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IT-TOKK (Victoria, Gozo, República de Malta)

Agradecer a Jesús Alonso Ordoñez las comidas que a menudo compartimos en el trabajo. Otras veces se va a Malta y nos trae más. Gracias Mil

Mis últimas vacaciones tuve la suerte de visitar la República de Malta, ese país insular del sur de Europa que en España más allá del famoso y amañado 12-1, con el que nuestra selección nacional de fútbol consiguió imponerse en el clasificatorio de la Eurocopa de 1984, apenas es conocido.

Los últimos veranos, unos amigos de Zaragoza y yo, en el grupo de WhatsApp nos hacemos llamar “Vividores”, realizamos un viaje para conocer algo de mundo, pasarlo bien y convivir el tiempo necesario como para no querer repetir otra semana entera juntos hasta el año siguiente.

Esta vez nos decantamos por Malta, llamados por el sol, sus claras aguas y otras nociones del país que yo personalmente me había empapado en el verano de 2010, cuando, con un poco más de mi actual lozanía, estuve a punto de irme al archipiélago maltés a estudiar inglés.

Allí, aparte de sudar como cerdos, sufrir sus carreteras y percibir un tufo siciliano en el temperamento de algunos malteses; descubrimos un rico patrimonio histórico y cultural, resultado de lo disputado que ha estado el territorio a lo largo de los siglos, preciosos rincones de costa y acantilados, así como la belleza del fondo marino de su litoral. Todo ello, a mí por lo menos, me hizo disfrutar de una de las mejores experiencias que he vivido como aficionado viajero, recomendable a todos los apasionados de la historia y aventureros.

Culinariamente Malta tampoco me dejo indiferente, para bien. Pese a pequeños atisbos de globalización como los omnipresentes McDonalds y Burger King, los restaurantes tradicionales malteses basan su cocina en la dieta mediterránea, con gran influencia italiana, dada la cercanía del país a la costa siciliana, y cierta semejanza a la gastronomía española, tampoco hay que olvidar que el archipiélago perteneció a la Corona de Aragón en la Baja Edad Media y parte de la Edad Moderna.

Durante la semana que estuvimos por allí, comimos platos tan sumamente ricos que, a diferencia de otros viajes, en ningún momento echamos de menos la comida de casa. Ejemplos de ello el lampuki que degustamos en el puerto de Marsaxlokk, un pescado azul típico de la isla de Malta que sirven asado al punto con verduras y patatas; el increíble risotto de marisco que probé una noche en Bugibba, diferente al de setas y no del todo igual a la paella; o como generoso aperitivo los ricos pastizzi, unos pastelitos de hojaldre y ricotta que venden por todos los sitios en el archipiélago a unos 30 céntimos la unidad.

Durante aquella semana en Malta, de todas las comidas (gastronómicas, claro), fue singular la que hicimos en un lugar llamado “It-Tokk” situado en la céntrica Plaza de la Independencia de Victoria, capital de la isla de Gozo, muy cerca de la Ciudadela. Llegamos allí tras preguntar, en la oficina de turismo que se ubica junto al restaurante, dónde podíamos degustar otro plato tradicional del país: el conejo guisado al estilo maltés. Algunos de mis amigos tenían antojo después de probarlo otro día que salimos a cenar en Bugibba cuando otro del grupo, Sergio, había pedido el popular “Rabbit” y generosamente nos había dejado degustarlo al resto; además, como al día siguiente regresábamos a España era ese el momento, o nunca, de vivir esa experiencia gastronómica.

Al entrar al restaurante, la camarera, atentamente, nos acomodó junto a una ventana que daba a la plaza y estaba abierta, minipunto para ella, en ese país los aparatos de aire acondicionado no dan abasto en pleno mes de agosto y, si no estás cerca de una pequeña brisa, una rica comida puede acabar convirtiéndose en un auténtico suplicio.
Aparte de la amabilidad del personal el tiempo que estuvimos allí, el local en sí y su decoración nos pareció singular, con un estilo rústico marcado por sus paredes de piedra o vigas de madera, a la par que original con una lámpara compuesta de copas que copa, valga la redundancia, todo el comedor. Tampoco nos dejó indiferente la terraza ubicada en la planta superior del restaurante, con techo de cañizo y unas ventanas en forma de arco desde las que se divisa toda la plaza, seguro que ideal para otra época del año.

