Archivo de la categoría ‘Castilla y León’

Restaurante Vegetariano Gaia (Burgos)

Agradecer una vez más la colaboración burgalesa de Rafa Ibañez

Si en Burgos buscas un local peculiar en el que disfrutar moviendo el bigote, sin duda tienes que llegarte hasta lo alto de la calle Fernán González, a medio camino entre la catedral y el arco de San Gil, a tiro de piedra (con buen brazo, eso sí) del solar en el que se asentaba la morada del Cid. Aunque algo escondido en un pliegue urbano —una escalinata—, se trata de un espacio acogedor, en el que Marisol y Miguel han plasmado sus experiencias y su personal forma de entender la existencia: no viven para trabajar, sino que trabajan para vivir, y se nota que les gusta lo que hacen y cómo lo hacen. Esa vitalidad no sólo se refleja en la decoración del local, sino que se transforma en una rica combinación de aromas, sabores y texturas en cada plato, un torbellino de actividad en el servicio y una cordialidad que supera con creces la mera cortesía. Discreto en su promoción —Restaurante Vegetariano Gaia no tiene página web, sino un simple espacio en Facebook—, atrae sin embargo a todo tipo de público, desde el joven de aspecto kostra al maduro alternapijo, desde el estudiante inquieto al profesional liberal, desde el explorador al bibliotecario. En su comedor conviven a la perfección la rasta y la corbata, la estética formal y la casual, el comensal solitario y las familias… Y es que resulta un lugar sumamente acogedor que ha logrado hacerse con una clientela fiel pese a los largos periodos de cierre —viajan mucho y lejos— o su horario restringido a los mediodías laborables —vamos, que no dan cenas—, y a la que no le importa esperar a la intemperie —¡en Burgos!— hasta que quede una mesa libre (porque no aceptan reservas previas).

A estos atractivos se suma el de su cocina vegetariana internacional, de modo que no es de extrañar que acudamos a Gaia cada vez que queremos celebrar la festividad de nuestro particular San Queremos. Y así ocurrió hace unos días.

Después de esperar unos buenos veinte minutos —es lo que tiene llegar al salir del trabajo, que otros se nos adelantan—, nos acomodaron en una mesa aliñada con un simple a la par que elegante camino negro. Del menú que ofrecían esa jornada —carece de carta propiamente dicha, pero a cambio cuenta con un amplio menú distinto cada día— elegimos un par de entrantes de esos diseñados con el fin de despertar el paladar, salmorejo de zanahoria y aceitunas verdes con nachos para mi acompañante y gazpachuelo de alcachofas con virutas de kikos para un servidor, que nos trajeron rápidamente con nuestras cervezas, una artesanal La Maricantana y una orgánica Örok Rone Premium Weisse Mehrkorn Hartstelder (sin faltas de ortografía, ¡ahí queda eso!) respectivamente.

Cumplido el trámite inicial, yo me eché al coleto un sabroso plato de cardo y guisantes frescos al estilo de Bangkok acompañados de arroz, en el que destacaba el contraste de texturas entre unas hermosas semillas que se deshacían en la boca como mantequilla y la crujiente resistencia de las pencas. Mi contraria, por su lado, degustó una copa de crema de patata, boletus y amanitas con su espuma, sabrosa versión suave de un plato tradicionalmente contundente. Luego llegó a mi lado de la mesa un delicado hojaldre de Indonesia con gado-gado (verduras con salsa de cacahuetes), mientras que enfrente depositaron buñuelos tailandeses con salsa huancaína peruana, una sorprendente y exquisita combinación rematada con cebolla confitada casera. Para poner fin a tan variopinta comanda, nos decidimos por sendos vasos de postre, de trufa al Pedro Ximénez el uno y crema de yogur casero de melocotón el otro (dejo a la imaginación del lector la averiguación de quién disfrutó qué), a cuál más rico.

Tanto la denominación de los platos como su misma presentación denotan cierta claudicación a algunas modernas tendencias, aunque afortunadamente las cantidades servidas resultan a todas luces suficientes. Y si todo esto resulta sorprendente, ¿qué podemos decir del precio? Nada más y nada menos que 10€ por persona, lo que —añadido el importe de las cervezas— supuso un desembolso de apenas 26€, pagados a tocateja (efectivamente, no aceptan tarjetas).

Para un carnívoro confeso y practicante como yo, disfrutar en el predio vegano de Marisol y Miguel es un placer. Y para quien la cocina en Burgos —designada Ciudad Creativa de la Gastronomía por la UNESCO en 2015—ha de ser algo más que cordero, morcilla y queso, una grata experiencia a la que no se puede renunciar.

