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Restaurante Vegetariano Gaia (Burgos)

Agradecer una vez más la colaboración burgalesa de Rafa Ibañez

Si en Burgos buscas un local peculiar en el que disfrutar moviendo el bigote, sin duda tienes que llegarte hasta lo alto de la calle Fernán González, a medio camino entre la catedral y el arco de San Gil, a tiro de piedra (con buen brazo, eso sí) del solar en el que se asentaba la morada del Cid. Aunque algo escondido en un pliegue urbano —una escalinata—, se trata de un espacio acogedor, en el que Marisol y Miguel han plasmado sus experiencias y su personal forma de entender la existencia: no viven para trabajar, sino que trabajan para vivir, y se nota que les gusta lo que hacen y cómo lo hacen. Esa vitalidad no sólo se refleja en la decoración del local, sino que se transforma en una rica combinación de aromas, sabores y texturas en cada plato, un torbellino de actividad en el servicio y una cordialidad que supera con creces la mera cortesía. Discreto en su promoción —Restaurante Vegetariano Gaia no tiene página web, sino un simple espacio en Facebook—, atrae sin embargo a todo tipo de público, desde el joven de aspecto kostra al maduro alternapijo, desde el estudiante inquieto al profesional liberal, desde el explorador al bibliotecario. En su comedor conviven a la perfección la rasta y la corbata, la estética formal y la casual, el comensal solitario y las familias… Y es que resulta un lugar sumamente acogedor que ha logrado hacerse con una clientela fiel pese a los largos periodos de cierre —viajan mucho y lejos— o su horario restringido a los mediodías laborables —vamos, que no dan cenas—, y a la que no le importa esperar a la intemperie —¡en Burgos!— hasta que quede una mesa libre (porque no aceptan reservas previas).

A estos atractivos se suma el de su cocina vegetariana internacional, de modo que no es de extrañar que acudamos a Gaia cada vez que queremos celebrar la festividad de nuestro particular San Queremos. Y así ocurrió hace unos días.

Después de esperar unos buenos veinte minutos —es lo que tiene llegar al salir del trabajo, que otros se nos adelantan—, nos acomodaron en una mesa aliñada con un simple a la par que elegante camino negro. Del menú que ofrecían esa jornada —carece de carta propiamente dicha, pero a cambio cuenta con un amplio menú distinto cada día— elegimos un par de entrantes de esos diseñados con el fin de despertar el paladar, salmorejo de zanahoria y aceitunas verdes con nachos para mi acompañante y gazpachuelo de alcachofas con virutas de kikos para un servidor, que nos trajeron rápidamente con nuestras cervezas, una artesanal La Maricantana y una orgánica Örok Rone Premium Weisse Mehrkorn Hartstelder (sin faltas de ortografía, ¡ahí queda eso!) respectivamente.

Cumplido el trámite inicial, yo me eché al coleto un sabroso plato de cardo y guisantes frescos al estilo de Bangkok acompañados de arroz, en el que destacaba el contraste de texturas entre unas hermosas semillas que se deshacían en la boca como mantequilla y la crujiente resistencia de las pencas. Mi contraria, por su lado, degustó una copa de crema de patata, boletus y amanitas con su espuma, sabrosa versión suave de un plato tradicionalmente contundente. Luego llegó a mi lado de la mesa un delicado hojaldre de Indonesia con gado-gado (verduras con salsa de cacahuetes), mientras que enfrente depositaron buñuelos tailandeses con salsa huancaína peruana, una sorprendente y exquisita combinación rematada con cebolla confitada casera. Para poner fin a tan variopinta comanda, nos decidimos por sendos vasos de postre, de trufa al Pedro Ximénez el uno y crema de yogur casero de melocotón el otro (dejo a la imaginación del lector la averiguación de quién disfrutó qué), a cuál más rico.

Tanto la denominación de los platos como su misma presentación denotan cierta claudicación a algunas modernas tendencias, aunque afortunadamente las cantidades servidas resultan a todas luces suficientes. Y si todo esto resulta sorprendente, ¿qué podemos decir del precio? Nada más y nada menos que 10€ por persona, lo que —añadido el importe de las cervezas— supuso un desembolso de apenas 26€, pagados a tocateja (efectivamente, no aceptan tarjetas).

Para un carnívoro confeso y practicante como yo, disfrutar en el predio vegano de Marisol y Miguel es un placer. Y para quien la cocina en Burgos —designada Ciudad Creativa de la Gastronomía por la UNESCO en 2015—ha de ser algo más que cordero, morcilla y queso, una grata experiencia a la que no se puede renunciar.