Con respecto a los platos, el conejo guisado con patatas y zanahoria que comieron mis amigos, los dos Javis y Luri, debía de estar exquisitamente cocinado ya que no dejaron mucho en los platos; también se terminó todo Sergio, en esta ocasión él se decantó por un pescado que se ofrece mucho en los restaurantes del archipiélago, el salmón, servido esta vez a la plancha con ensalada y extra de patatas fritas que allí te traen, casi siempre, en un recipiente aparte; por último, Susana, única chica del grupo, y yo elegimos pasta, ella unos raviolis, en su opinión muy buenos, y yo macarrones con salmón y queso rallado que, aunque no tenían mucho misterio, estaban riquísimos.
Las viandas estuvieron regadas por un vino rosado llamado “Dolcino” que rompía el tópico o mala fama de los vinos malteses, ya que entraba muy suave, y tras los platos principales, antes de levantarnos de la mesa, tomamos café e infusiones para rebajar la comida y continuar nuestro viaje aquella tarde hasta Dwejra, la cercana localidad dónde se ubicaba la ya derruida ventana azul.

Esta comida supuso para nosotros el broche perfecto y, casi, final a un viaje que como el lugar del almuerzo no olvidaremos jamás, entre otras cosas porque además de ser aficionados exploradores y vividores, somos amantes del buen comer.

Fotos:


IT-TOKK
It-Tokk

Macarrones con salmón
Macarrones con salmón

Raviolis
Raviolis

Risoto
Rissoto

Salmón
Salmón

Lampuki
Lampuki

Conejo maltés
Conejo Maltés

Dolcino
Dolcino

Infusión
Infusión


Mapa:


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La Colombiana (San Clemente, California, USA)

Al final todo llega. Este octubre hemos estado Jla y Csp (yo mismo) en San Diego. Cruzamos el charco en un avión (con chat incorporado) y nos lanzamos a por el sueño americano. Con el jandicap que se le presupone a uno que no controla la lengua, o mejor dicho, que no controla el lenguaje autóctono, nos embarcamos en esta aventura. Pero centrémonos en los preliminares. Os preguntaréis que conio hacemos en un colombiano en plena costa californiana. Pues eso digo yo. ¿qué conio hacíamos en un colombiano? Seguramente comer.

Para empezar, el sitio es un cañamón. Eso sí, amables son un rato. Lo bueno de los sitios pequeños es que te enteras de las conversaciones de las mesas colindantes, siempre y cuando entiendas el idioma. De hecho allí no hablaba castellano ni el tato. Pero bueno, aquí en España cuando vas a un restaurante argentino, tampoco blablabla. Pues eso, que pensamos que íbamos a un sitio amigo, de confraternidad, como cuando va Felipe VI al foro ese latinoamericano que sale en la tele. Y nos sentimos como en casa, pero la casa de la suegra, digo.

Al grano. El sitio pequeño pero ok. El servicio, madremia, el servicio. Y la comida pues eso, qué decir de la comida. Jla pilló una quesadilla que no la saltaba un gitano que salta. Y que al final nos la pusieron en un tapperguare para llevar, porque taperware es tuperguare aquí y en Laponia. Y yo, ojeé la carta y entre “pescado sudado” y “sobrebarriga” decidí tirar por la calle del medio: “pollo asado”. Estaba muy bueno todo, pero claro, te quedas pesado. Más. Y luego coge la tabla y ponte a surfear. Fue muy duro, ciertamente.

El precio, no llega a 20 euros por barba (al cambio de los dólares). Razonable para estar a 200 metros de la playa de San Clemente. Preguntamos a la camarera el tema de la propina obligatoria. Nos lo explicó todo con pelos y señales (es una forma de hablar, figurada) y se alegró de que fuésemos de la península. Volveremos.