Fotos


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Sala de espera

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Par de birras

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Salmorejo y gazpachuelo para despertar el apetito (aunque yo lo llevo de serie)

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Cardo y guisantes frescos al estilo de Bangkok, con el arroz

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Crema de patata, boletus y amanitas con su espuma (y todo)

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Hojaldre de Indonesia con gado-gado

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Hermanamiento incaico siamés

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Vasos de trufa al Pedro Ximenez y de crema de yogur casero de melocotón

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Resumen pecuniario

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Decoración de uno de los paneles del local

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Más testimonios gráficos de las andanzas de Marisol y Miguel

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Complemento ad hoc en la carta

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Menú del día y otros letreros (que leer hace bien)


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Museo del Vino (Morales de Toro, Zamora)

Agradecemos la reseña a Rafael Ibáñez, el colaborador de Mover el Bigote que más asusta

Hace ya tiempo que debía haber redactado esta crónica pero ¿qué queréis que os diga? Cada vez que me disponía a escribir, un frío helador inundaba la estancia mientras los misteriosos sones de un órgano inexistente se adueñaban de mis oídos. Temía despertar fantasmas, abrir el apetito de monstruos y atraer a otras criaturas del Averno capaces de preparar suculentos guisos con mis carnes. Hasta que hoy, al fin, acaso animado con el valor de una copa de vino, he logrado poner negro sobre blanco lo que recuerdo de aquella noche.

Porque en esta ocasión la crónica va de La noche del último brindis, una cata entre tinieblas organizada por el Museo del Vino que la bodega Pagos del Rey tiene en Morales de Toro, junto a la carretera N-122. Se trataba de pasar una terrorífica Noche de Difuntos —jálogüin dicen algunos, aunque realmente sean cosas diferentes— en las instalaciones del museo, con algo que echarse al coleto. Así que para Toro que nos fuimos, ciudad en la que nos alojamos y que visitamos al día siguiente. Es un verdadero museo de arte medieval, con sus iglesias mozárabes, su colegiata y su convento del Sancti Spiritus —con su correspondiente obrador—, aunque no estaría de más que se esforzasen por remozar esa imagen desaliñada que ofrecen sus descuidadas calles, plagadas de ruinas…

El caso es que llegamos al museo cuando ya la luna señoreaba el oscuro cielo. Integrados en un reducido grupo dispuesto a experimentar, recorrimos los jardines y estancias de sus instalaciones, hábilmente ambientadas para provocar siquiera inquietud en nuestro espíritu mientras los guías narraban terroríficas leyendas sobre la comarca de Toro y el vino, sólo interrumpidos por algunos sobresaltos inesperados: una mano emergiendo de una tumba, un cadáver desplomándose a nuestros pies, desgarradores gritos y carcajadas profundas… Sólo una de las integrantes del grupo no pudo completar la visita pues, habiéndose comido la castaña que nos entregaron para pagar al cancerbero del Tártaro, debióse quedar condenada a trabajar como tonelera lo que resta de eternidad…

A continuación llegó la parte enogastronómica —y más divertida, si cabe— de la visita, que comenzó con un microcurso acelerado de maridaje. Tras unas breves nociones dictadas por el ilustrado cadáver de un sumiller, nos sirvieron en cinco copas diferentes otros tantos vinos tintos, con el propósito de que averiguásemos en cual estaba cada uno:

  • Reserva 2008 100% Tempranillo “Castillo Albai” D. O. Rioja
  • Crianza 2009 100% Tempranillo “Altos de Tamarón” D. O. Ribera del Duero
  • Roble 2010 100% Tinta de Toro “La Meda” D. O. Toro
  • Roble 2011 100% Tempranillo “Altos de Tamarón D. O. Ribera del Duero
  • Joven 2013 100% Tinta de Toro “La Meda” D. O. Toro

