Archivo de la categoría ‘Castilla y León’

Mesón la Cocinona (Vegacervera, León)

En la entrada anterior de hace unos días os hablábamos de un viaje a León con parada en un pueblo de Palencia para cenar y hacer noche. Pues bien, llegamos a León y “llegar a León” ya es sinónimo de enfordar 4 kg. Es una pena pero es así. Que tristeza tenemos que tener todos aquellos que usamos el cuerpo para trabajar. Es duro, pero lo primero es lo primero y a tí te encontré en la calle.

En esta ocasión, no me voy a extender mucho (hablo del texto de este post, no de mi estómago) porque las fotos hablan por sí solas y ya sabéis: “vale menos 1000 palabras que una foto” o como sea el refrán.

Subimos desde León a Vegacervera con la intención de ver el paisaje excepcional, porque lo de escalar los riscos nos viene un poco grande. Así que reservamos en el Mesón la Cocinona por si había problemas de logística. Hicimos tiempo viendo la zona hasta las 14:30 y fuimos para allá.

DSG (o mejor dicho, D punto S punto G punto) estaba jodidillo de sus taras, así que después de pensarnos muy bien qué pedir, nos decantamos, 3 de los 4, por el cocido y la otra eligió el menú: alubias con almejas y cecina de ciervo (vamos, lo que viene a ser cocido). Los postres un poco de todo, tarta el wiski, algo de choco y natillas, creo. Durante la comida, gastronómica, todo fueron risas y buenos rollos. Después para tomar el café decidimos ir a la parte de afuera y ahí empezaron las malos remordimientos. Que si un día es un día, que si mañana a lechuga, que si no vamos al gimnasio desde enero… en fin, lo de siempre.

Todo por el módico precio de 15 euros con café incluido. Si quieres pasar un finde por la zona, pásate por este restaurante. El paisaje está muy bien, y puedes visitar las Cueva de Valporquero, famosa en el mundo entero.

Fotos:


Vegacervera | Mesón la Cocinona |
Menú

Vegacervera | Mesón la Cocinona |
Cuenco con el primer plato

Vegacervera | Mesón la Cocinona |
Cuenco con otra cosa

Vegacervera | Mesón la Cocinona |
La santísima trinidad

Vegacervera | Mesón la Cocinona |
Judía verde de dieta

Vegacervera | Mesón la Cocinona |
Cosas ricas con garbanzos

Vegacervera | Mesón la Cocinona |
Madremía

Vegacervera | Mesón la Cocinona |
Acelgas

Vegacervera | Mesón la Cocinona |
Visión panorámica

Vegacervera | Mesón la Cocinona |
Tarta al whisky

Vegacervera | Mesón la Cocinona |
Postre tremendo

Vegacervera | Mesón la Cocinona |
Casi nada para el cuerpo

Vegacervera | Mesón la Cocinona |
Vistas de los riscos

Vegacervera | Mesón la Cocinona |
Escaladores que acaban de comer un cocido

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La Casona de Petra (Villarmentero de Campos, Palencia)

Este finde hemos ido a visitar a unos amigos en León y ya de paso intentamos cumplir con nuestro trabajo. Hacer evidente lo evidente, lo que reza nuestro lema: “lo importante es una buena comida”. Como ya sabéis en este blog somos todos muy viajeros aunque lo de coger el coche nos da un poco de pereza. Así que, como de Zaragoza a León hay la friolera de cuatro horas y media, decidimos hacer “parada y fonda” una vez pasado Burgos.
Una búsqueda rápida en Google Maps nos llevó a un pueblo de Palencia. La verdad es que nunca había pensado hacer noche en la provincia Palencia, quizá porque hay provincias que no te dicen nada, y seguramente sea por desconocimiento, pero Palencia, Albacete, no sé. En esta ocasión apenas nos desviábamos de autopistas y autovías unos 15 km y decidimos parar a dormir en La Casona de Doña Petra.
En su web se puede leer:

Situada en Villarmentero de Campos (Palencia), a medio camino entre Frómista y Carrión de los Condes y a 37 kilómetros de Palencia, en el corazón del Camino de Santiago palentino, la Casona de Doña Petra es la última joya incorporada al repertorio de casas rurales con encanto de Castilla y León. En un entorno rural absolutamente propicio para el descanso y en plena ruta del románico palentino, la Casona se levanta sobre el que fue un antiguo hospital de peregrinos, del que existe documentación escrita y, sobre todo, oral, transmitida de generación en generación. Sobre los gruesos muros de aquel hospital se ha construido la Casona de Doña Petra, de base rectangular y tres plantas –dos en origen-, con techos artesonados y labrados, unidos por fajones atirantados por grandes vigas de madera, cuyos extremos se proyectan al exterior para conformar amplios alares, igualmente en artesonado de madera. En su interior se han descubierto restos de escritura judía, ubicados en una hornacina empotrada en uno de los muros, así como un silo de gran dimensión hallado en el subsuelo de una de las estancias, del que se desconoce su antigüedad y utilización en el pasado. Los ventanales estaban dotados de rejas finamente labradas, de las que se conserva algún ejemplar.

Al llegar sobre las 20,35h. nos ofrecieron unos platos combinados pues el menú ya no lo daban. Así que pedimos uno de pechugas y otro de lomo. De postre un helado de vainilla y un flan casero. Para bajar la cena, un cafecico descafeinado con hielo y para la cama. Todo por unos 11€ por barba.
La verdad es el que el edificio es muy chulo y la gente que nos atendió muy amable, ciertamente.

Fotos:


Villarmentero de Campos | La Casona de Petra | Edificio
La Casona de Petra

Villarmentero de Campos | La Casona de Petra | Edificio
Hall

Villarmentero de Campos | La Casona de Petra | Edificio
Plato combinado de lomo, patatas, ensalada y pimientos

Villarmentero de Campos | La Casona de Petra | Edificio
Plato combinado de pechuga, etc.

Villarmentero de Campos | La Casona de Petra | Helado
Helado de vainilla

Villarmentero de Campos | La Casona de Petra | Flan
Flan casero

Villarmentero de Campos | La Casona de Petra | Edificio
Carta

Villarmentero de Campos | La Casona de Petra | Edificio
Modelo de pasarela

Villarmentero de Campos | La Casona de Petra | Edificio
Habitación

Villarmentero de Campos | La Casona de Petra | Desayuno
Desayuno del día siguiente

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Restaurante Entredós (León)

Todos sabéis que nos gustan los viajes. Cualquier tipo de viaje. Es un poco como aquello de “Todos sabéis que nos gustan las comidas. Cualquier tipo de comida”. Los viajes nos privan y de las comidas no nos privamos. Eso es así, aquí y en la China popular.

En este caso no hablamos de viajes psicodélicos provocados por estupefacientes, sino más bien de un viaje de ida y vuelta a León (España). Hacía años que no veía a unos amigos de allá (Isa y David) y cuando Mahoma no va y la montaña está quieta, pues uno hace esfuerzos. Y eso que yo no soy mucho de hacer esfuerzos, ojo.

Ni corto ni perezoso me metí la friolera de 400 y pico km de ida y 400 de vuelta (cuando vuelvo ya no me suelo perder). Me apunté a un Congreso de Archivos para tener una excusa para hacer el viaje y así comprobar como evoluciona el apasionante mundo de la Archivística (confirmando que todo avanza muy rápido y algunas burbujas siguen estando ahí). Además tenía en mente, desde hace años, un proyecto referido al tema de las oposiciones y tenía que empezar antes o después. Noviembre de 2017 era una fecha como cualquier otra para dar comienzo a algo que podría tener en el futuro mucho recorrido.

Pero centrémonos en lo urgente y dejemos de lado lo importante, que aquí hemos venido a hablar de mi libro. Habíamos quedado a las 14.00 h. con David en la puerta del Restaurante Entredós y ahí estaba él, como un clavo, con puntualidad británica. Nos dieron una mesa al fondo a la derecha. Esas siempre son las mejores. La primera conversación comenzó con la clásica discusión (entre comillas) sobre quién se sentaba de frente y quién de cara al tendido. Como no podía ser de otra manera, me coloqué frente a la entrada con la mejor visión panorámica de todo el restaurante, para tener control visual de todo lo que acontecía (recuerden que tanto Jla como yo cuando vamos a las comidas, no estamos de ocio, sino que se trata de trabajo). Una vez nos acomodamos, David nos contó un par de anécdotas tanto del dueño del restaurante, que casualmente había conocido en la Estación de Atocha en Madrid, como de una de las camareras que conducía por su barrio no precisamente despacio. David es una persona sociable en el trato, vamos a dejarlo ahí, y que probablemente conozca a más de un 38 por ciento de los habitantes de León.