Fotos


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Sala de espera

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Par de birras

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Salmorejo y gazpachuelo para despertar el apetito (aunque yo lo llevo de serie)

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Cardo y guisantes frescos al estilo de Bangkok, con el arroz

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Crema de patata, boletus y amanitas con su espuma (y todo)

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Hojaldre de Indonesia con gado-gado

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Hermanamiento incaico siamés

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Vasos de trufa al Pedro Ximenez y de crema de yogur casero de melocotón

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Resumen pecuniario

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Decoración de uno de los paneles del local

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Más testimonios gráficos de las andanzas de Marisol y Miguel

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Complemento ad hoc en la carta

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Menú del día y otros letreros (que leer hace bien)


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La Abbadía (Burgos)

[Agradecemos esta crónica a Rafael Ibáñez, nuestro bello y fiel colaborador burgalés]

Para celebrar el pasado Día de la Madre, decidimos subir al Hotel AbbaBurgos, instalado en parte de lo que fuera el antiguo Seminario Mayor, en la ladera del castillo burgalés. Se trataba de comer fuera de casa, como mandan los cánones para estas ocasiones, así que la noche anterior hice la oportuna reserva telefónica de una mesa para dos en el restaurante La Abbadía, al que se accede desde el lobby del hotel. Hacía tiempo que deseábamos probar la cocina de Antonio Arrabal —finalista en la primera edición del programa de televisión Top Chef— y la oportunidad estaba a mano. Como suele ocurrir en los casos en que te pretendes esmerar, hubo un fallo de coordinación en el restaurante y resultó que la reserva no estaba anotada. Pero la diligencia y amabilidad del personal puso pronta solución al percance, así que enseguida nos dispusimos a saborear el menú degustación elaborado para fecha tan señalada. Ofrecían dos versiones: una básica y otra algo más amplia. Obviamente, nuestro saque nos impelió a decantarnos por el menú más extenso.

Lo que primero nos trajeron, después de servirnos las primeras copas de un verdejo Viña del Sopié 2013 —D.O. Rueda, que entraba que era un primor—, fue carpaccio de pez mantequilla con soja, chile y curry rojo. La verdad es que no se me ocurrió preguntar si el pescado en cuestión era auténtico pez mantequilla japonés, bacalao negro, alguna variedad de escolar, palometa común o el todavía más común fletán, que al parecer cualquiera de estos pescados nos pueden colocar so capa del curioso nombre. Pero en aquel momento no me preocupó el asunto —ni ahora tampoco, la verdad—, que bastante tuve con disfrutar de tan curioso y delicado plato.

A continuación degustamos un falso tomate de cecina de León con carpaccio de hongos, queso y pesto, tan sabroso como refinado, y un milhojas de membrillo con foie, queso y patata, que estaba delicioso. Aunque el verdadero espectáculo llegó después. Dentro de una caja de metacrilato, decorada con una corteza de árbol y un canto, había una lata de bacalao vacía, sobre la que el camarero proyectó el ahora inevitable nitrógeno. Inmediatamente a continuación cubrió el recipiente transparente con una tapa perforada por la que emanaba la blanquecina niebla que por unos momentos ocultó la creación más famosa —por televisiva, pues la elaboró en la final del concurso— de Antonio Arrabal: el árbol de Burgos, elaborado con ingredientes de la tierra. El tronco está hecho con patata cocida rellena de morcilla de verduras sobre una base de compota de manzana reineta del Valle de Las Caderechas; en lo alto, un nido a base de hilos de kadaif con brotes tiernos sobre los que descansan unos huevos de yogur compactados con alginata (fibra extraída de unas algas pardas, dicen que reduce la ingestión de grasas, aunque no sé yo si compensó cuanto comimos en esta ocasión). El diseño y la presentación animaron la curiosidad de todos los comensales, especialmente de los niños de la mesa próxima. Pero he de confesar que la expectación se trocó en cierta desilusión cuando me llevé a la boca tan curiosa composición. Fuera porque el frío apagaba los sabores o porque la morcilla de verduras resulta menos sabrosa que la tradicional —que a mi parecer marida mejor con la patata—, el caso es que el árbol no le dijo gran cosa a mi paladar. Muy suave también resultó la combinación el guiso de morros con bacalao y espuma de patata, todo un descubrimiento este contraste de sabores en principio tan inesperado.

