Archivo de la categoría ‘Colaboración’

La Abbadía (Burgos)

[Agradecemos esta crónica a Rafael Ibáñez, nuestro bello y fiel colaborador burgalés]

Para celebrar el pasado Día de la Madre, decidimos subir al Hotel AbbaBurgos, instalado en parte de lo que fuera el antiguo Seminario Mayor, en la ladera del castillo burgalés. Se trataba de comer fuera de casa, como mandan los cánones para estas ocasiones, así que la noche anterior hice la oportuna reserva telefónica de una mesa para dos en el restaurante La Abbadía, al que se accede desde el lobby del hotel. Hacía tiempo que deseábamos probar la cocina de Antonio Arrabal —finalista en la primera edición del programa de televisión Top Chef— y la oportunidad estaba a mano. Como suele ocurrir en los casos en que te pretendes esmerar, hubo un fallo de coordinación en el restaurante y resultó que la reserva no estaba anotada. Pero la diligencia y amabilidad del personal puso pronta solución al percance, así que enseguida nos dispusimos a saborear el menú degustación elaborado para fecha tan señalada. Ofrecían dos versiones: una básica y otra algo más amplia. Obviamente, nuestro saque nos impelió a decantarnos por el menú más extenso.

Lo que primero nos trajeron, después de servirnos las primeras copas de un verdejo Viña del Sopié 2013 —D.O. Rueda, que entraba que era un primor—, fue carpaccio de pez mantequilla con soja, chile y curry rojo. La verdad es que no se me ocurrió preguntar si el pescado en cuestión era auténtico pez mantequilla japonés, bacalao negro, alguna variedad de escolar, palometa común o el todavía más común fletán, que al parecer cualquiera de estos pescados nos pueden colocar so capa del curioso nombre. Pero en aquel momento no me preocupó el asunto —ni ahora tampoco, la verdad—, que bastante tuve con disfrutar de tan curioso y delicado plato.

A continuación degustamos un falso tomate de cecina de León con carpaccio de hongos, queso y pesto, tan sabroso como refinado, y un milhojas de membrillo con foie, queso y patata, que estaba delicioso. Aunque el verdadero espectáculo llegó después. Dentro de una caja de metacrilato, decorada con una corteza de árbol y un canto, había una lata de bacalao vacía, sobre la que el camarero proyectó el ahora inevitable nitrógeno. Inmediatamente a continuación cubrió el recipiente transparente con una tapa perforada por la que emanaba la blanquecina niebla que por unos momentos ocultó la creación más famosa —por televisiva, pues la elaboró en la final del concurso— de Antonio Arrabal: el árbol de Burgos, elaborado con ingredientes de la tierra. El tronco está hecho con patata cocida rellena de morcilla de verduras sobre una base de compota de manzana reineta del Valle de Las Caderechas; en lo alto, un nido a base de hilos de kadaif con brotes tiernos sobre los que descansan unos huevos de yogur compactados con alginata (fibra extraída de unas algas pardas, dicen que reduce la ingestión de grasas, aunque no sé yo si compensó cuanto comimos en esta ocasión). El diseño y la presentación animaron la curiosidad de todos los comensales, especialmente de los niños de la mesa próxima. Pero he de confesar que la expectación se trocó en cierta desilusión cuando me llevé a la boca tan curiosa composición. Fuera porque el frío apagaba los sabores o porque la morcilla de verduras resulta menos sabrosa que la tradicional —que a mi parecer marida mejor con la patata—, el caso es que el árbol no le dijo gran cosa a mi paladar. Muy suave también resultó la combinación el guiso de morros con bacalao y espuma de patata, todo un descubrimiento este contraste de sabores en principio tan inesperado.

El plato acaso más tradicional fue la paletilla deshuesada de cordero en su jugo con reducción de vino tinto acompañado de cuscús. Si en los platillos que lo precedieron lamenté sus reducidas proporciones —recuerdo que se trataba de un menú degustación—, en este caso la pesadumbre estaba aún más que justificada: aroma, textura y sabor despertaban aún más los sentidos, algo a la que tal vez tampoco fuese ajeno el tinto Arroyo Crianza 2010 —D.O. Ribera del Duero— descorchado para acompañarlo.