Fotos:

San Clemente (California) | La colombiana | Restaurante
El restaurante

San Clemente (California) | La colombiana | Carta
Datos del restaurante

San Clemente (California) | La colombiana | Jla
Jla

San Clemente (California) | La colombiana | Carta
Carta

San Clemente (California) | La colombiana | Quesadilla
Quesadilla

San Clemente (California) | La colombiana | Quesadilla
Más quesadilla

San Clemente (California) | La colombiana | Pollo asado
Pollo asado con plátano frito y demás cosas colombianas

2016-11-25_03-12-12
El servicio

San Clemente (California) | La colombiana | Playa
Playa

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Restaurante Vegetariano Gaia (Burgos)

Agradecer una vez más la colaboración burgalesa de Rafa Ibañez

Si en Burgos buscas un local peculiar en el que disfrutar moviendo el bigote, sin duda tienes que llegarte hasta lo alto de la calle Fernán González, a medio camino entre la catedral y el arco de San Gil, a tiro de piedra (con buen brazo, eso sí) del solar en el que se asentaba la morada del Cid. Aunque algo escondido en un pliegue urbano —una escalinata—, se trata de un espacio acogedor, en el que Marisol y Miguel han plasmado sus experiencias y su personal forma de entender la existencia: no viven para trabajar, sino que trabajan para vivir, y se nota que les gusta lo que hacen y cómo lo hacen. Esa vitalidad no sólo se refleja en la decoración del local, sino que se transforma en una rica combinación de aromas, sabores y texturas en cada plato, un torbellino de actividad en el servicio y una cordialidad que supera con creces la mera cortesía. Discreto en su promoción —Restaurante Vegetariano Gaia no tiene página web, sino un simple espacio en Facebook—, atrae sin embargo a todo tipo de público, desde el joven de aspecto kostra al maduro alternapijo, desde el estudiante inquieto al profesional liberal, desde el explorador al bibliotecario. En su comedor conviven a la perfección la rasta y la corbata, la estética formal y la casual, el comensal solitario y las familias… Y es que resulta un lugar sumamente acogedor que ha logrado hacerse con una clientela fiel pese a los largos periodos de cierre —viajan mucho y lejos— o su horario restringido a los mediodías laborables —vamos, que no dan cenas—, y a la que no le importa esperar a la intemperie —¡en Burgos!— hasta que quede una mesa libre (porque no aceptan reservas previas).

A estos atractivos se suma el de su cocina vegetariana internacional, de modo que no es de extrañar que acudamos a Gaia cada vez que queremos celebrar la festividad de nuestro particular San Queremos. Y así ocurrió hace unos días.

Después de esperar unos buenos veinte minutos —es lo que tiene llegar al salir del trabajo, que otros se nos adelantan—, nos acomodaron en una mesa aliñada con un simple a la par que elegante camino negro. Del menú que ofrecían esa jornada —carece de carta propiamente dicha, pero a cambio cuenta con un amplio menú distinto cada día— elegimos un par de entrantes de esos diseñados con el fin de despertar el paladar, salmorejo de zanahoria y aceitunas verdes con nachos para mi acompañante y gazpachuelo de alcachofas con virutas de kikos para un servidor, que nos trajeron rápidamente con nuestras cervezas, una artesanal La Maricantana y una orgánica Örok Rone Premium Weisse Mehrkorn Hartstelder (sin faltas de ortografía, ¡ahí queda eso!) respectivamente.

Cumplido el trámite inicial, yo me eché al coleto un sabroso plato de cardo y guisantes frescos al estilo de Bangkok acompañados de arroz, en el que destacaba el contraste de texturas entre unas hermosas semillas que se deshacían en la boca como mantequilla y la crujiente resistencia de las pencas. Mi contraria, por su lado, degustó una copa de crema de patata, boletus y amanitas con su espuma, sabrosa versión suave de un plato tradicionalmente contundente. Luego llegó a mi lado de la mesa un delicado hojaldre de Indonesia con gado-gado (verduras con salsa de cacahuetes), mientras que enfrente depositaron buñuelos tailandeses con salsa huancaína peruana, una sorprendente y exquisita combinación rematada con cebolla confitada casera. Para poner fin a tan variopinta comanda, nos decidimos por sendos vasos de postre, de trufa al Pedro Ximénez el uno y crema de yogur casero de melocotón el otro (dejo a la imaginación del lector la averiguación de quién disfrutó qué), a cuál más rico.

