijo, desde el estudiante inquieto al profesional liberal, desde el explorador al bibliotecario. En su comedor conviven a la perfección la rasta y la corbata, la estética formal y la casual, el comensal solitario y las familias… Y es que resulta un lugar sumamente acogedor que ha logrado hacerse con una clientela fiel pese a los largos periodos de cierre —viajan mucho y lejos— o su horario restringido a los mediodías laborables —vamos, que no dan cenas—, y a la que no le importa esperar a la intemperie —¡en Burgos!— hasta que quede una mesa libre (porque no aceptan reservas previas).

A estos atractivos se suma el de su cocina vegetariana internacional, de modo que no es de extrañar que acudamos a Gaia cada vez que queremos celebrar la festividad de nuestro particular San Queremos. Y así ocurrió hace unos días.

Después de esperar unos buenos veinte minutos —es lo que tiene llegar al salir del trabajo, que otros se nos adelantan—, nos acomodaron en una mesa aliñada con un simple a la par que elegante camino negro. Del menú que ofrecían esa jornada —carece de carta propiamente dicha, pero a cambio cuenta con un amplio menú distinto cada día— elegimos un par de entrantes de esos diseñados con el fin de despertar el paladar, salmorejo de zanahoria y aceitunas verdes con nachos para mi acompañante y gazpachuelo de alcachofas con virutas de kikos para un servidor, que nos trajeron rápidamente con nuestras cervezas, una artesanal La Maricantana y una orgánica Örok Rone Premium Weisse Mehrkorn Hartstelder (sin faltas de ortografía, ¡ahí queda eso!) respectivamente.

Cumplido el trámite inicial, yo me eché al coleto un sabroso plato de cardo y guisantes frescos al estilo de Bangkok acompañados de arroz, en el que destacaba el contraste de texturas entre unas hermosas semillas que se deshacían en la boca como mantequilla y la crujiente resistencia de las pencas. Mi contraria, por su lado, degustó una copa de crema de patata, boletus y amanitas con su espuma, sabrosa versión suave de un plato tradicionalmente contundente. Luego llegó a mi lado de la mesa un delicado hojaldre de Indonesia con gado-gado (verduras con salsa de cacahuetes), mientras que enfrente depositaron buñuelos tailandeses con salsa huancaína peruana, una sorprendente y exquisita combinación rematada con cebolla confitada casera. Para poner fin a tan variopinta comanda, nos decidimos por sendos vasos de postre, de trufa al Pedro Ximénez el uno y crema de yogur casero de melocotón el otro (dejo a la imaginación del lector la averiguación de quién disfrutó qué), a cuál más rico.

Tanto la denominación de los platos como su misma presentación denotan cierta claudicación a algunas modernas tendencias, aunque afortunadamente las cantidades servidas resultan a todas luces suficientes. Y si todo esto resulta sorprendente, ¿qué podemos decir del precio? Nada más y nada menos que 10€ por persona, lo que —añadido el importe de las cervezas— supuso un desembolso de apenas 26€, pagados a tocateja (efectivamente, no aceptan tarjetas).

Para un carnívoro confeso y practicante como yo, disfrutar en el predio vegano de Marisol y Miguel es un placer. Y para quien la cocina en Burgos —designada Ciudad Creativa de la Gastronomía por la UNESCO en 2015—ha de ser algo más que cordero, morcilla y queso, una grata experiencia a la que no se puede renunciar.

Fotos


Gaia_1
Sala de espera

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Par de birras

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Salmorejo y gazpachuelo para despertar el apetito (aunque yo lo llevo de serie)

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Cardo y guisantes frescos al estilo de Bangkok, con el arroz

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Crema de patata, boletus y amanitas con su espuma (y todo)

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Hojaldre de Indonesia con gado-gado

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Hermanamiento incaico siamés

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Vasos de trufa al Pedro Ximenez y de crema de yogur casero de melocotón

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Resumen pecuniario

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Decoración de uno de los paneles del local

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Más testimonios gráficos de las andanzas de Marisol y Miguel

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Complemento ad hoc en la carta

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Menú del día y otros letreros (que leer hace bien)


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Can Pau (Santa Gertrudis de Fruitera, Ibiza)

Os presentamos una colaboración de Rodrigo, nuestro hombre de las islas. Desde éste púlpito que nos ofrece la red de redes, le deseamos todos nuestros mejores deseos en su nuevo proyecto Gatosuave.com. Teruel e Ibiza ya están en el mapa.