El plato acaso más tradicional fue la paletilla deshuesada de cordero en su jugo con reducción de vino tinto acompañado de cuscús. Si en los platillos que lo precedieron lamenté sus reducidas proporciones —recuerdo que se trataba de un menú degustación—, en este caso la pesadumbre estaba aún más que justificada: aroma, textura y sabor despertaban aún más los sentidos, algo a la que tal vez tampoco fuese ajeno el tinto Arroyo Crianza 2010 —D.O. Ribera del Duero— descorchado para acompañarlo.

Para cerrar esta suite gastronómica, el menú incluía una más que ligera tarta de queso sobre frutos rojos cubierta con mousse de chocolate blanco, acompañada de brownie y decorada con una lámina de carambolo y hojita de hierbabuena, una propuesta dulce servida dentro de un tarro que finalmente sellamos con los consabidos cafés y unos chupitos de crema de orujo. Esto último fue cortesía de la casa, lo que no nos sorprendió en absoluto porque todo el equipo destaca por su más que correcta amabilidad, para nada engolada. El propio Antonio Arrabal derrocha una simpatía sin estridencias. Diría que es campechano si no fuera porque el término está un tanto devaluado por el uso y el abuso. Cuando se llegó hasta la mesa para preguntar nuestro parecer —ya nos saludó mientras nos buscaban acomodo— lo hizo con la sencillez del maestro, dispuesto no sólo a escuchar los halagos y alabanzas —merecidas, sin duda— sino también las sugerencias del comensal y aún los reparos, demostrando que la imagen ofrecida en televisión no era en absoluto una pose.

En esta ocasión dejamos sobre la mesa ochenta reales de vellón, a cuarenta euros por boca (en el tique aparecen dos conceptos: el segundo corresponde a la opción del menú de glotones). La experiencia valió realmente la pena. Tanto que, como le comentamos al propio chef, tendremos que regresar en otra ocasión para examinar con detenimiento su carta —aviso para navegantes: anuncian productos sin gluten— y recrearnos nuevamente con su cocina.

Fotos


Burgos | La Abbadía
Vista desde la mesa. Aunque no se vea la catedral, es Burgos

Burgos | La Abbadía
Carpaccio de pez mantequilla, para abrir boca (por fino que se corte, con la boca cerrada no se puede comer)

Burgos | La Abbadía
El fotógrafo no estuvo presto y casi no puede inmortalizar el falso tomate

Burgos | La Abbadía
Milhojas de membrillo surcando un plato

Burgos | La Abbadía
Árbol de Burgos entrevisto

Burgos | La Abbadía
Árbol de Burgos después de que levantase la niebla

Burgos | La Abbadía
Detalle del nido. La muy pájara no apareció, así que me zampé los huevos

Burgos | La Abbadía
Bacalao con morros (pero no estaba enfadado)

Burgos | La Abbadía
La (paletilla) sinhueso

Burgos | La Abbadía
No es decoración marina, que es tarta de queso

Burgos | La Abbadía
Para no confundir, el chef lleva el nombre en la chaquetilla

Burgos | La Abbadía
Prueba documental

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San Pablo Gastro Burger (Burgos)

Agradecer de nuevo esta colaboración a nuestro corresponsal en Burgos, Rafael Ibáñez. Mil gracias

Que levante la mano quien no ha sentido alguna vez la tentación de comer una hamburguesa (veganos incluidos). Y ¿cuántos se han arrepentido después de hincarle el diente a un amasijo emparedado de grasientas proteínas con sospechosos mejunjes? Eso pasa por recurrir a las grandes franquicias norteamericanas, que han hecho suya una delicia europea y milenaria —en sus orígenes se encuentran no sólo el Hamburg Beefsteak o el Frikadelle, sino la mismísima isicia omentata citada por Marcus Gavius Apicius en De re coquinaria— desde que White Castle incitaba a sus clientes a la gula en los años 20 del pasado siglo: “buy’em by the sack”. Frente a la clónica oferta de estas cadenas, cada vez son más comunes las nuevas cocinas que saben hacer de la hamburguesa un instrumento de placer. Así que para disfrutar de una auténtica hamburguesa gourmet ya no es necesario desplazarse hasta el 331 de la neoyorkina 4th Street, donde se encuentra el afamado Corner Bistro, porque ya en casi cualquier ciudad es posible degustar algo que no sea un simple pastiche carnicero.

