Lávate los dientes, que ya eres mayorcito

Quizá eres de los que, después de comer una ensalada, al sonreir deslumbras a todo el personal con un recubrimiento de lechuga sobre los incisivos (o bien, entre un incisivo y un canino). No importa si la ensalada lleva rábano, zanahoria, tomate, remolacha, brotes de alfalfa o cualquier otro elemento vegetal (el atún no es vegetal, quítatelo de la cabeza), el caso es que siempre te queda un pedazo enorme de lechuga entre los dientes.

Puede que, en vez de eso, seas de los que merman el filete. Nos explicamos: te metes un filete de kilo en la boca y al estómago llegan 800 gramos. ¿Dónde están los otros 200 gramos? Pues atrapados entre varios de tus molares.

Otra opción es que hayas sobrevivido a la lechuga y al porcentaje filetal, pero en ese caso es posible que no te escapes de la sensibilidad dental al masticar la tarta al whisky del postre. No nos referimos a la congelación cerebral por ansias (come más despacio, hombre, que no te lo van a quitar) sino a la punzada de frío que te golpea los dientes cada vez que te acercas la nata a la boca.

También puede pasar que seas un cenizo y se te junten los tres problemas, con lo que eso acarrea en forma de pérdida de dignidad (esa lechuga es bastante lamentable), de descoloque molar (cabe mucha vaca en la boca de algunos) y de sensación de desamparo (tú lo sabes: te da frío en los dientes al comer y te acuerdas de inmediato de la fresa dental diamantada).

Sea como sea, no quieres que nada de eso ocurra y tienes una solución muy sencilla: lávate los dientes después de comer, antes de acostarte, cuando te levantes y antes y después de practicar sexo con otro ser vivo. Y no nos pidas a nosotros que te expliquemos cómo lavarse los dientes, por favor: que ya eres mayorcito.

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