Para cerrar esta suite gastronómica, el menú incluía una más que ligera tarta de queso sobre frutos rojos cubierta con mousse de chocolate blanco, acompañada de brownie y decorada con una lámina de carambolo y hojita de hierbabuena, una propuesta dulce servida dentro de un tarro que finalmente sellamos con los consabidos cafés y unos chupitos de crema de orujo. Esto último fue cortesía de la casa, lo que no nos sorprendió en absoluto porque todo el equipo destaca por su más que correcta amabilidad, para nada engolada. El propio Antonio Arrabal derrocha una simpatía sin estridencias. Diría que es campechano si no fuera porque el término está un tanto devaluado por el uso y el abuso. Cuando se llegó hasta la mesa para preguntar nuestro parecer —ya nos saludó mientras nos buscaban acomodo— lo hizo con la sencillez del maestro, dispuesto no sólo a escuchar los halagos y alabanzas —merecidas, sin duda— sino también las sugerencias del comensal y aún los reparos, demostrando que la imagen ofrecida en televisión no era en absoluto una pose.

En esta ocasión dejamos sobre la mesa ochenta reales de vellón, a cuarenta euros por boca (en el tique aparecen dos conceptos: el segundo corresponde a la opción del menú de glotones). La experiencia valió realmente la pena. Tanto que, como le comentamos al propio chef, tendremos que regresar en otra ocasión para examinar con detenimiento su carta —aviso para navegantes: anuncian productos sin gluten— y recrearnos nuevamente con su cocina.

Fotos


Burgos | La Abbadía
Vista desde la mesa. Aunque no se vea la catedral, es Burgos

Burgos | La Abbadía
Carpaccio de pez mantequilla, para abrir boca (por fino que se corte, con la boca cerrada no se puede comer)

Burgos | La Abbadía
El fotógrafo no estuvo presto y casi no puede inmortalizar el falso tomate

Burgos | La Abbadía
Milhojas de membrillo surcando un plato

Burgos | La Abbadía
Árbol de Burgos entrevisto

Burgos | La Abbadía
Árbol de Burgos después de que levantase la niebla

Burgos | La Abbadía
Detalle del nido. La muy pájara no apareció, así que me zampé los huevos

Burgos | La Abbadía
Bacalao con morros (pero no estaba enfadado)

Burgos | La Abbadía
La (paletilla) sinhueso

Burgos | La Abbadía
No es decoración marina, que es tarta de queso

Burgos | La Abbadía
Para no confundir, el chef lleva el nombre en la chaquetilla

Burgos | La Abbadía
Prueba documental

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Atzaró (Ibiza)

Otra producción de @rodriguiskis aka Gato Suave en Crónicas Baleáricas para #MoverElBigote

En muchas ocasiones hemos nombrado la magia pero hoy vamos a hablar de ella. La magia es Atzaró.

El día 30 de marzo se celebraba la ya mítica fiesta de la primavera. Pistoletazo de salida de la “temporada”, lo que viene siendo la “fuerza” en Star Wars pero en Ibiza. Aprovechando la coyuntura y con gran visión de la jugada el equipo de Blaucelibiza.com, Marta Marí, Doggy y servidor reservamos una habitación para la noche del 29 con la oferta lanzada semanas antes por el agroturismo. 120€ + 10% IVA la noche, con desayuno buffet incluido.

El paroxismo del buen gusto se alcanza en esta finca. Ni las fotos ni lo que puede escribir harán justicia. Familias con niños, jipis de postín, cerderío fino, cazatendencias, turolenses… todo el mundo tiene cabida en uno de los eventos con más personalidad del país.

Alegría y elegancia en un gran día, en el que un ambiente inmejorable y la predisposición del personal invitan al asueto y a la más pura de las ataraxias.

No tengo más que decir, si tenéis la oportunidad, acudid.

Esta crónica se terminó de escribir el 17 de abril de 2014 día de la muerte de Gabriel García Márquez.