Hoy hablamos de Restaurante Can Pau Ibiza. Cuando se unen el talento, el buen gusto y el corazón nada puede salir mal. Y nada puede salir mal en este lugar que es algo más que un restaurante.

Para la comida mensual de MiauMusic y blaucelibiza.com y aprovechando la visita de unos amigos de Palma elegimos Can Pau, segunda y tercera generación de restauradores, dedicados a la cocina tradicional catalana durante cuarenta y cinco años. Situado en el km 2,7 de la carretera de San Miguel.

Fuimos a la esencia. De entrante unas crostas y paté casero. De segundo pollo payés y butifarra catalana unos con judías y otros con patatas. Toda la magia del sabor tradicional fluyendo en la boca y cayendo con suavidad en el estómago. Vino, cerveza y de postre profiteroles, tocino de cielo, crema catalana y helado.  Que decir de las hierbas ibicencas caseras que ofrecen al terminar la comida, magistrales, todo el sabor en el punto justo de dulzura.

Alba, la anfitriona, recibe a sus clientes con el corazón y los brazos abiertos. Toda una institución en la isla de Ibiza. Sitio de referencia en el Mediterráneo, personalidades de todo el mundo han visitado Can Pau. Una delicia su terraza en verano. Lo que sale del alma, sin alardes ni estulticias llega a la gente y aquí llega.

Calidad en el producto tradicional y ambiente familiar. Recomendado.

Fotos:


Ibiza | Can Pau | Restaurante

Ibiza | Can Pau | Restaurante

Ibiza | Can Pau | Restaurante

Ibiza | Can Pau | Restaurante

Ibiza | Can Pau | Restaurante

Ibiza | Can Pau | Restaurante

Ibiza | Can Pau | Restaurante

Ibiza | Can Pau | Restaurante

Ibiza | Can Pau | Restaurante

Ibiza | Can Pau | Restaurante

Ibiza | Can Pau | Restaurante

Ibiza | Can Pau | Restaurante

Ibiza | Can Pau | Restaurante



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Museo del Vino (Morales de Toro, Zamora)

Agradecemos la reseña a Rafael Ibáñez, el colaborador de Mover el Bigote que más asusta

Hace ya tiempo que debía haber redactado esta crónica pero ¿qué queréis que os diga? Cada vez que me disponía a escribir, un frío helador inundaba la estancia mientras los misteriosos sones de un órgano inexistente se adueñaban de mis oídos. Temía despertar fantasmas, abrir el apetito de monstruos y atraer a otras criaturas del Averno capaces de preparar suculentos guisos con mis carnes. Hasta que hoy, al fin, acaso animado con el valor de una copa de vino, he logrado poner negro sobre blanco lo que recuerdo de aquella noche.

Porque en esta ocasión la crónica va de La noche del último brindis, una cata entre tinieblas organizada por el Museo del Vino que la bodega Pagos del Rey tiene en Morales de Toro, junto a la carretera N-122. Se trataba de pasar una terrorífica Noche de Difuntos —jálogüin dicen algunos, aunque realmente sean cosas diferentes— en las instalaciones del museo, con algo que echarse al coleto. Así que para Toro que nos fuimos, ciudad en la que nos alojamos y que visitamos al día siguiente. Es un verdadero museo de arte medieval, con sus iglesias mozárabes, su colegiata y su convento del Sancti Spiritus —con su correspondiente obrador—, aunque no estaría de más que se esforzasen por remozar esa imagen desaliñada que ofrecen sus descuidadas calles, plagadas de ruinas…

El caso es que llegamos al museo cuando ya la luna señoreaba el oscuro cielo. Integrados en un reducido grupo dispuesto a experimentar, recorrimos los jardines y estancias de sus instalaciones, hábilmente ambientadas para provocar siquiera inquietud en nuestro espíritu mientras los guías narraban terroríficas leyendas sobre la comarca de Toro y el vino, sólo interrumpidos por algunos sobresaltos inesperados: una mano emergiendo de una tumba, un cadáver desplomándose a nuestros pies, desgarradores gritos y carcajadas profundas… Sólo una de las integrantes del grupo no pudo completar la visita pues, habiéndose comido la castaña que nos entregaron para pagar al cancerbero del Tártaro, debióse quedar condenada a trabajar como tonelera lo que resta de eternidad…