Tanto la denominación de los platos como su misma presentación denotan cierta claudicación a algunas modernas tendencias, aunque afortunadamente las cantidades servidas resultan a todas luces suficientes. Y si todo esto resulta sorprendente, ¿qué podemos decir del precio? Nada más y nada menos que 10€ por persona, lo que —añadido el importe de las cervezas— supuso un desembolso de apenas 26€, pagados a tocateja (efectivamente, no aceptan tarjetas).

Para un carnívoro confeso y practicante como yo, disfrutar en el predio vegano de Marisol y Miguel es un placer. Y para quien la cocina en Burgos —designada Ciudad Creativa de la Gastronomía por la UNESCO en 2015—ha de ser algo más que cordero, morcilla y queso, una grata experiencia a la que no se puede renunciar.

Fotos


Gaia_1
Sala de espera

Gaia_2
Par de birras

Gaia_3
Salmorejo y gazpachuelo para despertar el apetito (aunque yo lo llevo de serie)

Gaia_4
Cardo y guisantes frescos al estilo de Bangkok, con el arroz

Gaia_5
Crema de patata, boletus y amanitas con su espuma (y todo)

Gaia_6
Hojaldre de Indonesia con gado-gado

Gaia_7
Hermanamiento incaico siamés

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Vasos de trufa al Pedro Ximenez y de crema de yogur casero de melocotón

Gaia_9
Resumen pecuniario

Gaia_10
Decoración de uno de los paneles del local

Gaia_11
Más testimonios gráficos de las andanzas de Marisol y Miguel

Gaia_12
Complemento ad hoc en la carta

Gaia_13
Menú del día y otros letreros (que leer hace bien)


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Restaurante Min (Madrid)

Este post está dedicado íntegramente, desde principio a fin a Victor, el aprendiz de patrón de barco que ya sabía navegar (metafóricamente, claro), con el que pasé unas comidas inolvidables.

En Madrid nunca llueve, sólo (de solamente) cuando llueve. Era domingo y estábamos haciendo un curso muy interesante en el Hotel Silken Puerta América en la Villa del Reino. Ya sabéis, ese hotel de colorines de Av. América que tiene en su fachada pegadas cinco estrellas.

El curso fue un aquí te pillo, aquí te mato. Mañana y tarde del sábado y mañana y tarde del domingo. Así que las comidas tenían que ser rápidas, sin preliminares. El mismo sábado en una clásica conversación de ascensor, comenté a Victor -a partir de ahora, el argentino-, que yo miraría restaurantes que estuvieran bien por la zona. Mi cabeza tampoco da para mucho y olvidé por completo buscar un sitio para el día siguiente.

El domingo, el argentino me comentó que había estado mirando en el Restaurante del Hotel Silken e insinuó que tenían un menú de 70 euros, pero claro, “no era cuestión de comer solo” –dijo (léase con acento del país en cuestión). Yo me hice el sueco y no me di por aludido. Entre suecos y argentinos andaba el juego, así que salimos en busca de restaurante. Llovía a cántaros y hacía un viento del quince. El paraguas iba a su libre albedrío y la escena que montamos en 50 segundos bien pudiera haber salido de una película de Berlanga. Andamos hacia el nordeste unos 80 metros y allí estaba él, esperándonos con los brazos abiertos… el MIN: cocina china.

Apenas había cuatro mesas ocupadas, así que nos sentamos en la segunda mesa, según entramos a la derecha. Eso sí, llevábamos la cabeza alta y estábamos algo subiditos pues veníamos de un hotel de alto standing. Pronto bajamos al suelo, tras pedir el menú del día para dos personas. El camarero preguntó por la bebida y yo contesté: “el vino más malo (que no el peor) que tengas y casera”. El argentino dio un bote en la silla y haciendo el gesto clásico de todos los argentinos y muchos italianos, llevando las dos manos a la altura de la barbilla (con los dedos índice, corazón, anular y meñique unidos al pulgar) y moviendo arriba y abajo la mano a golpe de muñeca, dijo: “Pibe, un Rioja o algo”. Se vino (nunca mejor dicho) arriba de nuevo y empezamos una conversación que acabó en la interpretación antropológica de los términos “burguesía” y “proletariado burgués”. El camarero chino nos miraba con ojos raros, pero eso tampoco nos importó en demasía.