Fotos:


Atzaró Ibiza

Atzaró Ibiza

Atzaró Ibiza

Atzaró Ibiza

Atzaró Ibiza

Atzaró Ibiza

Atzaró Ibiza

Atzaró Ibiza

Atzaró Ibiza

Atzaró Ibiza

Atzaró Ibiza

Atzaró Ibiza

Atzaró Ibiza

Atzaró Ibiza

Atzaró Ibiza

Atzaró Ibiza

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Restaurante La Bastilla (Zaragoza)

Agradecer de nuevo a Chus Gimeno esta colaboración. Gracias 1000

“Ya llegan las Navidades, ya llegan las Navidades, y ponemos el belén, olé olé Holanda, olé, Holanda no se ve, no se ve, no se ve”… por la niebla que tapa el cielo de esta bendita ciudad, Zaragoza, desde hace una semana., que no se ve ni el Pilar iluminado, caray.

La niebla, el frío, la lluvia o cualquier otro fenómeno atmosférico no impiden que los españoles nos lancemos a celebrar las cenas pre-navideñas con amigos o compañeros, al toque de la fachada hiperiluminada de El Corte Inglés, el (horrible) anuncio de lotería, los turrones que invaden los supermercados, etc. Y cada año, las cenas parecen empezar más pronto, porque reservar una mesa para 10 personas en cualquier lugar a partir del 1 de diciembre es más difícil que lograr que la troika condone la deuda española, con perdón.

La Decena Tragona, en su línea previsora habitual, consiguió reservar una mesa en La Bastilla allá a mediados de noviembre, para darnos un autohomenaje ganado con el sudor de nuestra frente el viernes 13 de diciembre (no preocuparse, en la cultura española es el martes y 13 cuando no debes embarcar ni casar). Íbamos a tiro hecho: menú degustación con 4 entrantes, 3 platos principales y 2 postres, además de vinos, cafés y copas, a 36 eurones (36 € al cambio) por testa. Una vez allí, nos propusieron cambiar alguno de los platos principales en caso de necesidad (alergias, asco infinito por la carne o el pescado… De vegetarianos, ni hablamos…)

Menú
Entrantes
-Salmón marinado estilo noruego con gajos de naranja
-Vichyssoise de manzana con berberechos. Esos 4/5 berberechos en la copa parecen una broma, hasta que los riegan con la vichyssoise. ¡Qué combinación! Deliciosos.
-Croqueta de jamón con alioli y castaña en castañuela
-Lomo de sardina cubierta de jamón, con endibias y queso de radiquero en gelatina. Asombrosa y exquisita combinación, doy fe, aunque el queso parece un ojo y te da algo de asquito a primera vista
Platos principales
-Arroz cremoso de setas con trufa
-Rodaballo al horno con puré de boniato
-Carrillera de ternera glaseada al vino tinto y lágrima de puré de manzana a la vainilla
Postres
-Canelón de piña caramelizada, mousse de yogurt y sorbete de coco
-Turrones artesanos caseros de yema, guirlache y hojaldre con chocolate

Vinos blanco y tinto Viñas del Vero, además de agua, para regar la opípara cena.

La atención, exquisita, como la comida. Cualquiera de los platos es recomendable para deleitar el paladar de un gourmet. Un único ‘reproche’: no ofrecieron cava al final de la cena, con lo navideño que es eso…

Fotos:



Vichyssoise de manzana con berberechos


Arroz con trufa


Berberechos con vichyssoise


Canelón de piña


Carrillera


Croquetas


Rodaballo


Salmón marinado


Sardina


Turrones varios

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La Serrata (San Rafael, Segovia)