No es el único local de estas características en Burgos —¿os he comentado ya que durante 2013 es la Capital Española de la Gastronomía?, pero hace ya algún tiempo que quería comentaros mi experiencia en el San Pablo Gastro Burguer, ubicado en el epicentro del ocio del populoso barrio de Gamonal. Antaño era un amplio bar con una magnífica barra y un gran salón donde llevarse a la boca pinchos, raciones, sándwiches, bocadillos… Hace unos meses, la nueva dirección renovó local y carta con un concepto muy diferente del mantenido hasta entonces.

Lo primero que sorprende es la decoración: un coche arrinconado —nuevo, como si fuera el premio de una inexistente rifa— y un mobiliario sencillo arropado por la iluminación indirecta en las paredes y la luz de los focos del techo, tamizada por las hojas que cuelgan de las macetas-lámpara. El resultado es muy funcional; tanto que hasta cuenta al fondo con un pequeño parque infantil en el que las pequeñas fieras pueden descargar su adrenalina mientras los padres degustan su plato con un ojo en la pantalla que delata sus movimientos.

En aquella ocasión decidimos abrir el apetito —como si hiciera falta— con unos aros de cebolla servidos en abundancia con dos salsas (barbacoa y mostaza con miel) y una tosta de cecina con queso brie (que no sé por qué razón la denominan brochetta, si ni pincha, ni corta, ni ), más que suficientes para calmar nuestra gusa. No obstante, ni que decir tiene que dimos debida cuenta de estos entrantes antes de zamparnos nuestras respectivas hamburguesas: una Wall Street, con su cebolla caramelizada y todo, y una premium de vaca, cubierta de queso. Ambas llegaron a la mesa con sus correspondientes raciones de ensalada y patatas, montadas sobre pequeñas chapatas redondas. Muy buenas, sí, pero sin ese punto de excelencia que esperaba encontrar, la verdad. Aunque quizá la culpa sea mía por elevar excesivamente las expectativas. Acompañamos los platos con unas cañas de cerveza —San Miguel, por supuesto, que para eso está en Burgos una de sus fábricas— y pusimos fin a la comanda con dos cafés cortados.

Afortunadamente los precios no son en absoluto abusivos, teniendo en cuenta que al pagar abonas también tu cuota parte de novedad y moda —por poco no llegamos a los 25€—, de manera que habrá que volver. ¿Os animáis?

[Para los curiosones, ésta es la receta de las hamburguesas romanas: “Pulpam concisam teres cum medulla siliginei in vino infusi. Piper, liquamen, si velis, et bacam mirteam extenteratam simul conteres. Pusilla esicia formabis, intus nucleis et pipere positis. Involuta omento subassabis cum careno.” Y, ahora, a practicar los latines.]

Fotos:


Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Interior
Aunque lo parezca, no ofrece aparcamiento

Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Interior
Bueno, sí: tiene dónde aparcar a los niños

Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Pan
Servicio con cubiertos, servilletas y pan para los entrantes

Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Aros de cebolla
No son calamares a la romana

Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Cecina con queso
La cecina con el queso, es evidente

Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Hamburguesa Wall Street
Hamburguesa Wall Street

Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Hamburguesa premium de vaca
Hamburguesa premium de vaca

Burgos | San Pablo Gastro Burguer | Ticket
Comprobante (en el propio tique lo pone)


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Maridaje’s (Burgos)

Colaboración de Rafael Ibáñez del Maridaje’s (Burgos). Gracias 1000

Que Burgos haya sido designada Capital Española de la Gastronomía 2013 denota —amén de otras cosas— la capacidad que tienen los cocineros burgaleses para sorprendernos y la calidad de sus fogones. Algunos nombres empiezan a despuntar poco a poco en el panorama gastronómico nacional e internacional, pero son bastantes más los que se han ganado el aprecio de esos vecinos que visitan con asiduidad sus sencillos locales. Éste podría ser el caso de Maridaje’s, un pequeño restaurante montado con la humildad de una casa de comidas, pero no sin ambiciones culinarias, en pleno barrio chamarilero, a la sombra de la iglesia de San Cosme y San Damián. Nacido como Bar Las Vegas, su transformación hace menos de dos años ha confirmado la consolidación de su proyecto gastronómico. Ya la barra del bar, que ha de recorrerse para alcanzar las mesas —con su inevitable televisor al fondo—, habla de la creatividad y el buen hacer en su cocina.