A lo que vamos, yo pedí el arroz negro con nosequé de bacalao y nosecual (podéis ver en las fotos) que estaba de “tomapanymoja”. Y una carne de segundo, taco de solomillo en tono rosado con cebolla confitada y blablabla, tierna como ella sola. Un pastel cojonudo en un plato que no lo saltaba un gitano (el pastel no, el plato). El servicio inmejorable y el precio nada que objetar (14 euros creo que valía el menú).

Uno de los mejores sitios para ir en León. Calidad/precio un diez. Queda recomendado.


leon catedral
Catedral de León

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Menú

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Cartel

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Arroz negro

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Algo de Isa

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Carne mia

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Carne de Isa, de Isa no, que comió Isa

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Postre tremendo

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Postre cojonudo

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Restaurante Vegetariano Gaia (Burgos)

Agradecer una vez más la colaboración burgalesa de Rafa Ibañez

Si en Burgos buscas un local peculiar en el que disfrutar moviendo el bigote, sin duda tienes que llegarte hasta lo alto de la calle Fernán González, a medio camino entre la catedral y el arco de San Gil, a tiro de piedra (con buen brazo, eso sí) del solar en el que se asentaba la morada del Cid. Aunque algo escondido en un pliegue urbano —una escalinata—, se trata de un espacio acogedor, en el que Marisol y Miguel han plasmado sus experiencias y su personal forma de entender la existencia: no viven para trabajar, sino que trabajan para vivir, y se nota que les gusta lo que hacen y cómo lo hacen. Esa vitalidad no sólo se refleja en la decoración del local, sino que se transforma en una rica combinación de aromas, sabores y texturas en cada plato, un torbellino de actividad en el servicio y una cordialidad que supera con creces la mera cortesía. Discreto en su promoción —Restaurante Vegetariano Gaia no tiene página web, sino un simple espacio en Facebook—, atrae sin embargo a todo tipo de público, desde el joven de aspecto kostra al maduro alternapijo, desde el estudiante inquieto al profesional liberal, desde el explorador al bibliotecario. En su comedor conviven a la perfección la rasta y la corbata, la estética formal y la casual, el comensal solitario y las familias… Y es que resulta un lugar sumamente acogedor que ha logrado hacerse con una clientela fiel pese a los largos periodos de cierre —viajan mucho y lejos— o su horario restringido a los mediodías laborables —vamos, que no dan cenas—, y a la que no le importa esperar a la intemperie —¡en Burgos!— hasta que quede una mesa libre (porque no aceptan reservas previas).

A estos atractivos se suma el de su cocina vegetariana internacional, de modo que no es de extrañar que acudamos a Gaia cada vez que queremos celebrar la festividad de nuestro particular San Queremos. Y así ocurrió hace unos días.

Después de esperar unos buenos veinte minutos —es lo que tiene llegar al salir del trabajo, que otros se nos adelantan—, nos acomodaron en una mesa aliñada con un simple a la par que elegante camino negro. Del menú que ofrecían esa jornada —carece de carta propiamente dicha, pero a cambio cuenta con un amplio menú distinto cada día— elegimos un par de entrantes de esos diseñados con el fin de despertar el paladar, salmorejo de zanahoria y aceitunas verdes con nachos para mi acompañante y gazpachuelo de alcachofas con virutas de kikos para un servidor, que nos trajeron rápidamente con nuestras cervezas, una artesanal La Maricantana y una orgánica Örok Rone Premium Weisse Mehrkorn Hartstelder (sin faltas de ortografía, ¡ahí queda eso!) respectivamente.