Agradecimiento de nuevo a Rafael Ibáñez por esta nueva colaboración

Si transitas por la Sierra del Guadarrama —y más aún si pretendes seguir las huellas del Arcipreste de Hita—, antes o después deberías llegar a San Rafael, tradicional localidad de veraneo de la burguesía madrileña en la que a lo largo del tiempo han recalado personajes tan dispares como Ramón Menéndez Pidal, Rafael Alberti, Alejandro Lerroux, Ramón J. Sénder, Patxi Andión, Ouka Lele, Francisca Sauquillo, María Albaicín o Massiel. Claro que, junto a estos y otros personajes más o menos conocidos, hemos recalado en ese rincón —flanqueado por Cabeza Líjar, Cabeza Reina y Cueva Valiente— muchísimos españolitos cuyo nombre apenas dejará huella entre familiares y amigos.
Han sido muchos veranos —y nevados fines de semana, y hasta un largo invierno— los que pasé por aquellos lares durante mi infancia y juventud. Luego, las circunstancias de la vida me han llevado por otras tierras, aunque no ha sido hasta el pasado verano de 2013 cuando se quebró el único eslabón que aún me mantenía unido al lugar. La última noche que pasé allí se imponía una pequeña despedida, siquiera informal, de aromas y sabores, para lo que no podía recurrir a mejor cocina que la de La Serrata.
Situado prácticamente a la entrada del casco urbano según se baja desde el Alto del León —antaño conocido como Alto de los Leones de Castilla, que aún quedan muchas heridas en el paraje de lo que allí ocurrió durante la Guerra Civil—, se trata de un mesón de esos de los de antes, en los que el trato familiar marida a la perfección con una cocina tan sabrosa como sencilla. Local acogedor en el frío invierno serrano, su terraza invita a cenar al fresco en cuanto la canícula hace su aparición, mientras los más pequeños derraman sus fuerzas recogidos en el pequeño parque infantil con el que se completan las instalaciones.
La verdad es que aquella cena fue ciertamente frugal, pero los dos comensales dimos cuenta de los platos con fruición y placer: unos calamares a la romana absolutamente deliciosos y una cazuela de chorizo de la olla como en pocos sitios puede uno llevarse a la boca. Sin faltar —claro está— las inevitables patatas bravas, reinas de cualquier carta de tapas y raciones que se precie: boquerones en vinagre, callos a la madrileña —¡cómo no!—, gambas al ajillo, pulpo a la plancha, salchichas al vino, tortilla española… Regamos la mesa —bueno, nuestros paladares— con una fresquísima sangría que tenía como ingrediente principal ese vino embocado de Cebreros que tan apropiado resulta a para semejante combinación. Y rematamos la faena con sendos postres caseros: una porción de tarta de queso —con su roja mermelada de derramándose por los costados— y un cuenco de arroz con leche de los que saben “como lo hacía mi madre”.
Cuando nos despedimos del mesonero y de su padre sentí cómo algo de mí se quedaba con ellos en el abrazo. Y mientras caminaba de regreso hacia el lecho en el que reposaría por última vez en aquel pueblo, tratando de que la nostalgia no me dominase, me dije a mí mismo: “Esto lo tienen que conocer todos los amigos que saben #moverelbigote”. Porque en La Serrata no sólo puedes alimentar el cuerpo a base de cazuelas, que aquí también puedes degustar a placer judiones de La Granja, chuletón, cordero o cochinillo asado, y eso es algo que no se encuentra todos los días.
(El bueno de Quique no quiso cobrarnos. Pero han sido muchas las noches en aquella terraza, así que la referencia sobre precios es fiable).

Fotos:

San Rafael, Segovia | La Serrata | Entrada
Entrada al local

San Rafael, Segovia | La Serrata | Papas bravas
Bravas patatas

San Rafael, Segovia | La Serrata | Chorizo
Cazuela de chorizo de la olla

San Rafael, Segovia | La Serrata | Calamares
Calamar a la romana

San Rafael, Segovia | La Serrata | Tarta de queso
Tarta casera de queso

San Rafael, Segovia | La Serrata | Arroz con leche
Arroz con leche

San Rafael, Segovia | La Serrata | Carta
Relación de raciones (pero aún hay más) , al fondo, el patriarca de la casa

San Rafael, Segovia | La Serrata | Terraza
Emplazamiento de la terraza

San Rafael, Segovia | La Serrata | Columpios
Columpios y otros juegos (para niños)


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El embarazo

Agradecer a Sofía Arguis esta crónica tan personal. 1000 gracias

Con este título no me estoy refiriendo a un nuevo bar, restaurante, wok o similar donde #moverelbigote. No. Me refiero a lo que entendemos normalmente por embarazo: “Estado en que se halla la hembra gestante” (RAE dixit). Y es que el embarazo tiene mucho que ver con esto de #moverelbigote. Me explico.

Siempre que había oído a una mujer relatar sus múltiples anécdotas –que a veces es mejor no oír- sobre su embarazo, me contaban, más o menos, lo de siempre: que si las nauseas, mareos, hemorroides, mucho sueño, dolores varios, el parto… en resumen, un catálogo bastante variopinto de aventuras sin fin que pueden darse a lo largo del camino hacia la maternidad.