Superada la prueba —lo que en algún caso costó lo suyo— llegó, al fin, el condumio. Sirvieron en primer lugar huevos de araña de la bodega, que resultaron ser huevos —de gallina, de los siempre— rellenos con bonito y mayonesa, decorados apropiadamente con aceituna negra. Más creciditos resultaron los murciélagos de queso, elaborados con pasta de dicho manjar envuelta en una cobertura dulce y un par de snacks sobre un lecho de patatas paja. El sarcófago de codorniz escabechada, sobre el que había una sonrosada gominola a modo de máscara funeraria, estaba elaborado con pasta brick, pese a lo cual —y a los restos de tierra, que afortunadamente era de Oreo— estaba muy sabroso. La momia de salchicha, servida con salsas variadas —ya sabéis: mayonesa, mostaza, kétchup y barbacoa—, fue acaso lo menos sorprendente, aunque el trabajo de envolver el embutido en la masa panificadora merece cierto reconocimiento. Para finalizar la minuta, llegaron una mini hamburguesas con queso disfrazadas de calabazas de la suerte. Por si esto no era suficiente, de postre nos ofrecieron un exquisito buñuelo de sesos de la chica de la curva —esto es, buñuelo de setas— para endulzar la sobremesa y, de recuerdo, una lápida sepulcral de galleta y azúcar.

Mentiría si dijera que cuanto comimos era digno de un restaurante de tres estrellas Michelín, y además la mentira sería muy evidente. Sin embargo, esta experiencia demostró cuánto influye el ambiente y el estado de ánimo en las sensaciones gastronómicas. Un rato de distracción, unos juegos entretenidos, algo de aprendizaje sobre vinos, unas tapas más que conseguidas… sumaron una grata experiencia en un marco sorprendente —cuya visita recomiendo—, todo ello por un total de 50€ la pareja (porque, obviamente, no fui solo), lo que se traduce en 25€ por ánima.

Pensaba terminar este comentario anotando los maridajes apropiados para cada una de las tapas, pero acabo de escuchar un extraño ruido en la ventana y suena el teléfono. Es muy raro, a estas horas…

Fotos:

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Mesa dispuesta para la cata entre tinieblas
Mesa dispuesta para la cata entre tinieblas

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Huevos de araña
Huevos de araña

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Murciélago de queso
Murciélago de queso

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Sarcófago de codorniz
Sarcófago de codorniz

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Momia de salchicha
Momia de salchicha

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Calabaza de la suerte
Calabaza de la suerte

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Buñuelo de sesos
Buñuelo de sesos

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Lápida sepulcral
Lápida sepulcral

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Certificado de defunción
Certificado de defunción

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La Abbadía (Burgos)

[Agradecemos esta crónica a Rafael Ibáñez, nuestro bello y fiel colaborador burgalés]

Para celebrar el pasado Día de la Madre, decidimos subir al Hotel AbbaBurgos, instalado en parte de lo que fuera el antiguo Seminario Mayor, en la ladera del castillo burgalés. Se trataba de comer fuera de casa, como mandan los cánones para estas ocasiones, así que la noche anterior hice la oportuna reserva telefónica de una mesa para dos en el restaurante La Abbadía, al que se accede desde el lobby del hotel. Hacía tiempo que deseábamos probar la cocina de Antonio Arrabal —finalista en la primera edición del programa de televisión Top Chef— y la oportunidad estaba a mano. Como suele ocurrir en los casos en que te pretendes esmerar, hubo un fallo de coordinación en el restaurante y resultó que la reserva no estaba anotada. Pero la diligencia y amabilidad del personal puso pronta solución al percance, así que enseguida nos dispusimos a saborear el menú degustación elaborado para fecha tan señalada. Ofrecían dos versiones: una básica y otra algo más amplia. Obviamente, nuestro saque nos impelió a decantarnos por el menú más extenso.

Lo que primero nos trajeron, después de servirnos las primeras copas de un verdejo Viña del Sopié 2013 —D.O. Rueda, que entraba que era un primor—, fue carpaccio de pez mantequilla con soja, chile y curry rojo. La verdad es que no se me ocurrió preguntar si el pescado en cuestión era auténtico pez mantequilla japonés, bacalao negro, alguna variedad de escolar, palometa común o el todavía más común fletán, que al parecer cualquiera de estos pescados nos pueden colocar so capa del curioso nombre. Pero en aquel momento no me preocupó el asunto —ni ahora tampoco, la verdad—, que bastante tuve con disfrutar de tan curioso y delicado plato.