A continuación llegó la parte enogastronómica —y más divertida, si cabe— de la visita, que comenzó con un microcurso acelerado de maridaje. Tras unas breves nociones dictadas por el ilustrado cadáver de un sumiller, nos sirvieron en cinco copas diferentes otros tantos vinos tintos, con el propósito de que averiguásemos en cual estaba cada uno:

  • Reserva 2008 100% Tempranillo “Castillo Albai” D. O. Rioja
  • Crianza 2009 100% Tempranillo “Altos de Tamarón” D. O. Ribera del Duero
  • Roble 2010 100% Tinta de Toro “La Meda” D. O. Toro
  • Roble 2011 100% Tempranillo “Altos de Tamarón D. O. Ribera del Duero
  • Joven 2013 100% Tinta de Toro “La Meda” D. O. Toro

Superada la prueba —lo que en algún caso costó lo suyo— llegó, al fin, el condumio. Sirvieron en primer lugar huevos de araña de la bodega, que resultaron ser huevos —de gallina, de los siempre— rellenos con bonito y mayonesa, decorados apropiadamente con aceituna negra. Más creciditos resultaron los murciélagos de queso, elaborados con pasta de dicho manjar envuelta en una cobertura dulce y un par de snacks sobre un lecho de patatas paja. El sarcófago de codorniz escabechada, sobre el que había una sonrosada gominola a modo de máscara funeraria, estaba elaborado con pasta brick, pese a lo cual —y a los restos de tierra, que afortunadamente era de Oreo— estaba muy sabroso. La momia de salchicha, servida con salsas variadas —ya sabéis: mayonesa, mostaza, kétchup y barbacoa—, fue acaso lo menos sorprendente, aunque el trabajo de envolver el embutido en la masa panificadora merece cierto reconocimiento. Para finalizar la minuta, llegaron una mini hamburguesas con queso disfrazadas de calabazas de la suerte. Por si esto no era suficiente, de postre nos ofrecieron un exquisito buñuelo de sesos de la chica de la curva —esto es, buñuelo de setas— para endulzar la sobremesa y, de recuerdo, una lápida sepulcral de galleta y azúcar.

Mentiría si dijera que cuanto comimos era digno de un restaurante de tres estrellas Michelín, y además la mentira sería muy evidente. Sin embargo, esta experiencia demostró cuánto influye el ambiente y el estado de ánimo en las sensaciones gastronómicas. Un rato de distracción, unos juegos entretenidos, algo de aprendizaje sobre vinos, unas tapas más que conseguidas… sumaron una grata experiencia en un marco sorprendente —cuya visita recomiendo—, todo ello por un total de 50€ la pareja (porque, obviamente, no fui solo), lo que se traduce en 25€ por ánima.

Pensaba terminar este comentario anotando los maridajes apropiados para cada una de las tapas, pero acabo de escuchar un extraño ruido en la ventana y suena el teléfono. Es muy raro, a estas horas…

Fotos:

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Mesa dispuesta para la cata entre tinieblas
Mesa dispuesta para la cata entre tinieblas

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Huevos de araña
Huevos de araña

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Murciélago de queso
Murciélago de queso

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Sarcófago de codorniz
Sarcófago de codorniz

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Momia de salchicha
Momia de salchicha

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Calabaza de la suerte
Calabaza de la suerte

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Buñuelo de sesos
Buñuelo de sesos

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Lápida sepulcral
Lápida sepulcral

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Certificado de defunción
Certificado de defunción

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CaixaForum (Zaragoza)

Agradecer a Comensal 1 la colaboración de esta crítica gastronómica

Ante la reciente apertura de CaixaForum Zaragoza, comensal 1 y comensal 2 deciden comprobar si el lema del centro “Un espacio que te hará sentir” es cierto también en su última planta. Un venturoso día de julio, decidimos probar el menú que proporciona diariamente su cafetería-restaurante, bajo el sello de Vilaplana Catering.

Comensal 1 se decanta por el wrap de ensaladilla de ave. Traducido, una tortita de trigo rellena de una especie de ensaladilla rusa con salsa de yogur y fiambre de pollo asado. El wrap va acompañado por una mezcla de lechugas bien aliñada. Fresquito, ligero, sabroso. El único “pero”… los guisantes un poco tiesos. Comensal 2 elige los espaguettis vegetarianos, con trocitos de cebolla, pimiento y calabacín. Muy ricos.