Pero, hete aquí mi sorpresa. Cuando me hallé en este estado de buena esperanza, las primeras semanas empecé a notar uno de los síntomas que nadie me había destacado en sus relatos: EL HAMBRE SIN FIN. Pues sí. No me lo esperaba. Tenía hambre a todas horas. Una simpática ginecóloga cuando le conté que tenía mucha hambre, me contestó “yo también tengo y no estoy embarazada”. En fin. Sí, hombre, hasta ahí llego. Pero si se lo comento es porque la tengo en una intensidad hasta entonces desconocida por mí. Y lo malo es que a la vez que estás en este estado, los médicos te dicen “cuidado”, “hay que controlar el peso”, “tienes que comer bien” “come cada cinco horas”… y yo pensaba ¿pero el quéeeee? Así que las primeras semanas me encontraba como un animal desaforado, buscando alimentos buenos, bonitos y baratos y que además saciaran mi apetito voraz.

Yo ya tenía fama entre mis compañeros de trabajo de que estoy comiendo a todas horas. Pues ahora, imaginaos. Podéis ver la foto de uno de mis cajones más abajo: galletas con fibra y sin conservantes ni colorantes, paté de atún, espárragos, unos batidos de chocolate y Coca-Cola Light (para las náuseas). En lo que se refiere a frutas, lo que más me gustaba era comer manzanas (las Fuji son mis preferidas), las naranjas y algún kiwi.

En esta etapa también me iban muy bien los yogures de cereales (el tránsito intestinal, ya sabéis). Ah, y bocadillos de jamón de york y queso. Nada de chorizo, ni mortadela, jamón serrano (¡ays! de resignación). Si una prueba que te hacen, te sale negativa, es mejor no comer de estos productos “crudos”. Así que los bocadillos se reducían a eso: jamón de york y queso.

Conforme pasó el tiempo, se me tranquilizó el hambre. Además fui viendo que iba cogiendo el peso adecuado y no engordaba demasiado, por lo que llegó el momento de ahora me doy un gusto que me lo merezco.

Y ya para terminar, el tema de los antojos –porque de los olores y ascos mejor no hablar que no estamos para contar cosas desagradables-. ¡Este tema sí que ha generado un no parar de conversaciones sin sentido!

Yo no creía mucho en los antojos. Desde los primeros días no sentí ninguna atracción especial por ningún alimento, así en plan “ayyyys necesito desesperadamente comer de esto”. Bueno, quizás al principio me pasó con los maíces tostados (aka kikos) y con los pepinillos y las olivas en vinagre. Pero vamos, que fue bastante moderado. Además los maíces como tienen mucha sal, varias miradas reprobadoras me quitaron las ganas de seguir comiéndolos.

Peeeero, no sé en qué momento, ni por qué, empecé a comer chicles de menta. Los tenía por ahí, en casa, olvidados. Desde entonces y poco a poco, cada vez más me apetece comer chicles, pero sobre todo, caramelos de menta. Me encanta morderlos… que sepan a menta fuerte, refrescante… Uuuuhhhmm. Esto antes no me pasaba…

Ah, sí. También he de reconocer que un sábado por la mañana me apeteció tomarme un croissant. Así que a las 9 de la mañana fui a un par de panaderías en busca de El Dorado Croissant ¡¡Uhhhmm que maravilla un croissant bien untadito en un colacau fresquito!!

Pero salvo esto…, ningún antojo más… 😉

Fotos:


Embarazo | Antojos | Cajón
Cajón de la mesa de trabajo de una embarazada con síntomas de hambre permanente

Embarazo | Antojos | Frutas
Mix de frutas: naranja, kiwi y plátano

Embarazo | Antojos | Kiwi, queso y nueces
Bol de kiwi, queso fresco y nueces

Embarazo | Antojos | Mikado
Mikados. Coges uno y ya no puedes parar

Embarazo | Antojos | Batido con nata
Batido ligero (la nata es muy ligera)

Embarazo | Antojos | Conguitos
Conguitos. No tienen más explicación

Embarazo | Antojos | Helado
En verano, el helado de tutti-frutti, ¡imprescindible!

Embarazo | Antojos | Chicles
¡Menta, naturalment-A!

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