Cumplido el trámite inicial, yo me eché al coleto un sabroso plato de cardo y guisantes frescos al estilo de Bangkok acompañados de arroz, en el que destacaba el contraste de texturas entre unas hermosas semillas que se deshacían en la boca como mantequilla y la crujiente resistencia de las pencas. Mi contraria, por su lado, degustó una copa de crema de patata, boletus y amanitas con su espuma, sabrosa versión suave de un plato tradicionalmente contundente. Luego llegó a mi lado de la mesa un delicado hojaldre de Indonesia con gado-gado (verduras con salsa de cacahuetes), mientras que enfrente depositaron buñuelos tailandeses con salsa huancaína peruana, una sorprendente y exquisita combinación rematada con cebolla confitada casera. Para poner fin a tan variopinta comanda, nos decidimos por sendos vasos de postre, de trufa al Pedro Ximénez el uno y crema de yogur casero de melocotón el otro (dejo a la imaginación del lector la averiguación de quién disfrutó qué), a cuál más rico.

Tanto la denominación de los platos como su misma presentación denotan cierta claudicación a algunas modernas tendencias, aunque afortunadamente las cantidades servidas resultan a todas luces suficientes. Y si todo esto resulta sorprendente, ¿qué podemos decir del precio? Nada más y nada menos que 10€ por persona, lo que —añadido el importe de las cervezas— supuso un desembolso de apenas 26€, pagados a tocateja (efectivamente, no aceptan tarjetas).

Para un carnívoro confeso y practicante como yo, disfrutar en el predio vegano de Marisol y Miguel es un placer. Y para quien la cocina en Burgos —designada Ciudad Creativa de la Gastronomía por la UNESCO en 2015—ha de ser algo más que cordero, morcilla y queso, una grata experiencia a la que no se puede renunciar.

Fotos


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Sala de espera

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Par de birras

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Salmorejo y gazpachuelo para despertar el apetito (aunque yo lo llevo de serie)

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Cardo y guisantes frescos al estilo de Bangkok, con el arroz

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Crema de patata, boletus y amanitas con su espuma (y todo)

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Hojaldre de Indonesia con gado-gado

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Hermanamiento incaico siamés

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Vasos de trufa al Pedro Ximenez y de crema de yogur casero de melocotón

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Resumen pecuniario

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Decoración de uno de los paneles del local

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Más testimonios gráficos de las andanzas de Marisol y Miguel

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Complemento ad hoc en la carta

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Menú del día y otros letreros (que leer hace bien)


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Museo del Vino (Morales de Toro, Zamora)

Agradecemos la reseña a Rafael Ibáñez, el colaborador de Mover el Bigote que más asusta

Hace ya tiempo que debía haber redactado esta crónica pero ¿qué queréis que os diga? Cada vez que me disponía a escribir, un frío helador inundaba la estancia mientras los misteriosos sones de un órgano inexistente se adueñaban de mis oídos. Temía despertar fantasmas, abrir el apetito de monstruos y atraer a otras criaturas del Averno capaces de preparar suculentos guisos con mis carnes. Hasta que hoy, al fin, acaso animado con el valor de una copa de vino, he logrado poner negro sobre blanco lo que recuerdo de aquella noche.

Porque en esta ocasión la crónica va de La noche del último brindis, una cata entre tinieblas organizada por el Museo del Vino que la bodega Pagos del Rey tiene en Morales de Toro, junto a la carretera N-122. Se trataba de pasar una terrorífica Noche de Difuntos —jálogüin dicen algunos, aunque realmente sean cosas diferentes— en las instalaciones del museo, con algo que echarse al coleto. Así que para Toro que nos fuimos, ciudad en la que nos alojamos y que visitamos al día siguiente. Es un verdadero museo de arte medieval, con sus iglesias mozárabes, su colegiata y su convento del Sancti Spiritus —con su correspondiente obrador—, aunque no estaría de más que se esforzasen por remozar esa imagen desaliñada que ofrecen sus descuidadas calles, plagadas de ruinas…