Pasemos al segundo plato. Comensal 1 y comensal 2 no tienen (apenas) dudas. Consideran que la merluza en suquet puede ser una gran elección. Touché! Un trocito de merluza acompañado con gambas, daditos de patata y coronado con dos mejillones, regadico con una salsa (suquet) que quita el sentido. En su punto de cocción y con mucho… sabooooooor.

Hora de los postres. Comensal 1, tras mucho darle vueltas y por no echar por tierra la estricta dieta hipocalórica que sigue, se tira hacia la panacotta con salsa de arándanos. Digna de mencionar su textura y cremosidad. Comensal 2 pide sorbete de frutas. Rico, rico.

Casualidades de la vida, comensal 2 conoce a camarero 1, conocido de la infancia, lo que hace que los cafés corran a cargo de la casa. Gran detalle.

Trato inmejorable, ambiente tranquilo, servicio exquisito, precio adecuado (13 euros) y una panorámica estupenda. Ya puestos, un poco de música ambiente no estaría de sobra. Volveremos, seguro.

Fotos:


Zaragoza | CaixaForum | Entrada
CaixaForum

Zaragoza | CaixaForum | Edificio
Edificio

Zaragoza | CaixaForum | Spaguetis vegetarianos
Espaguettis vegetarianos

Zaragoza | CaixaForum | Merluza en suquet
Wrap de ensaladilla de ave

Zaragoza | CaixaForum | Wrap de ensaladilla de ave
Merluza en suquet

Zaragoza | CaixaForum | Panacotta
Panacotta

Zaragoza | CaixaForum | Ensalada de frutas
Sorbete de mango

Zaragoza | CaixaForum | Vistas
Vistas

Zaragoza | CaixaForum | Ticket
Ticket

Zaragoza | CaixaForum | Carta
Menú

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La Abbadía (Burgos)

[Agradecemos esta crónica a Rafael Ibáñez, nuestro bello y fiel colaborador burgalés]

Para celebrar el pasado Día de la Madre, decidimos subir al Hotel AbbaBurgos, instalado en parte de lo que fuera el antiguo Seminario Mayor, en la ladera del castillo burgalés. Se trataba de comer fuera de casa, como mandan los cánones para estas ocasiones, así que la noche anterior hice la oportuna reserva telefónica de una mesa para dos en el restaurante La Abbadía, al que se accede desde el lobby del hotel. Hacía tiempo que deseábamos probar la cocina de Antonio Arrabal —finalista en la primera edición del programa de televisión Top Chef— y la oportunidad estaba a mano. Como suele ocurrir en los casos en que te pretendes esmerar, hubo un fallo de coordinación en el restaurante y resultó que la reserva no estaba anotada. Pero la diligencia y amabilidad del personal puso pronta solución al percance, así que enseguida nos dispusimos a saborear el menú degustación elaborado para fecha tan señalada. Ofrecían dos versiones: una básica y otra algo más amplia. Obviamente, nuestro saque nos impelió a decantarnos por el menú más extenso.

Lo que primero nos trajeron, después de servirnos las primeras copas de un verdejo Viña del Sopié 2013 —D.O. Rueda, que entraba que era un primor—, fue carpaccio de pez mantequilla con soja, chile y curry rojo. La verdad es que no se me ocurrió preguntar si el pescado en cuestión era auténtico pez mantequilla japonés, bacalao negro, alguna variedad de escolar, palometa común o el todavía más común fletán, que al parecer cualquiera de estos pescados nos pueden colocar so capa del curioso nombre. Pero en aquel momento no me preocupó el asunto —ni ahora tampoco, la verdad—, que bastante tuve con disfrutar de tan curioso y delicado plato.