Lo cierto es que solemos dejarnos caer de vez en cuando para degustar alguna delicia en miniatura, pero no ha sido hasta hace unos días cuando decidimos sentarnos a comer, aprovechando que era festivo y nadie nos esperaba en casa. Como cabía esperar, la oferta del menú no era muy artificiosa, pero sí atractiva. Los primeros por los que nos inclinamos resultaron compartir la besamel: dos vieiras gratinadas —de confección natural, nada de productos congelados— para un comensal, mientras yo disfruté de una exquisita lasaña de boletus. De confección más dispar fueron los segundos platos porque, frente a un lomo de bacalao fresco gratinado al horno con alioli de pimientos, a mí me sirvieron una ración de rabo de toro con salsa de vino tinto. Pero ambos estaban sencillamente deliciosos: mientras el bacalao se desmigaba para extender todo su sabor en la boca, el rabo se deshacía como una gelatina con idéntico resultado. Así, era inevitable acabar con los consabidos cafés, precedidos por una porción de tarta de suave bizcocho en un caso y para el otro una generosa ración del postre de la abuela, esto es, queso fresco de Burgos con pasas y frutos secos regado con miel, servido con cierta gracia sobre una lasca de pizarra.

Aunque no comparto las razones que pretenden justificar que un menú del día en fin de semana sea más caro que en jornada ordinaria —entre otras cosas porque en estos tiempos ya en la mayoría de los casos el servicio cobra el mismo estipendio—, los 15 € abonados por cada menú —la minuta completa alcanzó los 32,30 €— se pueden dar por bien empleados… salvo por un detalle: el vino. Un restaurante con ese nombre y que en su web alardea de una bodega con más de un centenar de referencias no debería permitirse el lujo de acompañar los esmerados platos de su menú con un mero vino de mesa, Castillejo de Perlovín —“El Castilejo” dice la etiqueta que viste la botella—, cuando no le resultaría difícil hallar siquiera un Arlanza digno que no encareciese la comanda. Y no es que desconozcan el valor de un buen maridaje entre platos y vino, como muestra su actual oferta de menús maridados —obra de José María Temiño Santamaría, titulado sumiller y alma de la cocina, como de Pilar Monedero, jefa de sala y ánima de las tapas—, por lo que cabe pensar que se trata de un detalle que a buen seguro sabrán corregir.

Por lo demás, se trata de un lugar más que recomendable para comer en cualquier fecha, tanto por el precio de su menú ordinario —9 €, si la memoria no me falla— como por alguna de sus especialidades (cochinillo confitado, pichón estofado…), incluida la caldereta de bogavante que vimos servir en una mesa contigua. Es más: Maridaje’s está reconocido como restaurante apto para celíacos, todo un detalle digno de tenerse en cuenta.

Fotos:


Burgos | Maridaje’s | Barra
Vista de la barra y para beber birras y demás

Burgos | Maridaje’s | Vieriras
Par de vieiras

Burgos | Maridaje’s | Lasaña con Boletus
Lasaña de boletus en cazuela bien caliente

Burgos | Maridaje’s | Rabo de Toro
Rabo de toro

Burgos | Maridaje’s | Bacalao gratinado
Bacalao gratinado

Burgos | Maridaje’s | Vino
Dicen que es vino

Burgos | Maridaje’s | Tarta
Tarta bizcochada

Burgos | Maridaje’s | Postre de la abuela
Postre de la abuela

Burgos | Maridaje’s | Cuenta
Esto pagamos


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El Fogón de Jesusón (Burgos)

Agradecer de nuevo a Rafael Ibáñez esta colaboración. Mil gracias.

Como ya saben los buenos gourmets, en algunas ocasiones podemos encontrar cocinas encomiables en los lugares más insospechados. En los bajos del estadio de El Plantío, hogar del Burgos Club de Fútbol y posiblemente el mejor estadio de la 3ª División futbolística española (en fin…), frente al coso taurino de la ciudad, se encuentra El Fogón de Jesusón. Su fama parecía confirmarse todas las veces que hemos intentado sin éxito comer allí, al no haber reservado mesa con suficiente antelación. Pero es que, si de las apariencias nos fiamos, no cabría esperar encontrarse en los platos lo que al fin hemos podido degustar este verano.