Pero a lo que vamos, que esto es un blog de baja y media gastronomía. Elegimos lo de siempre cuando vas a un chino: que si espaguettis, que si ternera con almendras, algo amarillo dulce que no sé si era carne o pescado (a los que le damos a todo, igual nos da, que nos da lo mismo). De postre una tarta de queso con arándanos y plátano frito. Y dos cafés con hielo para finalizar el acto por el módico precio de 11,50 euros + vino + café. Eso sí, la botella de vino (Cune Rioja Crianza 2010) la dejamos temblando, casi como acabamos nosotros.

Comimos como proletarios de barrio obrero y bebimos como marqueses del Barrio de Salamanca. Porque nosotros somos así.

Fotos:


Madrid | Restaurante Min | Espaguetti
Spaguettis

Madrid | Restaurante Min | Ternera con almendras
Ternera con almendras

Madrid | Restaurante Min | Algo dulce
Algo dulce

Madrid | Restaurante Min | Crianza Cune Rioja
El rey de la mesa Criancita Rioja

Madrid | Restaurante Min | Algo dulce
Plátano frito

Madrid | Restaurante Min | Tarta de queso con arándanos
Tarta de queso con arándanos

Madrid | Restaurante Min | Ticket
Ticket



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La Esenzia (Zaragoza)

Este año 2015 las cosas están cambiando y sabemos que será nuestro año, al igual que lo fue el 2014, el 2013, el 2011 … hasta el 1971. Pero seamos positivos, la vida es algo más que un par de buenas comidas y unas predicciones argentinas en la guija.

Comentaba que estamos en febrero y ya hemos olvidado los buenos propósitos de principio de año. Ya nos hemos desapuntado del gim, hemos dejado la academy of english language y la báscula suma un +6 difícil de asumir tanto física como psicológicamente.

Ante este panorama surgen dos posibilidades: darlo todo por perdido o darlo todo por ganado. Decidimos esta segunda opción y reservamos en el Restaurante la Esenzia. Habíamos comprobado que las críticas en internet eran bastante malas y decidimos ir a comer allí. Poco podíamos perder, un menú de 11 euros en un local junto a la Basílica del Pilar y en domingo. Buf.

Así que para allá que fuimos. Era día uno de febrero y ya estaba ingresada, la nómina digo. Dejamos al crío con los yayos y con una puntualidad británica acudimos los 4 a degustar el menú.

Seré rápido con la comida (una frase que a menudo suena en mi cabeza una y otra vez): huevos con patatas revolconas dos, unos espárragos y un arroz digno de cualquier restaurante chino al cual bautizamos como “la esenzia del starlux“. “Hasta los huevos” estaban faltos de sal, los espárragos oquey y el arroz más pasao que el arroz de la madre de Oscar.

Pasamos a las carnes: 2 de pasta con setas, un secreto y bacalao. El secreto como su propio nombre indica, bien. La pasta con setas normalita y el bacalao demasiado condimentado y mucha presencia de microondas.

Los postres sin más y el vino de la casa. El servicio bueno. Salimos del restaurante con la satisfacción del deber cumplido. Somos profesionales, eso es así. La verdad es que por 11 euros no se le pueden pedir peras al olmo, o como sea el refrán. Menú que me recordó a mis viajes de turista por la Italia de los 90, aunque Zaragoza no es Venecia, pero un día es un día y a mi novia la encontré en la calle.

Fotos:


Zaragoza | La Esenzia | Menú
Menú

Zaragoza | La Esenzia | Patatas y huevo frito
Patatas revolcadas en huevo frito

Zaragoza | La Esenzia | Arroz
Arroz meloso (como el Óscar)

Zaragoza | La Esenzia | Pasta
Pasta rellena de setas

Zaragoza | La Esenzia | Espárragos trigueros
Espárragos trigueros

Zaragoza | La Esenzia |Bacalao
Bacalao

Zaragoza | La Esenzia | Secreto
Secreto

Zaragoza | La Esenzia | Postre
Postre



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