A continuación degustamos un falso tomate de cecina de León con carpaccio de hongos, queso y pesto, tan sabroso como refinado, y un milhojas de membrillo con foie, queso y patata, que estaba delicioso. Aunque el verdadero espectáculo llegó después. Dentro de una caja de metacrilato, decorada con una corteza de árbol y un canto, había una lata de bacalao vacía, sobre la que el camarero proyectó el ahora inevitable nitrógeno. Inmediatamente a continuación cubrió el recipiente transparente con una tapa perforada por la que emanaba la blanquecina niebla que por unos momentos ocultó la creación más famosa —por televisiva, pues la elaboró en la final del concurso— de Antonio Arrabal: el árbol de Burgos, elaborado con ingredientes de la tierra. El tronco está hecho con patata cocida rellena de morcilla de verduras sobre una base de compota de manzana reineta del Valle de Las Caderechas; en lo alto, un nido a base de hilos de kadaif con brotes tiernos sobre los que descansan unos huevos de yogur compactados con alginata (fibra extraída de unas algas pardas, dicen que reduce la ingestión de grasas, aunque no sé yo si compensó cuanto comimos en esta ocasión). El diseño y la presentación animaron la curiosidad de todos los comensales, especialmente de los niños de la mesa próxima. Pero he de confesar que la expectación se trocó en cierta desilusión cuando me llevé a la boca tan curiosa composición. Fuera porque el frío apagaba los sabores o porque la morcilla de verduras resulta menos sabrosa que la tradicional —que a mi parecer marida mejor con la patata—, el caso es que el árbol no le dijo gran cosa a mi paladar. Muy suave también resultó la combinación el guiso de morros con bacalao y espuma de patata, todo un descubrimiento este contraste de sabores en principio tan inesperado.

El plato acaso más tradicional fue la paletilla deshuesada de cordero en su jugo con reducción de vino tinto acompañado de cuscús. Si en los platillos que lo precedieron lamenté sus reducidas proporciones —recuerdo que se trataba de un menú degustación—, en este caso la pesadumbre estaba aún más que justificada: aroma, textura y sabor despertaban aún más los sentidos, algo a la que tal vez tampoco fuese ajeno el tinto Arroyo Crianza 2010 —D.O. Ribera del Duero— descorchado para acompañarlo.

Para cerrar esta suite gastronómica, el menú incluía una más que ligera tarta de queso sobre frutos rojos cubierta con mousse de chocolate blanco, acompañada de brownie y decorada con una lámina de carambolo y hojita de hierbabuena, una propuesta dulce servida dentro de un tarro que finalmente sellamos con los consabidos cafés y unos chupitos de crema de orujo. Esto último fue cortesía de la casa, lo que no nos sorprendió en absoluto porque todo el equipo destaca por su más que correcta amabilidad, para nada engolada. El propio Antonio Arrabal derrocha una simpatía sin estridencias. Diría que es campechano si no fuera porque el término está un tanto devaluado por el uso y el abuso. Cuando se llegó hasta la mesa para preguntar nuestro parecer —ya nos saludó mientras nos buscaban acomodo— lo hizo con la sencillez del maestro, dispuesto no sólo a escuchar los halagos y alabanzas —merecidas, sin duda— sino también las sugerencias del comensal y aún los reparos, demostrando que la imagen ofrecida en televisión no era en absoluto una pose.

En esta ocasión dejamos sobre la mesa ochenta reales de vellón, a cuarenta euros por boca (en el tique aparecen dos conceptos: el segundo corresponde a la opción del menú de glotones). La experiencia valió realmente la pena. Tanto que, como le comentamos al propio chef, tendremos que regresar en otra ocasión para examinar con detenimiento su carta —aviso para navegantes: anuncian productos sin gluten— y recrearnos nuevamente con su cocina.

Fotos


Burgos | La Abbadía
Vista desde la mesa. Aunque no se vea la catedral, es Burgos

Burgos | La Abbadía
Carpaccio de pez mantequilla, para abrir boca (por fino que se corte, con la boca cerrada no se puede comer)

Burgos | La Abbadía
El fotógrafo no estuvo presto y casi no puede inmortalizar el falso tomate

Burgos | La Abbadía
Milhojas de membrillo surcando un plato

Burgos | La Abbadía
Árbol de Burgos entrevisto

Burgos | La Abbadía
Árbol de Burgos después de que levantase la niebla

Burgos | La Abbadía
Detalle del nido. La muy pájara no apareció, así que me zampé los huevos

Burgos | La Abbadía
Bacalao con morros (pero no estaba enfadado)

Burgos | La Abbadía
La (paletilla) sinhueso

Burgos | La Abbadía
No es decoración marina, que es tarta de queso

Burgos | La Abbadía
Para no confundir, el chef lleva el nombre en la chaquetilla

Burgos | La Abbadía
Prueba documental

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La Serrata (San Rafael, Segovia)