El caso es que llegamos al museo cuando ya la luna señoreaba el oscuro cielo. Integrados en un reducido grupo dispuesto a experimentar, recorrimos los jardines y estancias de sus instalaciones, hábilmente ambientadas para provocar siquiera inquietud en nuestro espíritu mientras los guías narraban terroríficas leyendas sobre la comarca de Toro y el vino, sólo interrumpidos por algunos sobresaltos inesperados: una mano emergiendo de una tumba, un cadáver desplomándose a nuestros pies, desgarradores gritos y carcajadas profundas… Sólo una de las integrantes del grupo no pudo completar la visita pues, habiéndose comido la castaña que nos entregaron para pagar al cancerbero del Tártaro, debióse quedar condenada a trabajar como tonelera lo que resta de eternidad…

A continuación llegó la parte enogastronómica —y más divertida, si cabe— de la visita, que comenzó con un microcurso acelerado de maridaje. Tras unas breves nociones dictadas por el ilustrado cadáver de un sumiller, nos sirvieron en cinco copas diferentes otros tantos vinos tintos, con el propósito de que averiguásemos en cual estaba cada uno:

  • Reserva 2008 100% Tempranillo “Castillo Albai” D. O. Rioja
  • Crianza 2009 100% Tempranillo “Altos de Tamarón” D. O. Ribera del Duero
  • Roble 2010 100% Tinta de Toro “La Meda” D. O. Toro
  • Roble 2011 100% Tempranillo “Altos de Tamarón D. O. Ribera del Duero
  • Joven 2013 100% Tinta de Toro “La Meda” D. O. Toro

Superada la prueba —lo que en algún caso costó lo suyo— llegó, al fin, el condumio. Sirvieron en primer lugar huevos de araña de la bodega, que resultaron ser huevos —de gallina, de los siempre— rellenos con bonito y mayonesa, decorados apropiadamente con aceituna negra. Más creciditos resultaron los murciélagos de queso, elaborados con pasta de dicho manjar envuelta en una cobertura dulce y un par de snacks sobre un lecho de patatas paja. El sarcófago de codorniz escabechada, sobre el que había una sonrosada gominola a modo de máscara funeraria, estaba elaborado con pasta brick, pese a lo cual —y a los restos de tierra, que afortunadamente era de Oreo— estaba muy sabroso. La momia de salchicha, servida con salsas variadas —ya sabéis: mayonesa, mostaza, kétchup y barbacoa—, fue acaso lo menos sorprendente, aunque el trabajo de envolver el embutido en la masa panificadora merece cierto reconocimiento. Para finalizar la minuta, llegaron una mini hamburguesas con queso disfrazadas de calabazas de la suerte. Por si esto no era suficiente, de postre nos ofrecieron un exquisito buñuelo de sesos de la chica de la curva —esto es, buñuelo de setas— para endulzar la sobremesa y, de recuerdo, una lápida sepulcral de galleta y azúcar.

Mentiría si dijera que cuanto comimos era digno de un restaurante de tres estrellas Michelín, y además la mentira sería muy evidente. Sin embargo, esta experiencia demostró cuánto influye el ambiente y el estado de ánimo en las sensaciones gastronómicas. Un rato de distracción, unos juegos entretenidos, algo de aprendizaje sobre vinos, unas tapas más que conseguidas… sumaron una grata experiencia en un marco sorprendente —cuya visita recomiendo—, todo ello por un total de 50€ la pareja (porque, obviamente, no fui solo), lo que se traduce en 25€ por ánima.

Pensaba terminar este comentario anotando los maridajes apropiados para cada una de las tapas, pero acabo de escuchar un extraño ruido en la ventana y suena el teléfono. Es muy raro, a estas horas…

Fotos:

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Mesa dispuesta para la cata entre tinieblas
Mesa dispuesta para la cata entre tinieblas

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Huevos de araña
Huevos de araña

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Murciélago de queso
Murciélago de queso

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Sarcófago de codorniz
Sarcófago de codorniz

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Momia de salchicha
Momia de salchicha

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Calabaza de la suerte
Calabaza de la suerte

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Buñuelo de sesos
Buñuelo de sesos

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Lápida sepulcral
Lápida sepulcral

Morales de Toro (Zamora) | Museo del Vino | Certificado de defunción
Certificado de defunción

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