El aspecto de la barra situada a la entrada —que siempre encontramos atestada de parroquianos— no anuncia con exactitud lo que puede degustarse en el diminuto comedor, situado en la planta superior del local, decorado con suma simplicidad, con el aire casero del mantel de cuadros, quedando a la vista la caldera del gas y la salida de humos… Aquella noche hacía un calor inusual y, con cierta falta de previsión, no habían puesto en marcha el aire acondicionado, de modo que tuvimos que conformarnos con el escaso —nulo, diría, para ser más exacto— aire que entraba por la única ventana abierta de par en par. Afortunadamente, la amabilidad del servicio alivió la sensación térmica con un pequeño aperitivo en forma de suave salmorejo cordobés decorado con una B — “de Burgos”, según nos aclaró el camarero— escrita con aceite de perejil.

Con un tinto Rioja Crianza 2008 de la bodega Cune regamos nuestro paladar mientras degustamos los platos solicitados. Como entrante compartimos un hermoso revuelto de mar y monte, con boletus, langostinos y foie (y huevos, claro), acompañado con las ya habituales pequeñas tostadas con pasas. El solomillo de toro de lidia con el que me regalé —relleno de queso de cabra al pimentón, aderezado con salsa de azafrán y envuelto en una fina loncha de panceta (beicon, que dicen los finolis) — no se lo saltaba un gitano, tierno y sabroso como estaba; si acaso, un punto hecho de más en un extremo, pero en todo caso jugoso y delicado. Mi acompañante se decantó por un bacalao en crocanti de almendra con ensalada de lombarda y sorbete de mandarina que, según su opinión —respetable como la que más— no desmerecía en absoluto el rabo de mi plato. Y doy fe de que resultaba muy apetitoso.

Para aligerar la digestión nocturna de tan tremendos platos, nada mejor que unos buenos postres. La cúpula de chocolates –que tal era su denominación en la carta- era una suerte de tremendo bombón de tres chocolates emergiendo de una sopa de chocolate blanco y yogur. El cubo de mandarina con toffe, por su parte, resultó claramente más ligero, aunque su textura gomosa —acaso conseguida a base de jugar con la pectina natural del cítrico, pero muy posiblemente lograda con gelificante en abundancia— provocase una inicial prevención. Cubierto el principal con finas laminillas dulces —manteca de cacao o similar—, la decoración a base de sirope de toffe se completaba con un par de cortes de carambola y una baya de alquequenje o espina del cabo que además aportaban un delicioso contraste agridulce.

Por esta comanda, completada por dos cafés solos con hielo —para refrescar—, nos soplaron 77 eurazos como 77 soles (al cambio, 38,5 € por estómago). Insisto: la apariencia del local puede hacer que el precio sea algo desmesurado, pero los componentes del menú terminan haciéndolo adecuado. Eso sí: a mediodía ofrece un menú del día más económico (15 €). Se abonó con gusto el importe y salimos de El Fogón de Jesusón bien satisfechos a disfrutar de la noche mientras paseamos por la ribera del río (fondo musical apropiado para un discreto y cinematográfico fundido en negro).

En definitiva: un reducido local un tanto destartalado que inesperadamente sorprende con una magnífica cocina de autor (vieiras a la plancha con vinagreta de trufas, carrillera confitada a baja temperatura, taco de bacalao con callitos de lechazo, lomo de buey con sorbete de queso de Idiazábal…) -para nada minimalista, dicho sea de paso-, aunque en algunas referencias se menciona como comida casera. Y durante el curso ofrece de manera permanente cocina japonesa dos veces por semana: caja de bento los miércoles (para consumir en el propio restaurante) y menú los jueves. Eso sí: os recuerdo que conviene reservar.

Fotos:

Burgos | El Fogón de Jesusón | Salmorejo
Chupitos de salmorejo cordobés

Burgos | El Fogón de Jesusón | Vino
Cuneste vino cenamos

Burgos | El Fogón de Jesusón | Revuelto
Revuelto de mar y monte

Burgos | El Fogón de Jesusón | Bacalao
Crocanti de bacalao con su ensalada

Burgos | El Fogón de Jesusón | Solomillo
Solomillo de toro de lidia

Burgos | El Fogón de Jesusón | Cúpula de chocolates
Cúpula de chocolates

Burgos | El Fogón de Jesusón | Cubo de mandarina con toffe
Cubo de mandarina con toffe

Burgos | El Fogón de Jesusón | Hielo
Hielo para los cafés

Burgos | El Fogón de Jesusón | Comedor
Vista casi completa del comedor

Burgos | El Fogón de Jesusón | Escalera
Toque decorativo sobre la escalera

Burgos | El Fogón de Jesusón | Ticket
La cuenta, para el que lo cuenta

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