Agradecimiento de nuevo a Rafael Ibáñez por esta nueva colaboración

Si transitas por la Sierra del Guadarrama —y más aún si pretendes seguir las huellas del Arcipreste de Hita—, antes o después deberías llegar a San Rafael, tradicional localidad de veraneo de la burguesía madrileña en la que a lo largo del tiempo han recalado personajes tan dispares como Ramón Menéndez Pidal, Rafael Alberti, Alejandro Lerroux, Ramón J. Sénder, Patxi Andión, Ouka Lele, Francisca Sauquillo, María Albaicín o Massiel. Claro que, junto a estos y otros personajes más o menos conocidos, hemos recalado en ese rincón —flanqueado por Cabeza Líjar, Cabeza Reina y Cueva Valiente— muchísimos españolitos cuyo nombre apenas dejará huella entre familiares y amigos.
Han sido muchos veranos —y nevados fines de semana, y hasta un largo invierno— los que pasé por aquellos lares durante mi infancia y juventud. Luego, las circunstancias de la vida me han llevado por otras tierras, aunque no ha sido hasta el pasado verano de 2013 cuando se quebró el único eslabón que aún me mantenía unido al lugar. La última noche que pasé allí se imponía una pequeña despedida, siquiera informal, de aromas y sabores, para lo que no podía recurrir a mejor cocina que la de La Serrata.
Situado prácticamente a la entrada del casco urbano según se baja desde el Alto del León —antaño conocido como Alto de los Leones de Castilla, que aún quedan muchas heridas en el paraje de lo que allí ocurrió durante la Guerra Civil—, se trata de un mesón de esos de los de antes, en los que el trato familiar marida a la perfección con una cocina tan sabrosa como sencilla. Local acogedor en el frío invierno serrano, su terraza invita a cenar al fresco en cuanto la canícula hace su aparición, mientras los más pequeños derraman sus fuerzas recogidos en el pequeño parque infantil con el que se completan las instalaciones.
La verdad es que aquella cena fue ciertamente frugal, pero los dos comensales dimos cuenta de los platos con fruición y placer: unos calamares a la romana absolutamente deliciosos y una cazuela de chorizo de la olla como en pocos sitios puede uno llevarse a la boca. Sin faltar —claro está— las inevitables patatas bravas, reinas de cualquier carta de tapas y raciones que se precie: boquerones en vinagre, callos a la madrileña —¡cómo no!—, gambas al ajillo, pulpo a la plancha, salchichas al vino, tortilla española… Regamos la mesa —bueno, nuestros paladares— con una fresquísima sangría que tenía como ingrediente principal ese vino embocado de Cebreros que tan apropiado resulta a para semejante combinación. Y rematamos la faena con sendos postres caseros: una porción de tarta de queso —con su roja mermelada de derramándose por los costados— y un cuenco de arroz con leche de los que saben “como lo hacía mi madre”.
Cuando nos despedimos del mesonero y de su padre sentí cómo algo de mí se quedaba con ellos en el abrazo. Y mientras caminaba de regreso hacia el lecho en el que reposaría por última vez en aquel pueblo, tratando de que la nostalgia no me dominase, me dije a mí mismo: “Esto lo tienen que conocer todos los amigos que saben #moverelbigote”. Porque en La Serrata no sólo puedes alimentar el cuerpo a base de cazuelas, que aquí también puedes degustar a placer judiones de La Granja, chuletón, cordero o cochinillo asado, y eso es algo que no se encuentra todos los días.
(El bueno de Quique no quiso cobrarnos. Pero han sido muchas las noches en aquella terraza, así que la referencia sobre precios es fiable).

Fotos:

San Rafael, Segovia | La Serrata | Entrada
Entrada al local

San Rafael, Segovia | La Serrata | Papas bravas
Bravas patatas

San Rafael, Segovia | La Serrata | Chorizo
Cazuela de chorizo de la olla

San Rafael, Segovia | La Serrata | Calamares
Calamar a la romana

San Rafael, Segovia | La Serrata | Tarta de queso
Tarta casera de queso

San Rafael, Segovia | La Serrata | Arroz con leche
Arroz con leche

San Rafael, Segovia | La Serrata | Carta
Relación de raciones (pero aún hay más) , al fondo, el patriarca de la casa

San Rafael, Segovia | La Serrata | Terraza
Emplazamiento de la terraza

San Rafael, Segovia | La Serrata | Columpios
Columpios y otros juegos (para niños)


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San Pablo Gastro Burger (Burgos)