A continuación degustamos un falso tomate de cecina de León con carpaccio de hongos, queso y pesto, tan sabroso como refinado, y un milhojas de membrillo con foie, queso y patata, que estaba delicioso. Aunque el verdadero espectáculo llegó después. Dentro de una caja de metacrilato, decorada con una corteza de árbol y un canto, había una lata de bacalao vacía, sobre la que el camarero proyectó el ahora inevitable nitrógeno. Inmediatamente a continuación cubrió el recipiente transparente con una tapa perforada por la que emanaba la blanquecina niebla que por unos momentos ocultó la creación más famosa —por televisiva, pues la elaboró en la final del concurso— de Antonio Arrabal: el árbol de Burgos, elaborado con ingredientes de la tierra. El tronco está hecho con patata cocida rellena de morcilla de verduras sobre una base de compota de manzana reineta del Valle de Las Caderechas; en lo alto, un nido a base de hilos de kadaif con brotes tiernos sobre los que descansan unos huevos de yogur compactados con alginata (fibra extraída de unas algas pardas, dicen que reduce la ingestión de grasas, aunque no sé yo si compensó cuanto comimos en esta ocasión). El diseño y la presentación animaron la curiosidad de todos los comensales, especialmente de los niños de la mesa próxima. Pero he de confesar que la expectación se trocó en cierta desilusión cuando me llevé a la boca tan curiosa composición. Fuera porque el frío apagaba los sabores o porque la morcilla de verduras resulta menos sabrosa que la tradicional —que a mi parecer marida mejor con la patata—, el caso es que el árbol no le dijo gran cosa a mi paladar. Muy suave también resultó la combinación el guiso de morros con bacalao y espuma de patata, todo un descubrimiento este contraste de sabores en principio tan inesperado.

El plato acaso más tradicional fue la paletilla deshuesada de cordero en su jugo con reducción de vino tinto acompañado de cuscús. Si en los platillos que lo precedieron lamenté sus reducidas proporciones —recuerdo que se trataba de un menú degustación—, en este caso la pesadumbre estaba aún más que justificada: aroma, textura y sabor despertaban aún más los sentidos, algo a la que tal vez tampoco fuese ajeno el tinto Arroyo Crianza 2010 —D.O. Ribera del Duero— descorchado para acompañarlo.

Para cerrar esta suite gastronómica, el menú incluía una más que ligera tarta de queso sobre frutos rojos cubierta con mousse de chocolate blanco, acompañada de brownie y decorada con una lámina de carambolo y hojita de hierbabuena, una propuesta dulce servida dentro de un tarro que finalmente sellamos con los consabidos cafés y unos chupitos de crema de orujo. Esto último fue cortesía de la casa, lo que no nos sorprendió en absoluto porque todo el equipo destaca por su más que correcta amabilidad, para nada engolada. El propio Antonio Arrabal derrocha una simpatía sin estridencias. Diría que es campechano si no fuera porque el término está un tanto devaluado por el uso y el abuso. Cuando se llegó hasta la mesa para preguntar nuestro parecer —ya nos saludó mientras nos buscaban acomodo— lo hizo con la sencillez del maestro, dispuesto no sólo a escuchar los halagos y alabanzas —merecidas, sin duda— sino también las sugerencias del comensal y aún los reparos, demostrando que la imagen ofrecida en televisión no era en absoluto una pose.

En esta ocasión dejamos sobre la mesa ochenta reales de vellón, a cuarenta euros por boca (en el tique aparecen dos conceptos: el segundo corresponde a la opción del menú de glotones). La experiencia valió realmente la pena. Tanto que, como le comentamos al propio chef, tendremos que regresar en otra ocasión para examinar con detenimiento su carta —aviso para navegantes: anuncian productos sin gluten— y recrearnos nuevamente con su cocina.

Fotos


Burgos | La Abbadía
Vista desde la mesa. Aunque no se vea la catedral, es Burgos

Burgos | La Abbadía
Carpaccio de pez mantequilla, para abrir boca (por fino que se corte, con la boca cerrada no se puede comer)

Burgos | La Abbadía
El fotógrafo no estuvo presto y casi no puede inmortalizar el falso tomate

Burgos | La Abbadía
Milhojas de membrillo surcando un plato

Burgos | La Abbadía
Árbol de Burgos entrevisto

Burgos | La Abbadía
Árbol de Burgos después de que levantase la niebla

Burgos | La Abbadía
Detalle del nido. La muy pájara no apareció, así que me zampé los huevos

Burgos | La Abbadía
Bacalao con morros (pero no estaba enfadado)

Burgos | La Abbadía
La (paletilla) sinhueso

Burgos | La Abbadía
No es decoración marina, que es tarta de queso

Burgos | La Abbadía
Para no confundir, el chef lleva el nombre en la chaquetilla

Burgos | La Abbadía
Prueba documental

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