Agradecer de nuevo esta colaboración a nuestro corresponsal en Burgos, Rafael Ibáñez. Mil gracias

Que levante la mano quien no ha sentido alguna vez la tentación de comer una hamburguesa (veganos incluidos). Y ¿cuántos se han arrepentido después de hincarle el diente a un amasijo emparedado de grasientas proteínas con sospechosos mejunjes? Eso pasa por recurrir a las grandes franquicias norteamericanas, que han hecho suya una delicia europea y milenaria —en sus orígenes se encuentran no sólo el Hamburg Beefsteak o el Frikadelle, sino la mismísima isicia omentata citada por Marcus Gavius Apicius en De re coquinaria— desde que White Castle incitaba a sus clientes a la gula en los años 20 del pasado siglo: “buy’em by the sack”. Frente a la clónica oferta de estas cadenas, cada vez son más comunes las nuevas cocinas que saben hacer de la hamburguesa un instrumento de placer. Así que para disfrutar de una auténtica hamburguesa gourmet ya no es necesario desplazarse hasta el 331 de la neoyorkina 4th Street, donde se encuentra el afamado Corner Bistro, porque ya en casi cualquier ciudad es posible degustar algo que no sea un simple pastiche carnicero.

No es el único local de estas características en Burgos —¿os he comentado ya que durante 2013 es la Capital Española de la Gastronomía?, pero hace ya algún tiempo que quería comentaros mi experiencia en el San Pablo Gastro Burguer, ubicado en el epicentro del ocio del populoso barrio de Gamonal. Antaño era un amplio bar con una magnífica barra y un gran salón donde llevarse a la boca pinchos, raciones, sándwiches, bocadillos… Hace unos meses, la nueva dirección renovó local y carta con un concepto muy diferente del mantenido hasta entonces.

Lo primero que sorprende es la decoración: un coche arrinconado —nuevo, como si fuera el premio de una inexistente rifa— y un mobiliario sencillo arropado por la iluminación indirecta en las paredes y la luz de los focos del techo, tamizada por las hojas que cuelgan de las macetas-lámpara. El resultado es muy funcional; tanto que hasta cuenta al fondo con un pequeño parque infantil en el que las pequeñas fieras pueden descargar su adrenalina mientras los padres degustan su plato con un ojo en la pantalla que delata sus movimientos.

En aquella ocasión decidimos abrir el apetito —como si hiciera falta— con unos aros de cebolla servidos en abundancia con dos salsas (barbacoa y mostaza con miel) y una tosta de cecina con queso brie (que no sé por qué razón la denominan brochetta, si ni pincha, ni corta, ni ), más que suficientes para calmar nuestra gusa. No obstante, ni que decir tiene que dimos debida cuenta de estos entrantes antes de zamparnos nuestras respectivas hamburguesas: una Wall Street, con su cebolla caramelizada y todo, y una premium de vaca, cubierta de queso. Ambas llegaron a la mesa con sus correspondientes raciones de ensalada y patatas, montadas sobre pequeñas chapatas redondas. Muy buenas, sí, pero sin ese punto de excelencia que esperaba encontrar, la verdad. Aunque quizá la culpa sea mía por elevar excesivamente las expectativas. Acompañamos los platos con unas cañas de cerveza —San Miguel, por supuesto, que para eso está en Burgos una de sus fábricas— y pusimos fin a la comanda con dos cafés cortados.

Afortunadamente los precios no son en absoluto abusivos, teniendo en cuenta que al pagar abonas también tu cuota parte de novedad y moda —por poco no llegamos a los 25€—, de manera que habrá que volver. ¿Os animáis?

[Para los curiosones, ésta es la receta de las hamburguesas romanas: “Pulpam concisam teres cum medulla siliginei in vino infusi. Piper, liquamen, si velis, et bacam mirteam extenteratam simul conteres. Pusilla esicia formabis, intus nucleis et pipere positis. Involuta omento subassabis cum careno.” Y, ahora, a practicar los latines.]

Fotos:


Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Interior
Aunque lo parezca, no ofrece aparcamiento

Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Interior
Bueno, sí: tiene dónde aparcar a los niños

Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Pan
Servicio con cubiertos, servilletas y pan para los entrantes

Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Aros de cebolla
No son calamares a la romana

Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Cecina con queso
La cecina con el queso, es evidente

Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Hamburguesa Wall Street
Hamburguesa Wall Street

Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Hamburguesa premium de vaca
Hamburguesa premium de vaca

Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Ticket
Comprobante (en el propio tique lo pone)


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